¿Cuántas veces no he escuchado que el alma es una sustancia incorpórea que se resguarda del mundo exterior utilizando nuestros cuerpos como escaparate o cajón?; ¿cuántas veces no he escuchado que ella solo espera nuestra muerte para salir elevada al cielo y llegar al paraíso o al infierno según nuestra acumulación de pecados? Esto nadie lo sabe, quizás tenemos algunas sospechas, lo deseamos de tanto sufrimiento padecido en esta vida real que tiene múltiples fechas de caducidad. ¿Cuánto le deben las religiones a la poesía?, su deuda es infinita.
Hasta nosotros llegan los coletazos de la sociedad pre-moderna europea: que preparó la llegada del sistema capitalista bajo un estricto orden de ascetismo y represión de la sexualidad. El alma fue esa entidad necesaria para lavar al cuerpo una vez cayera en el fango del deseo; al igual que Dios y Lucifer, el alma no es un ser material, pues la materia se corrompe fácilmente. El orden familiarista que existió en la sociedad medieval continuó prevaleciendo en la formación de la modernidad, y llegó a nosotros a través de los franciscanos y jesuitas durante el proceso de colonización.
La familia es una consecuencia de la formación conventual, la pureza del cuerpo y la internalización de la prohibición sexual, aunado, por supuesto, a la disciplina, pasaron a ser los principios de la formación familiar: el padre era un monje; la madre, una virgen y el hijo, la redención del pecado. Se hizo urgente la creación de un cuerpo interno que se mantenga puro ante la tentación de la carne. Ninguna otra sociedad le ha dado más carácter interno al alma que la cristiana; muchas otras la han concebido como un principio activo que animaba todas las cosas y los seres incluyendo en estos al ser humano. En esta sociedad hasta el alma tiene un carácter privado.
Pues bien, niego en mí la existencia de esa alma pura, no la quiero. Es curioso que Ambroise Bierce, en su “Diccionario del diablo”, asocie el alma con la digestión, un proceso de putrefacción de comidas y malestares que se fijan en ese órgano que debería ser el sitio donde el alma, sea el humo que sea, se aloje. Digo que es curioso porque mi amigo Federico opina algo parecido y jamás ha leído un solo libro; Federico afirma que el alma se evapora junto con los gases estomacales. El poeta Antonio Trujillo, en una conversación que sostuvimos hace ya bastante tiempo, la situó en el cuello, y un viejo amigo cuyo nombre no recuerdo decía que el alma estaba incrustada en la médula espinal. No me importa mucho dónde se encuentra, lo más probable es que sea en todo el cuerpo, por dentro y por fuera.
Mi alma es una manera de entender la realidad, ella se contamina con la presencia de las cosas, vive desde mí y a pesar de mí; no la puedo controlar, me permite ver un más allá en lo mediato, las relaciones internas entre diversas realidades. Mi alma no deplora ni el bien ni el mal. Yo no resguardo su lumbre, solo soy el medio de sus impulsos. Pero no se piense que es algo ajeno a mí que domina mis actos; no, mi alma es mi conciencia acechándose a sí misma, la atención permanente al movimiento del mundo, a los absurdos de los actos, a la repetición de lo que no tiene sentido.
Mi alma es un órgano, con él me interno en la caja del sol donde solo soy una asfixia que sueña con las tonalidades de sus fiebres. A ella le debo mi amor por la oscuridad, a ella le debo ver en la confusión, ya que me he dedicado a templarla en las humillaciones, en los rechazos, en las enfermedades… Mi alma es el mismo cuerpo que se comprende más allá de sus concepciones intelectuales, más allá de los consensos sociales. Cuerpo que disminuye su sufrimiento porque ya se sabe perdido en la tierra sin infierno ni gloria. El respeto por toda vida es el principio fundamental de mi alma, ella me prolonga para sentir al mundo, no para destruirlo.
Saber que los actos portan un regreso, un devolverse al punto de partida, que el lenguaje no puede evitar que salgamos de una estructura de repetición que nos hunde en un malestar de ser atroz, casi sin salida, es algo que le agradezco a mi alma. Esa comunicación sin palabras que existe entre mi cuerpo y algunos animales, todas las matas, los ríos, el mar… es un descubrimiento de esta alma que se niega a llamar pecado a la caída en el cuerpo amado; es decir, en la presencia que se deja atraer.
Mi alma lee el despojo de los trapos en la cuerda de los desatinos, olisquea la ternura en la desnudez de la ciudad. Bebe el atrevimiento de las arañas y hierve en la prostitución del azar. Con mi alma indago la herida de mi partitura, la restitución de mi nombre al amanecer. Alma sucia de ilusiones, de creencias, manchada de compañías; porque solo existimos en la mezcla, en la impureza. Creer en la pureza nos conduce a desear lo que no somos, lo que no podemos ser.
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Mi alma es un gallo que canta dentro de mis ojos la permanente traición de la vida. Atraviesa el decorado de mis pertenencias, un brillo que se enreda en el remanso de los zamuros. Ella es externa e interna, vive en mis huesos y se escapa y regresa en las palabras. Escribir un poema se me antoja un baño de alma, el registro de lo que ella descubre en el misterio de la vida. En mis poemas quizás se encuentre la estructura de mi alma, o tal vez, si me dedico a buscar más en ellos, me daré cuenta de que mi alma es plural, que no es un yo dictando su egoísmo, es una multitud, un pasado que se rehace, un presente que eternamente brota.
Por mi alma he aprendido amar la cópula de las abejas, las poses de las iguanas sobre las piedras bebiendo el sol del mediodía. Por mi alma he aprendido a escuchar el efluvio de las voces que recorren las paredes, no dentro de las tumbas; quiero entender a mi cuerpo más allá de sus límites de piel. Sé que mi alma me unge con el éxtasis de las goteras cuando anidan sus manchas en el piso. Por mi alma recibo el juego de luz y sombra en sus milagrosos modos de suceder, como las porciones de hostias que Dios no obsequia cada día. Por mi alma degusto el amor desde todas sus fuentes y sé que la soledad es una ilusión que perdura hasta minutos antes de partir.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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