La agricultura, la rueda y la ciudad… Una de las creencias erróneas que aún pervive en nuestra sociedad es que la mujer no se ha destacado en los campos de la filosofía y la creación tecnológica, porque es menos inteligente que el hombre.
Lo que en realidad demuestra tal hecho es que, a lo largo de la historia, se le ha negado la posibilidad de crear pensamiento y de fabricar objetos. A la par, se le ha confinado a las esclavizantes tareas del hogar.
Sin embargo, aún condenada a cuidar su casa y sus hijos, la mujer no ha dejado ocioso su intelecto y prueba de ello es que el invento fundamental para el desarrollo de la civilización –la agricultura– fue precisamente un logro femenino.

Ocurrió hace ocho o diez mil años, en la zona bañada por los ríos Tigris y Éufrates, que hoy ocupa Irak.
Según se ha podido determinar, mientras los hombres se dedicaban a la caza, la pesca y la recolección de frutos, una o varias mujeres advirtieron que las plantas comestibles se reproducían por semillas y decidieron sembrar algunas.
El desarrollo ulterior de los cultivos, ya no a pequeña sino a gran escala, hizo que los humanos se volvieran sedentarios, creando las ciudades y, posteriormente, el que es el producto más elevado de la cultura humana: la civilización.
Según opinan diversos historiadores, la ciudad es una creación de la rueda. Ahora bien, para entender esto, es necesaria una explicación.

El hombre se hizo sedentario tras la invención de la agricultura porque la misma lo condujo a la vida en comunidad. Los primeros poblados fueron establecidos por grupos de individuos cuya idea primordial era la defensa común de sus territorios cultivados, contra quienes aún se empeñaban en mantenerse nómadas.
En principio, vencieron estos últimos, como lo señala la bíblica historia de Caín (nómada) y Abel (sedentario).
Pasado un tiempo y gracias a los excedentes de producción de alimentos, nació el comercio, cuya práctica, a su vez, condicionó el surgimiento de las posteriores ciudades.

Para erigir nuevas urbes, se hizo necesario que los sembradíos y los poblados se asentaran a orillas de grandes ríos, donde hubiese abundante agua para el riego y la vida cotidiana. Estos lugares debían contar con un clima seco y soleado e inviernos suaves, que posibilitaran la renovación del suelo y facilitaran el transporte.
En las regiones donde se cumplieron tales requisitos, se desarrollaron las grandes culturas históricas como la egipcia y la mesopotámica.
La confluencia tierra-agua, generada por el establecimiento de las ciudades a orillas de los grandes ríos, determinó dos tipos de desplazamiento que requirieron, por su parte, dos medios de transporte diferentes.
En la búsqueda de un material idóneo para superar ambos obstáculos –tanto la tierra como el agua–, se descubrió que ese material era la madera, debido a su flotabilidad, su relativo bajo peso y su resistencia.
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Se cree que la rueda nació a partir de la observación de troncos llevados al agua. La forma cilíndrica de estos hacía que encontraran menor resistencia en sus desplazamientos terrestres y que, por lo tanto, avanzaran a mayor velocidad que cuando se les arrastraba.
No se sabe con certeza qué pueblo de la antigüedad inventó la rueda, aunque el indicio más remoto la atribuye a los sumerios, 3.500 años a. de C. Solo después de la invención de la rueda, nacieron las ciudades. La rueda permitió también la expansión comercial y militar de los pueblos que la adoptaron y, además, posibilitó una mayor ocupación de los territorios donde estos pueblos se ubicaron.
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Armando José Sequera es un escritor y periodista venezolano. Autor de 93 libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido 23 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012).
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».
Ciudad Valencia / Foto del autor Gerardo Rosales











