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De La Cucarachita Martínez a Gregorio Samsa

Mi hermana mayor, Yanhiré, en primer año de bachillerato, me mandó a leer el cuento de La Cucarachita Martínez, pero no era solo leerlo y ya: Debía hacer un análisis, sacar la idea principal y las secundarias de esa obra literaria. Mi hermana y yo sentadas en una mesa del comedor, mientras ella me interrogaba. Creo que fue la única lectura impuesta, sin embargo entendía su finalidad.

Desde entonces comencé a leer por iniciativa propia. Recuerdo que ver las ilustraciones de ese cuento me daba asco. En cambio, leer La Metamorfosis, tiempo después, fue diferente, ese libro pertenecía también a Yanhi, me llené de curiosidad por saber cada vez más de Gregorio Samsa.

 

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Cucarachas con guachicones

Pero no siempre la literatura nos prepara para la vida. Mi hermana Thairí decía que una tía le dio un consejo: que si veía una cucaracha, se la imaginara usando un sombrero. “Así no te dan miedo”, decía. Yo no puedo. Cuando yo las veo, la imagen que me viene, en particular, es de un comercial viejísimo de televisión: unas cucarachas animadas y un  repelente en spray contra cucarachas, de una marca reconocida, ellas corrían o se esfumaban despavoridas. Una de ellas tenía zapatos deportivos. Así me las imagino.

 

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Mi papá, cuando le decía a mi hermana menor, María José, que se pusiera los zapatos deportivos, se refería a ellos con el nombre del «matacucarachas«. Yo los llamo «guachicones», también escuchaba a mi papá nombrar los zapatos así.

Desde entonces, cuando veo a alguien con piernas delgadas y zapatos estrambóticos, de esos que parecen diseñados para salir corriendo, me recuerdan a aquellas cucarachas del comercial. Es una asociación casi automática de mi memoria fotográfica.

 

Cunnilingus interruptus

La mayoría de las veces, estos insectos invaden espacios donde estamos vulnerables. Él estaba entregado. Boca abajo. Plácido. Lengua firme. Ojos cerrados. Disfrutando de una fruta madura. Ella, abierta al placer, respiraba hondo. Gemía. Entonces, algo cayó sobre el hombro del hombre. Dio un manotazo al tiempo que brincó. Sintió el roce de unas patas puntiagudas. Se incorporó de coñazo.

En consecuencia, el pene, que hasta entonces estaba firme, se le vino abajo con la misma rapidez con la que la cucaracha dejó el pelero. No descansó hasta encontrarla. La mujer, desconcertada, se enfrió, se vistió y lo acompañó en esa búsqueda.

 

Caída del pataruco

Era de noche; mi papá cerraba la puerta que daba hacia la terraza. Yo lo veía desde el cuarto de mis hermanas, de punta a punta. No sé cómo pasó. Le cayó una cucaracha encima. Salían de su boca sapos y culebras mientras luchaba por matarla, con la escoba, luego con una chancleta, con lo que tuviera a mano, se dio un coñazo seco en el hombro. Al día siguiente no podía mover uno de sus brazos. La cucaracha no se si apareció. Solo quedó la referencia a mi papá como “pataruco”.

 

Performance en la sala

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Yo estaba de visita en la casa de quienes eran mis suegros. Fuimos con mi mamá y nos quedamos en la casa de abajo, que es de tipo rural. Supongo que, por estar desocupada, tenía aquella casa «un olor a guardado». En un callejón que está del lado de las ventanas de los cuartos, cerca del baño, había una tanquilla.

Yo estaba en la sala. Llevaba puesto un «enterizo» de tela floreada. La puerta principal estaba abierta de par en par. Era de noche y, en un abrir y cerrar de ojos, entraron dos cucarachas enormes, dos mutantes de concha oscura, como de aceite viejo, brillantes. Sentí que una de ellas se subió por mi sandalia. Sentí el cosquilleo escalofriante de sus patas. Brinqué. Me sacudí. Comencé a gritar.

Mi compañero, en una coreografía de manotazos y saltos torpes, buscaba rescatarme de las indeseables rastreras y, a su vez, buscaba a la segunda cucaracha. Pero no veíamos a la coño de su madre. Solo sentía que algo trepaba por mi pierna. En un segundo de pánico, mientras sacudía el enterizo, me lo bajé. Me quedé en pataleta y brasier, ante los ojos de mi ex, en medio de la sala. Al darme cuenta de que la cucaracha no estaba sobre mí, nos desbordamos de la risa.

 

Vendetta

A veces me pregunto si son realmente necesarias en este mundo las cucarachas. Lo digo como quien ha librado batallas contra ellas. Domésticas. Rastreras. Las mato. No descanso hasta eliminarlas. No porque me den asco, lo hago por dignidad, estoy segura de que se burlan de mí.

 

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Marhisela Ron León

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.

Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

Ciudad Valencia / RN / Fotografía de la autora Serge Páez