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“Poesía de lugar (y IV)” por Arnaldo Jiménez

Divagaciones - Arnaldo Jiménez - Apuntes generales sobre la cultura

Poesía de lugar: territorio de lo individual

La individualidad es la voluntad de no querer ser solamente un sujeto, en el sentido cartesiano que ya hemos mencionado. Es curioso que el movimiento postmoderno asuma este mismo principio, pero en sentido inverso: si en Descartes el deslinde, la división, sirve para que el sujeto se recorte, en el postmodernismo la conversión del espacio en simulacro sirve para que el sujeto crea ser. El postmodernismo lleva al extremo la función que tiene el valor de cambio para transformar cualquier mercancía en fetiche; como sabemos, el dinero, en tanto que es la mercancía universal, reduce el uso de las demás mercancías a la cualidad de ser cambiada por otra, abstrae el uso personal por el del mercado, lo concreto se torna virtual, lo virtual se comporta como una extensión de la psique, y, por último, convierte a los lugares en no lugares o hiperespacios.

El poeta de lugar, queriéndolo o no, lucha contra esa transformación y no aspira otra cosa que llevar a palabra escrita ese forcejeo por salirse del molde masa, del sujeto. No se crea que no hay sufrimientos ni sacrificios, pues en toda religión se sufre y se sacrifica algo. El poeta narra su propio ser como parte sensible del lugar, en este sentido la poesía de lugar es una manera de realizar la individualidad que el movimiento postmoderno pretende llenar con nada, es pues una anti-política, una oposición a la producción en serie de las subjetividades.

El poeta de lugar no tiene fronteras en la piel, pero ello lo consigue trabajando por sus continuidades. Solo quien está acostumbrado a oír otros lenguajes, a hablar con otras partes de sí, a mirarse afuera, sabe que no se trata de un imaginario mítico que existe nada más en el poema escrito. En la poesía de Palomares vemos que el poeta concibe al mundo como un gran ser que habla y siente, como un organismo para ser medido con la talla del hombre y con el cual este último rompe su talla. No es naturaleza animada sin ser antes vivida y sentida, de tal manera que hasta los objetos pueden ser lugares donde el humano se constituye siendo. Deleuze decía que el deseo no se circunscribe a un sujeto y sus pequeñas tragedias, sino a un paisaje, se desea algo o a alguien siempre con un contexto, con un lugar; así, el poeta también es territorio, pero, además, es rito. El rito rompe los cercos, atrae al pasado y lo reutiliza.

Para Sophía De Mello Andresen las palabras que usa el poeta son utilizadas porque establecen una asociación entre él y el mundo vivido, lo ayudan a plasmar su particular visión de la realidad: “Porque la poesía es mi explicación con el universo, mi convivencia con las cosas, mi participación en lo real, mi encuentro con las voces y las imágenes. Por eso el poema no habla de una vida ideal sino de una vida concreta: ángulo de la ventana, resonancia de las calles, de las ciudades y de los cuartos, sombra de los muros…”  En la atención que el poeta invierte en sus particulares relaciones con los objetos de su mundo inmediato de vida, en el despliegue ético y moral que surge de esas relaciones, el poeta conquista su ser, un ser que está repartido en lo externo, que no obedece a la identidad aristotélica, más bien, la niega, es una identidad por inmersión en el estar y en el hacer, una identidad que precisa del juego metonímico de los significantes y los significados para darle contornos de palabras al rostro. La expresión en los poetas de lugares es una explicación de sus hallazgos, una comprensión vivida y luego pasada a la escritura.

La individualidad consiste en el recorte de un lugar para el cuerpo, en la proliferación de significaciones para el cuerpo. Crespo lo dice de muy distintas maneras, cuando rememora su infancia, cuando desentierra a los personajes de Carora, a su familia, cuando se nombra tuna, sequedad, polvo, cuando mira a su nombre arrastrado por los techos y las esquinas. En la física poética que explayan los poetas de lugares, estos son conocidos específica y absolutamente, pues se ponen en juego y en coexistencias todas las formas del conocer y del percibir: los sentidos, la racionalidad lógica, la dialéctica, la supersticiosa, la contemplativa…

Un poeta como Berroeta pareciera tocar también con las palabras las cosas dichas y las emociones vividas. En su conocido poema “Padre Nuestro” además de mostrar su deseo de no ser un sujeto medido por el deseo de poseer, sino de ser un hombre con otras pertenencias, afirma, según nuestra lectura, que una tal desposesión se debe a una individualidad labrada en su doble relación con el lugar, una parte del poema dice: “…Me he decidido por lo que elegí / no quiero nada que se parezca al mundo /no quiero nada de esta miseria misteriosa / hecha soledad por el hombre / mi corazón llega a la vida por la carne muerta / carne rural, de hierba / de ordeñador / carne silenciosa y de musgo / me he decidido por lo que elegí / no deseo poseer…”   (Revista Poesía, n: 102-103, p. 3). El poeta busca trazar un territorio en el que el poema es solo una expresión. Esta búsqueda parece esencial en todo animal humano, pero los procesos socio-históricos lo han teñido de poder y posesión.

Casi todas las sociedades indígenas tenían y/o tienen ese saber del cuerpo que busca su sentido en el lugar. Los Wayuu se llaman “los hijos de la tierra”, pero no de cualquier tierra, sino de la que ellos están hechos, pues casi todos sus rituales de muerte y de vida, sus sueños, están girando en torno a la conversión de sus miembros en los elementos naturales, cósmicos y míticos que fuera del lugar dejan de tener cohesión y gravedad. En los Yanomamis tanto el hombre como la mujer consiguen sus “imágenes” en algún animal o planta. La tierra no solo produce fauna y flora, sino espíritus y sueños, mitos y cuentos. La misma pertenencia se puede leer en el poeta de la guajira colombiana Miguelángel López, quien en un hermoso poema nos comenta cómo mientras se realizan las labores cotidianas la vida trascendente hace su aparición: “Somos pastores…/ somos los hombres que viven en el mundo de las sendas/ Nosotros también apacentamos…/también regresamos a un redil…y nos amamantan. /Y somos leche del sueño, carne de la fiesta…sangre del adiós. Aquí, en nuestro entorno, la vida nos pastorea”. (Revista Poesía, n: 135, p. 25). La comunidad habla por su palabra poética, ellos, son seres del rebaño, han asimilado el carácter de sus vidas en la de los animales, y saben que son alimentos del instante, instantes en las sendas, fugacidades de la fiesta, marcas de la despedida. Y van encarrillándose al canto del paso de la vida.

 

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Desde el punto de vista histórico se trata de otra manera de forjar la identidad en lo local, o de una nueva dimensión de lo local que forma parte de la identidad del hombre: cincelar una forma para el cuerpo que tiene que ver con una conquista simbólica y afectiva del lugar.

El lugar entonces lo que hace es darle sentido y profundidad al cuerpo. Una continuidad que no tiene por qué ser atribuible a la modernidad. El despliegue de lo afectivo en el lugar parece alcanzar el rango de condición humana. Es esta condición la que pretende destruir la desorientación esquizofrénica de la postmodernidad, sobre todo a través del uso de los signos y la supremacía de la imagen sobre la palabra en las llamadas redes sociales.

Un tal sentido no encaja con las finalidades, no teleológicas, sino inmediatas de la sociedad industrial y post industrial: la enajenación del significado, el desgarramiento del sentido en relación con el lugar, la implosión del espacio inmediato de vida por su transformación en un espacio público convertido en mercancía política y comercial.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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