“La alegría en el recreo (y III)” por Arnaldo Jiménez

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El ocio creativo se riñe con la homogeneidad de los trabajos manuales, en los cuales todos los estudiantes deben traer los mismos materiales para realizar las mismas figuras; el ocio creativo parte de las necesidades y los gustos de los estudiantes: algunos trabajan con plastilina y enseñan a otros; algunos dibujan; otros escriben poemas, canciones, etc. La regla es desechar el molde y concentrarse en lo que se hace. La ausencia de estos espacios contribuye a que los estudiantes conciban al aula como un lugar de encierro.

Cuarta causa: la rigidez en el cumplimiento de los programas. El programa, como estructura de enseñanza, está imbuido del pensamiento lógico sistemático, el cual consta de una serie determinada de pasos que me van a dar un resultado al finalizar de cumplirlos. El objetivo del programa es convertir a los estudiantes en seres críticos, creativos, aptos para la vida en sociedad. Ninguno de los tres se cumple a pesar de que se abarcan todos los pasos que el programa contiene. ¿Por qué? Porque se yerra con el instrumento utilizado; no es el más adecuado para forjar seres críticos y creativos.

¿Quién puede ser crítico si no se le enseña que la crítica es el acto de conocimiento más profundo que existe y que va dirigido a la eliminación de los errores, tanto de carácter como del aprendizaje académico? La crítica es el ejercicio permanente del pensamiento, lo que permite su salud y establece el dominio de la personalidad. ¿Cómo puede enseñarse esto con puros datos científicos para ser aprendidos usando la memoria? ¿De qué manera podemos crear seres creativos usando los moldes? El molde es ausencia de creatividad; la creación es un acto mágico: sacar algo de la nada, conocer lo que no sabía que podía conocer; sobre todo, conocer las potencialidades.

Los docentes tenemos una carrera por cumplir con los objetivos programáticos y los directivos, una carrera por llevar los recaudos a las autoridades correspondientes. Todo se transforma en número, estadística. En esa carrera por cumplir se pierde mucho tiempo y el docente no evalúa con certeza y, además, evalúa a grupos y no a individuos. Dentro de esos números hay niños o niñas con grandes dotes de dibujantes, bailarines, deportistas o de escritores; pero esto no importa en lo absoluto.

Dentro de esas estadísticas hay niños o niñas que estando en grados superiores aún no saben leer ni escribir bien; sin embargo, tienen sus cuadernos llenos de los objetivos del programa. Esos muchachos terminan odiando el sistema educativo y, probablemente, lo utilizarán como un lugar para perder el tiempo, separado de sus intereses, los cuales empiezan a buscar otros cauces.

La rigidez en el cumplimiento del programa produce un aula aburrida marcada por la obligación, el tedio, la autoridad exagerada, la inamovilidad espiritual. He venido insistiendo en que, a esta pedagogía gris, seria, se le anteponga la pedagogía amarilla, alegre, basada en libertad consensuada, en la extracción de las posibilidades creativas de los estudiantes, siguiendo la concepción de que los estudiantes no son seres para depositar conocimientos sino para producirlos. Cada estudiante es un maestro.

Como quinta causa tenemos: el espacio indomesticable del ser humano. Es decir, hay un espacio en nosotros que se resiste a ser educado, a ser atrapado por la razón y las normas. Podemos ponerle el nombre que más nos guste: alma, espíritu, discurso salvaje, inconsciente; lo cierto es que no sabemos la dimensión de ese espacio, que surge cuando menos lo esperamos. Ese espacio indomesticable es el que impulsa a los estudiantes a salir corriendo cuando suena el timbre de salida; una lectura de esa situación sería: “Ya estoy libre” o, “Por fin salí de este sitio”.

Es un espacio que requiere de otro escenario para desplegarse; los encierros le causan incomodidad, angustia, rabia, rebeldía. Casi ningún docente intenta llegar a ese espacio para ver qué se encuentra allí que pueda ser usado a favor de la persona que lo porta; más bien lo concebimos como límite de la enseñanza, y sobre aquellas conductas enseguida colocamos una etiqueta negativa que expresa una especie de signo inútil de nuestra labor.

 

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Ese espacio in-educable es un fondo amorfo, imposible de atender razones lógicas; se trata de un ser de las profundidades que sucumbió a las leyes de la sociedad: no matarás a tu padre, no poseerás a tu madre; pero se mantiene allí creándonos tormentos; un ser que no nos permite ver sino a través de él; de manera que ni siquiera nuestro cuerpo puede ser concebido con objetividad; hay que añadirle el campo de lo imaginario y el de lo simbólico.

¿Por qué nos empeñamos en creer que los estudiantes son seres diferentes a nosotros? Sabemos que cuando tenemos alguna inconformidad y agredimos a otros, estos se extrañan y reclaman el hecho de que no acudimos a nuestra educación para resolver aquella incomodidad. Sabemos que hemos tenido comportamientos que jamás creímos que podíamos realizar, y nos extrañamos de nosotros mismos y nos desconocemos; pues bien, ese giro impredecible, ese mirarse en el espejo y no verse completo nunca, solo puede ser alcanzado a medias por la buena literatura y por el ejercicio de escribir; sin estas posibilidades la formación es un acto ciego, un eterno arar sobre las aguas.

Escribir sería el acto por medio del cual vamos a la caza de ese ser amorfo, de ese ser impredecible y lo cercamos con lo único que se le puede cercar y acercar: las palabras, la descarga de su silencio. De esta manera, la escuela se convierte en una institución que coordina la sublimación de nuestros impulsos agresivos canalizándolos hacia las diferentes expresiones del arte y el conocimiento.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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