Los secretos de las sillas… Me gusta mirar los muebles de las casas y sus disposiciones, en las que parecen ocupar siempre un lugar exacto. La manera cómo cubren los espacios de la salas, pasillos y comedores ofrece la sensación de que todo orden es humano, sensación que se mezcla con el asombro de un viajero al llegar a tierras extrañas, si en ciertas ocasiones la distribución de los muebles es alterada.
Ningún otro objeto recibe más polvo callejero que ellos, a ningún otro molestan más los niños y los ancianos. Los primeros construyendo improvisados trenes y trampolines, los segundos convirtiéndolos en oportunos salvavidas que les ayudan a pasar el estrago de un vértigo o el acoso de una tos.
Los muebles no pertenecen a una casa, sino a un hogar, las más de las veces guardan relaciones fraternas con las mujeres ya que son ellas las que se encargan de bruñirlos y cuidarlos, ornarlos y remecerlos en sus manos.
Sé que los muebles poseen un rumor que fascina a los insomnes y a los gatos. Dentro de sus maderas maquilladas se escucha la fricción de las hojas al ser batidas por el viento, el chorrear de los vados por entre inmensas piedras, el crujido de las fotosíntesis coartadas, el canto atascado de los pájaros, pues muy a menudo olvidamos que los muebles son árboles caídos. Quizás sea esta la razón por la que de vez en cuando vemos a las hormigas buscar algo en ellos.
Todos los enseres mobiliarios tienen la facultad de escuchar y almacenar verdades dichas en momentos de apremio. Las lámparas, por ejemplo, penden desde el techo emulando al sol, cobijando con su luz los pensamientos de los solitarios y de los atormentados, esparciendo miríadas de calor en alcobas donde los amantes callan o gritan sus dolores y frustraciones pasionales. En las mesas se reinician nuestras fuerzas y nos desocupamos del egoísmo. Su mantel convoca a reunir y a compartir, no solo el pan y el vino, como en la última cena, sino también miradas, gestos y alguna que otra remembranza.
En las mesas libramos nuestras cotidianas batallas contra el resto de la naturaleza, convirtiéndolas temporalmente en camposantos, a semejanza de nuestros cuerpos. De entre todos los muebles me asombra la inverosímil humildad de las sillas. Su condición esencial de ser confesionarios sin penitencias. Las sillas soportan nuestros pesos y cansancios, y algo más asfixiante, nuestras sombras. Hay sillas, sin embargo, que solo decoran espacios por donde los habitantes de la casa nunca trajinan, nunca se sientan a tomar un café, ni siquiera en momentos en los que irrumpen visitas inesperadas, esas son unas sillas que siguen siendo mercancías, sus acicalamientos dan tristeza, sus lujosas texturas traslucen la quietud de una falsedad cuyo destino es ser admirada. Tampoco es agradable el cruel uso que a las sillas se les da en hogares donde son escasas. Las ropas lavadas son colocadas en sus respaldares, fungen de escaleras y de mesas, de pupitres y de objetos que satisfacen los caprichos lúdicos de los niños.
El paso de los manoseos las acaba, las desconcha, sus esquirlas sirven de cuñas para sostener las puertas, los pedazos más largos y anchos son usados como anaqueles en algún escaparate arrumado para sobre ellos colocar santos o peroles que no se quieren botar. Estas sillas de inope coqueterías merecen el descanso. Demasiada historia acumulada termina en destrucción.
Hay poetas que nombran a las sillas y exaltan su soledad de objeto a pesar de admitir sus pasados, quizás procuran un equilibrio entre lo que son en relación con los hombres y lo que son en sí mismas. Dice Reinaldo Pérez Só:
esta es una silla
solo una silla
en ella
se sentó mi padre
mis hermanos
todos
mis mejores amigos
ahora
está sola
sin nadie
una silla
No han sido pocas las traiciones que se han tramado sobre las sillas en aciagas horas. También no son pocos los sueños que se hilvanan y las ebriedades que en ellas atracan. No hay daga que no dé, o que no reciba el corazón, que una silla no conozca y no pueda amortiguar. ¿Cuántas veces no se acaban amores en salas desoladas en las que los amantes enjugan sus tristezas y sus dolores? ¿No son las sillas seres nostálgicos en cuyas presencias abundan los recuerdos de instantes en los que la felicidad logró detenerse un poco? ¿Y a cuántas personas no las sorprende la muerte sentados cómodamente leyendo un periódico? ¿Y cuántas otras no ven pasar la vida atados a una silla, irremediablemente hundidos?
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Y es que el hombre no soporta estar parado durante un tiempo exagerado, por eso en las escuelas abundan las sillas mientras son escasas o imposibles de hallarlas en las cárceles; aunque, en ambas instituciones su ausencia forme parte del castigo. La silla es símbolo de reflexión y poder, incluso en las épocas en las que no existe mucho poder en la reflexión ni mucha reflexión en el poder.
La imagen de Dios sentado en un trono de oro desde el cual vigila a justos e impíos, subió desde la tierra como una lluvia, subió desde los tribunales mundanos que sirven para traficar con nuestra mortalidad, como en la silla eléctrica que muestra toda la ironía del poder y nos ofrece un asesinato cómodo. En las sillas se han elaborado las más impresionantes teorías, bombardeado a pueblos enteros, acordado los desastres más intensos de la violencia humana y se han escrito los más logrados poemas, cuentos, novelas, canciones…
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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