Buscábamos una casa en Valencia, con terreno grande, adecuado para guardar camiones, y logré encontrar una con esas características por Flor Amarillo. Lo único era que los vecinos decían que esa casa estaba “embrujada”…
— ¡¿A qué loco se le ocurre alquilar esta casa?!
—¡Aquí salen muertos y se ven luces por la noche; ni loco yo me quedaría aquí!
Quien hablaba era un señor mayor, quien se puso a contar la historia.
DE LA MISMA AUTORA: DE CAMIONERA HASTA CARACAS EN UN 750
—Yo le puedo contar lo que ha pasado en este lugar del carrizo. En el año 1900, una familia con dos niños se mudó aquí. Al nomás llegar pusieron un negocio de cosas esotéricas y la gente les cogió miedo, los comenzaron a llamar «los brujos» y nadie se atrevía a caminar por esta acera… Según lo que aseguran las malas lenguas, y la mía que no es muy bendita, es que una noche se quemó inexplicablemente toda la casa y no se supo nada más de aquella familia, solo se decía que habían quedado atrapados adentro. Desde ese momento comenzaron los gritos, los ruidos y las luces en la casa, hasta hoy…
Eso aseguraba aquel señor y, por cierto, en la parte de atrás de la casa, yo conseguí una especie de horno; él decía que la gente lo llamaba el “crematorio” y me contaba que en él hacían los menjurjes para todo tipo de “tranca espiritual”, y también que allí quemaban cadáveres humanos después de que los utilizaban.
El hecho es que en esa semana teníamos que enviar mercancía para dos lugares distantes, uno hacia el Táchira y otro hacia Puerto la Cruz. Y puesto que los lugareños se negaban a trabajar con nosotros por miedo, nos trajimos al señor Jacinto, quien tenía tiempo con la empresa en Caracas.
A eso de las siete de la noche, los camiones estaban ya cargados y listos para salir al día siguiente. Le mandé a comprar la cena a Jacinto y nos despedimos hasta el otro día.
A la mañana siguiente salí temprano de mi casa y cuando ya iba llegando a la oficina, antes de girar a la derecha, vi al señor Jacinto sentado en un banco de la plaza Bolívar de Flor Amarillo. Me estacioné y al llegar junto a él noté que estaba asustado y llorando.
—Jacinto, ¿qué te pasa?… Él no me respondía y solo lloraba.
—Cuéntame, Jacinto. ¡No me asustes! ¿Qué te pasó?
—¡Ay, señora Carmen! Anoche fue la noche más horrorosa que he vivido en mis cincuenta años. Después que se fueron ustedes, comprobé que todo estuviera bien con los camiones y me fui a bañar. Al terminar vi a alguien mirando por la ventana. Discúlpeme la expresión, yo no soy “culillúo”, por lo que me vestí y salí al frente de la casa, pero nada.
Después aparecieron luces alrededor de los camiones y se oían risotadas por el lugar. ¡Coño, ahí fue cuando se me erizó el cuerpo! Comenzó alguien a llorar y a maldecir. Sentía que una vaina me rozaba la pierna y esos gritos insoportables que no paraban.
—Usted me va a perdonar, pero salí “cagao” y vine a parar aquí sin poder moverme para ningún lado. Le agradezco recoja mis peroles, porque yo pallá no vuelvo más.
No sabía qué decirle. Ya me lo habían advertido, pero jamás pensé que fuera cierto. Lo dejé en la plaza y me fui al negocio; tenía dos camiones con una carga que debía enviar urgente.
Cuando llegué a la casa inspeccioné los camiones; todo estaba bien, aparentemente, pero en la parte de atrás parecía que habían jugado futbol, porque había muchas huellas de pies descalzos en el lugar, pies pequeños, de niños, y eso me dio escalofríos. En ese entonces no había celulares, así que no pude tomar fotos.
Además la comida y las ropas de Jacinto las habían esparcido por toda la habitación, y estaba segura de que allí había algo sobrenatural. No soy miedosa. Siempre he sido echada palante, pero sentí que la situación me arropaba y que no podría trabajar con eso. Me desgastaría sin necesidad. Tomé las pertenencias de Jacinto y, cuando llegó uno de los choferes, se las mandé junto con su paga.
Yo estaba temblando, pero logré organizar los envíos y ambos camiones salieron a sus destinos; después llamé al socio para evaluar lo ocurrido.
—Buenos días, Ricardo. Ya los camiones salieron. Tuvimos una situación extraña en la casa. El señor Jacinto se regresa a Caracas y no quiere trabajar más aquí. ¡Definitivamente necesitamos reunirnos lo más pronto posible!
Después del relato del señor Jacinto, no me quedó duda de que algo había pasado allí y de que no era normal, y por si acaso cerré la casa hasta que me reuniera con el socio. Volví allá solamente para hacer la mudanza y no regresar nunca más.
Antes de cerrar la casa, aquel día, me asomé al terreno y de donde decían que cremaban salía un leve humo sin razón de ser. No lo estoy inventando, así fue.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / Ilustración: César Morales / RN













