Maracaibo

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Maracaibo, estado Zulia y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

Hablar de Maracaibo es invocar una identidad que se forjó entre el salitre del puerto y la solidez de sus muros. No es casualidad que su Centro Histórico, ese epicentro de la zulianidad, fuera blindado legalmente como Zona de Valor Histórico en octubre de 1990 (Gaceta Oficial Nº 34.537). Este decreto no fue solo un trámite; fue el reconocimiento a un inventario de memorias que hoy respiran a través de monumentos como la Catedral de San Pedro y San Pablo, la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá y el Teatro Baralt, por citar solo algunos pilares de nuestra arquitectura nacional.

Durante el siglo XIX, la fisonomía de la capital zuliana era el espejo fiel de su estructura social. El modelo era claro, un centro de poder político y comercial, donde grandes casonas de tejas y dos pisos se erguían desafiantes cerca del puerto, conectadas con el pulso económico de la época. Allí, en la cercanía de la Casa de Morales o el Palacio de Gobierno, la clase dominante. Mientras tanto, en los márgenes, la Maracaibo mestiza de artesanos y obreros levantaba su propia historia en humildes paredes de bahareque y techos de palma, configurando una periferia que también forma parte esencial de nuestro mapa sentimental.

Sin embargo, el siglo XX trajo consigo un giro definitivo, el petróleo, la explotación del hidrocarburo y la apertura de las carreteras occidental y trasandina no solo alteraron la economía, sino que redibujaron el horizonte urbano. La llegada de las transnacionales a la Costa Oriental del Lago introdujo la llamada arquitectura petrolera, una estética de tecnología foránea que comenzó a convivir con lo tradicional. Hoy, el Centro Histórico es un palimpsesto donde todas estas etapas, la colonial, la republicana y la petrolera, han dejado su huella, invitándonos a redescubrir la ciudad más allá de sus fachadas.

Maracaibo: Un tapiz de identidad y gracia wayuu

Para entender el alma de Maracaibo, es imperativo inclinar la mirada ante la sabiduría de sus raíces más profundas. Antes que el asfalto y el hormigón definieran su silueta, el sol marabino ya iluminaba el rastro de un pueblo que supo convertir la aridez del paisaje en una explosión de creatividad, la nación Wayuu. En este rincón del Zulia, la artesanía no es un simple oficio decorativo, sino un lenguaje vivo; es la forma en que este pueblo ha preservado su lengua, sus costumbres y su organización a través de los siglos.

El tejido es, quizás, la manifestación más sublime de esta herencia, en manos de la mujer Wayuu experta tejedora de sueños y realidades, nacen piezas que son hoy símbolos universales de nuestra identidad. Desde los icónicos susu (bolsos de crochet) hasta las majestuosas mantas que visten de dignidad el andar cotidiano, cada hilo cuenta una historia. No son solo colores; son las kanas, esas complejas figuras geométricas que representan el entorno natural y cuya dificultad otorga prestigio a quien las crea. Cada diseño tiene un nombre, un significado y una conexión sagrada con el mundo que nos rodea.

 

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En la intimidad del hogar y en la solemnidad del rito, el tejido acompaña cada etapa de la existencia. Los chinchorros y las hamacas, con su técnica manual de piezas centrales y flecos, son el epicentro del descanso y la confidencia. Pero es en la manta donde la mujer Wayuu proyecta su energía y pertenencia; una prenda ancha, cómoda y vibrante, que a través de sus bordados y pinturas permite identificar el clan y la jerarquía de quien la porta. Incluso en la trascendencia, el shei o manta funeraria envuelve al difunto en un abrazo de color, mientras que el Karatsü, con su imponente penacho de plumas de pavo real, corona la autoridad del líder en los momentos rituales.

Para el Wayuu, tejer es mucho más que una destreza, es su manera de existir y de expresar su relación con el universo. Por ello, este recorrido por la capital zuliana debe comenzar aquí, reconociendo que la verdadera elegancia de Maracaibo reside en esa capacidad de entrelazar la tradición ancestral con el presente, creando un tapiz de cultura que, al igual que sus mantas, es resistente, luminoso y eterno.

Maracaibo

Entre el balcón del Lago y el umbral de Nueva Venecia

Si los monumentos son el espíritu de la ciudad, el Parque Vereda del Lago es, sin duda, su gran pulmón y mirador. Ubicado estratégicamente al norte y a orillas de nuestro estuario, este espacio de 65 hectáreas, fruto de un ambicioso dragado y relleno iniciado en 1975 e inaugurado formalmente en 1978, es hoy el punto de encuentro por excelencia. Tras casi una década de acondicionamiento paisajístico, sus áreas verdes y plazas se entrelazan en caminerías que invitan a la contemplación silenciosa del Lago de Maracaibo. Desde el desfile anual que conmemora la Batalla Naval hasta el dinamismo de sus canchas y su parque acuático, la Vereda es el paisaje vivo donde la comunidad se reconoce frente al agua.

Pero para entender la verdadera piel de Maracaibo, hay que transitar la Avenida 2, conocida tradicionalmente como Nueva Venecia. Este eje, que forma parte de la Zona de Valor Histórico, funciona como un cordón umbilical que nos conduce hacia la parroquia Santa Lucía. Al recorrer sus manzanas, el tiempo parece detenerse en sus viviendas de tipología tradicional; allí, muchas fachadas aún custodian sus puertas y ventanas de madera originales, mientras que otras, aunque intervenidas, mantienen esa escala humana de apenas seis metros de ancho en su vía.

Es precisamente en las parcelas situadas al noroeste de esta calle donde el espacio urbano conserva con mayor nitidez su antigua concepción. Nueva Venecia no es solo una avenida; es un umbral donde los elementos formales de sus casas nos susurran historias de una Maracaibo que, a pesar de la modernidad, se aferra con orgullo a sus raíces.

 

Un altar de piedra para la memoria: La Plaza Alonso de Ojeda

Caminando por estas zonas de tradición, nos topamos con un espacio que rompe la linealidad de las calles para ofrecernos un juego de niveles y trazos circulares, la Plaza Alonso de Ojeda, más que un lugar de tránsito, esta plaza es un monumento que respira historia, su centro lo domina un arco conmemorativo de cinco metros de altura que custodia, en su fachada posterior, una talla en piedra del conquistador; pero la verdadera alma de este sitio reside en una historia de devoción que trasciende los siglos.

El arco es un homenaje silente a la India Isabel, integrante de la comunidad Coquivacoa y esposa de Ojeda. La leyenda grabada nos recuerda que sus restos reposan lejos, en el Convento de San Francisco en Santo Domingo, pero su esencia permanece aquí, en la tierra que la vio nacer. Es conmovedor observar cómo la base del monumento integra lajas de piedra que evocan la tumba sobre la cual reposaba la figura de Isabel, símbolo de un amor y una lealtad que la historia local ha decidido proteger.

Delimitada hacia el oeste por un muro de mampostería adornado con altos relieves, tallas de piedra y medallones de metal, la plaza se erige como una de las de mayor solera en Maracaibo. Es el punto donde el rigor del trazado urbano cede ante el mito y el respeto por nuestros ancestros, recordándonos que la ciudad también se construye con los afectos que forjaron su pasado.

 

El Paseo Ciencias: Luces y sombras de una modernidad impuesta

No se puede narrar a Maracaibo sin detenerse en la cicatriz y el anhelo que representa el Paseo Ciencias. Surgido en la década de 1970, su nacimiento estuvo marcado por la controversia. Para abrir paso a su estructura, se demolieron manzanas enteras del emblemático barrio El Saladillo, un sacrificio urbano que aún resuena en la memoria colectiva. Concebido originalmente como un gran eje peatonal que insertaría la modernidad en el corazón histórico, hoy vuelve a ser centro de críticas por las constantes modificaciones de sus espacios, recordándonos que el patrimonio es un organismo vivo y frágil.

Paradójicamente, este paseo es el hilo conductor que abraza los monumentos más sagrados de la ciudad. A lo largo de su extensión, desde la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá hasta la Iglesia Santa Bárbara, el caminante se encuentra rodeado de una densidad histórica asombrosa; el Palacio de los Cóndores, la Casa de la Capitulación, el Teatro Baralt y el Convento de San Francisco de Asís custodian sus flancos. Es un catálogo arquitectónico sin igual que incluye hitos como la Botica Nueva y el Hospital Central Doctor Urquinaona, testigos de una ciudad que siempre miró hacia el futuro sin soltar su pasado.

Sin embargo, el Paseo Ciencias también nos habla de la pérdida. Aquel sueño de integrar el arte de vanguardia con la fe, donde las manos de Lía Bermúdez, Jesús Soto, Víctor Valera y Pedro Vargas dejaron su huella, ha visto cómo muchas de esas obras desaparecían o se destruían con el tiempo. Al fondo, cerca de la imagen de la Chinita y San Esteban, las fuentes y jardineras intentan retener la esencia de un proyecto que buscaba ser la vitrina del talento zuliano, pero que hoy nos exige, más que nunca, una mirada vigilante para proteger lo que aún permanece en pie.

 

La Plaza Bolívar: Un escenario de concordias y memorias

En el epicentro de este recorrido, donde el pulso institucional de la ciudad se vuelve piedra y jardín, emerge la Plaza Bolívar. Este espacio rectangular, nacido bajo el rigor de la cuadrícula española como Plaza Mayor, conserva hoy sus dimensiones originales, aunque su fisonomía actual sea fruto de la transformación urbana de 1970. Es un lugar de contrastes armónicos: en sus cuatro esquinas, ninfas de bronce parecen custodiar el agua de las fuentes, mientras que en el centro, la imponente estatua ecuestre del Libertador, obra del maestro Eloy Palacios en 1905 domina el paisaje sobre un pedestal de concreto y piedra pulida.

Sin embargo, el alma de esta plaza reside en los nombres que el pueblo se niega a olvidar. Mucho antes de su imagen actual, en 1867, el general Jorge Sutherland erigió aquí la primera columna en honor al Padre de la Patria, marcando un hito en el espacio público marabino. Tras su remodelación en 1873, fue bautizada como Plaza de la Concordia, un nombre que todavía resuena en las direcciones que dan los ciudadanos, como un eco de esa Maracaibo de finales del XIX que buscaba la armonía tras las guerras. Hoy, la plaza sigue siendo un punto de encuentro vital, testigo silente de los acuerdos, las fiestas y la evolución de una capital que siempre ha sabido honrar sus glorias.

 

El brillante en su cerro: El parque y Museo Rafael Urdaneta

Si la Plaza Bolívar es el corazón republicano, el Parque General Rafael Urdaneta es el altar de la lealtad zuliana. Erigido sobre el histórico cerro El Zamuro, sitio donde una vez estuvo la casa natal del prócer, este espacio de planta trapezoidal es una ofrenda de 1972 al Sesquicentenario de la Batalla de Carabobo. Sus fuentes, diseñadas originalmente para proyectar arcos de agua que cruzaban las caminerías bajo juegos de luces, sirven hoy de escolta a la estatua ecuestre que domina el parque desde su pedestal.

Nos detenemos ante el Museo Histórico Rafael Urdaneta, es aquí donde la arquitectura se hace poesía, en 1945 para conmemorar el centenario de la muerte del general, su fachada fue rediseñada a imagen y semejanza de la Iglesia de la Magdalena de París, el templo francés donde reposaron sus restos antes de volver a la patria. Sus columnas de orden toscano y sus frontones triangulares le otorgan un aire neoclásico que impone respeto y sobriedad en medio del sector saladillero.

Traspasar sus salas es entrar en la intimidad del héroe y su familia, un espacio donde la arquitectura tradicional se abraza con intervenciones modernas en su segundo nivel. Este complejo, que ha visto pasar desde dispensarios hasta escuelas, se mantiene como el guardián de la memoria de Urdaneta, recordándonos que Maracaibo no solo sabe construir edificios, sino que sabe edificar templos a la gratitud y al honor. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Ciudad Valencia/RM