Nos (Otras): El Amor / El No-Amor, por María Alejandra Rendón

NOS (OTRAS): EL AMOR/ EL NO-AMOR

 

Debes amar la arcilla que va en tus manos.

Debes tu arena hasta la locura.

Y si no,

No la emprendas que será en vano.

Solo el amor engendra lo que perdura,

Solo el amor convierte en milagro el barro.

Debes amar el tiempo de los intentos.

Debes amar la hora que nunca brilla.

Y si no,

No pretendas tocar lo yerto.

Solo el amor engendra la maravilla,

Solo el amor consigue encender lo muerto.

 

José Martí

 

 

El amor es una construcción social y cultural, que pasa a determinar la manera en la que la sociedad  se organiza. Es -en palabras de Coral herrera- “un sentimiento colectivo complejo en el que se interrelacionan  muchos factores y que varía según las épocas históricas, las zonas geográficas, los climas, la biología, la cultura,  la economía, las formas de organización social, la política, las religiones, los tabúes, las normas morales de cada comunidad”

 

No se ama igual que hace tres siglos, ni se ama igual en Londres que en Palestina, ni ama igual una madre analfabeta de la India que un ejecutivo de Tokio,   porque no hay manera de expresarnos en una formula fija que soporte las transformaciones y la apropiación cultural que hacen los distintos grupos humanos.  Sin embargo, no hay dudas de que, en todos los tiempos y puntos en los que el amor se forja, es un sentimiento que nos moviliza.

 

El amor es un fenómeno universal no exclusivo de la especie humana. Vivimos rodeados de diversas formas de afectos, así que tampoco es exclusivo de la relación de pareja, aunque, a propósito de esta fecha, si desearía acercarme a lo que está relacionado con el amor en su formula mas mediatizada y “elegida”, sobre todo porque el orden cultural que hoy rige nos ha organizado en pares y desde lo binario, casi de forma obligatoria (dando nacimiento a la familia) núcleo en el que se depositan y reproducen todas las formas de poder y con la que está casado nuestro propósito de “felicidad y realización”.

 

Por supuesto que amar es un concepto complejo que ha tomado terreno amplio en la filosofía, la espiritualidad y la ciencia, de manera que difícilmente esta nota cuente con elementos suficientemente esclarecedores y conclusivos.

 

Amamos sin habernos preguntado siempre lo qué implica hacerlo y qué implica, por consiguiente,  ser amado, tomando en cuenta lo antes expresado. Amamos según lo que nos ha dicho que es al amor, según categorías que no exploramos hondamente. Amamos según el modelo de amor que hemos venido asimilando en canciones, películas, medios, propaganda y relaciones económicas; casi siempre experiencias ajenas a nosotros; un modelo fijo al que se adosan indicadores de éxito y bienestar que han de ser comunes a todos y todas.

 

Cuando sentimos amar, consideramos que la sola emocionalidad cuenta y que su advenimiento es involuntario, sorpresivo, intenso, inesquivable; algo que se entromete para reconfigurar nuestras pulsiones.  Quizá desde la elemental certeza de que es un sacudón que nos aviva, y sí, de momento se percibe así. En el diccionario su más común acepción lo define como “…un sentimiento de intensa atracción  emocional  y sexual hacia una persona con la que se desea compartir una vida en común” o como “un sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se desea todo lo bueno”. Pero, partiendo de que toca definirlo y pocas veces lo hacemos, nos terminamos quedando con lo que culturalmente está definido como tal, es decir, la forma en la que lo asimilamos está profundamente conectada por una expectativa fija y colectiva  y, conforme a dicha expectativa, actuamos. Nos conducimos de una manera que nos haga apetecibles, amables y elegibles.

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La expectativa socialmente construida también nos fabrica a la persona de la cual debemos enamorarnos. Por lo tanto, ha sido a menudo una elección atravesada por la idealización de un estereotipo y no una decisión o un acto racional, sino una mezcla de instintos, emociones, prohibiciones, mitos, formas e intereses, bajo los cuales subyace una ideología. El amor es, por lo tanto, una categoría política.

 

Pero se nos hace tan horrendo y frío verlo de esa manera, ya que es difícil resistirse a la magia y la fantasía con la que la cultura ha revestido las relaciones de poder intrínsecas en el mismo. Preferible decir que es Cupido y no una decisión, porque siempre será más reconfortante dejarlo fuera de nuestra voluntad, porque eso nos distancia de la responsabilidad de construirlo sostenidamente, le otorgamos con ello un carácter divino, univoco y omnipotente.

 

El componente mágico que acompaña la idea de amor es atrayente y dispara un enorme entusiasmo, pero lo mágico no ha de sostenerse por mucho tiempo; la ilusión no soporta el peso de la realidad, no soporta el deber para con el otro o la otra, no halla fácilmente la manera de zafarse del mito y comenzar a SER de manera concreta, sin los límites del enamoramiento, ese que nos empujará a nuevas ilusiones momentáneas hasta dejarnos cada vez más vacíos, cansados, vulnerables, rotos e inseguros.

 

Nadie pone en duda que el amor implica desear, ya que forma parte de la sobrevivencia humana como pulsión primigenia,  y ese deseo debe mantenerse, pero no lo hará por sí solo, como todo deseo es efímero una vez conecta con lo deseado, la ilusión de rompe cuando la esencia no toma forma de realidad, no se materializa. Cuando la ilusión desaparece creemos que ya  “nada es igual”, se  “ha ido la magia”, y vivimos un luto, pues,  ha fenecido la ilusión propia y la ajena, sucede cuando el ser fantástico que somos y que el otro es para con nosotros, da paso a su esencia transformable; el ser de carne y hueso que adviene de una experiencia particular, con un conocimiento de las cosas y con un universo emocional que lo diferencia del resto. La trágica deferencia que lo distancia del “amor ideal”.

 

Claro, hasta el más malévolo de los seres, cuando está en la etapa del enamoramiento, puede ser un derroche de generosidad y dulzura. Porque en el enamoramiento hay, querámoslo o no, un enmascaramiento. Pero el amor romántico también puede potenciar el lado oscuro de la persona aparentemente más encantadora; egoísmo, inseguridades, complejos, la sed de venganza, entre muchos otros.

 

Ganar a la persona de carne y hueso es estar en la posibilidad de construir, nada se sostiene en el aire, nada puede ser eternamente una ilusión. Para dar paso al amor, debemos elegir a la persona con base a lo que en esencia es y dona de sí mismo, de la misma manera que nosotros constituyamos lo mismo para su vida y propósitos. Donar mutuamente un  el par compañero.

 

El par compañero, desea, cuida, reconoce y admira recíprocamente. Reconoce al otro como individualidad, por lo tanto dona libertad suficiente, aunque ostente el poder para  conseguir lo contrario. El par compañero ejerce el respeto como travesaño esencial y ese respeto no es obediencia, ni sumisión, ni poses de cortesía. Respetar es, parafraseando a Erich Fromm, asimilar la identidad  y esencia del otro sin apropiarse de la misma. Lo que admite un estado superior de consciencia del y por el otro. Lo asume como otro, amén de la proximidad que compartan.

 

Cuando amamos, además, lo hacemos sin mirar jerarquías y sin reproducir desigualdad y privilegios de género, sin prejuicios, sin proporcionar desventajas al otro, sin la dependencia propia del Romanticismo patriarcal. En definitiva, sin sufrir las contradicciones propias de una sociedad aparentemente avanzada desde preceptos arcaicos y que procede según la lógica de la violencia.

 

Amamos mientras más nos distanciamos de la idea de sufrimiento, esencia propia del amor romántico (que no es amor), de la cultura que mitifica la violencia, endiosa los celos y el control,  haciéndonos creer que estas manifestaciones de egoísmo, son simples crisis y que los mismos están relacionados con un mayor deseo.

 

Todos estos mitos existen porque también existe la necesidad de héroes y heroínas en la sociedad y en nuestras vidas. La visión occidental del amor está basada en la fusión; en el  absolutamente todo por el otro; en el complemento de otra vida respecto a la nuestra y viceversa; en la incondicionalidad; en el sacrificio permanente; la intermitencia; la pasión frenética eterna; la exclusividad; el amor para siempre;  la omnipotencia del amor; el apego físico y un largo etc. de indicadores del NO-AMOR. No es amor cualquier cosa que nos ponga en inminente peligro, ni la deslealtad, ni el individualismo, es decir, nada que nos haga renunciar de manera constante a quienes somos por simplemente ser siendo elegibles para otra persona. Es una lógica irremediablemente suicida.

 

Se hace difícil liberar al amor del miedo o del NO AMOR. El amor romántico que viene siendo el más asimilado y aprobado colectivamente de manera forzada está siendo útil al capitalismo y su industria romántica, una de las más lucrativas, dado que abarca una parcela importante del vasto paisaje de las mercancías. Han convertido al Amor romántico en una mercancía en sí mismo, desde él se explota al máximo el consumo de mercancías de las demás aéreas. El amor romántico nos enajena, nos cosifica y nos convierte, no en amantes, sino en consumidores y nada más que eso.

 

Por fortuna, cada vez mas hay personas conversando, re-prensando, problematizando, re-conceptualizando y re-componiendo la idea del Amor. No hay fórmula acabada y lo suficientemente abarcante para re-simbolizar o definir los contornos de una  idea que es  compleja y siempre lo ha sido. Lo que sí hasta ahora queda claro es que se necesita algo más que un arco y una flecha en las manos del ángel más aburrido para construirlo. Se necesita de mucha libertad para construirlo, mucha ternura junta, muchas ganas de vivir para hacerlo realmente posible.   La etimología de la palabra AMOR es la NO-MUERTE o el “vivir sin muerte”. El amor es todo aquello que nos dona Y NOS HACE DONAR VIDA  constantemente. Entonces el amor, más que un sentimiento, es una capacidad.

 

SEAMOS CAPACES, SIEMPRE QUE SE TRATE DE LA VIDA. FELIZ DÍA!

 

***

 

María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

 

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