Existen seres que son torpes, también los exageradamente torpes, los ultra y recontra torpes… y yo. Yo habito inalterable la cima de esta cualidad de ser. Lo admito: soy torpe, al menos, por eso puedo dedicarte este post para que tú también puedas convertirte en un gran torpe o, quizás, cuentes con las mejores herramientas para que te reconozcas como tal.
Ser torpe no es un sentimiento ni una emoción, así que la llamada IE (Inteligencia Emocional) aquí no tiene nada que buscar. Ser un verdadero torpe es cumplir —sin quererlo, sin que en ello exista una predisposición, una meta altruista o algo por el estilo— con una paradoja: una característica que pudiéramos llamar parcial cubre toda la personalidad. La recorre. Ser torpe es un asunto integral. Si quieres enterarte de aquellos aspectos que no conocías sobre los torpes o, en todo caso, si eres uno de los nuestros y quieres perfeccionarte en el arte, continúa leyendo. Te vas a sorprender.
El oculto arte de ser un torpe
Cuando te dije, al comienzo de este post, que yo habito el pináculo de los torpes, te lo dije con la torpeza en las manos, no es vanidad ni egocentrismo; fíjate, poco antes de nacer, yo me enredé el cordón en el cuello y por poco muero. No sé si fue que escuché que mi padre era brujo y eso me dio tanto miedo que opté por matarme ahí mismo, en el paraíso interior de mi mamá. Es decir, puedo afirmar con pelos y señales (¿este refrán está mal utilizado?, no lo sé) que soy torpe de nacimiento.
La mala noticia para los aprendices es que, si tu finges ser torpe, cualquiera se daría cuenta, es imposible llevar la torpeza como una apariencia, como un simulacro o una especie de hipocresía de exquisita elegancia; eso debe ser parte de ti, digo, tú debes ser todo torpeza, cada paso, cada decisión, debe contener tu sello: made in mi torpeza.
No se trata de un arte como cualquier otro, un arte que puedes afinar mediante la práctica constante; no, ser torpe es un arte espontáneo cuya profundidad se mide de acuerdo a las consecuencias que acarree. El arte de la torpeza no tiene nada que ver con el histrionismo; en verdad, con ningún arte en el que el objeto tenga que ser forjado, buscado… La torpeza es un arte que conjuga equilibradamente la fuerza psíquica con la conducta caótica, de marcha dispersa e intermitente. ¿Quién puede lograr tanto? ¿Qué arte puede sintetizar así estos dos aspectos del ser? Solo un torpe, aunque esté consciente de serlo.
Tips para ser torpe
Quiero disculparme, pero el título de este post es una más de mis torpezas, realmente no existen consejos para que alguien se convierta en un torpe, sería incoherente y contradictorio con todo lo dicho hasta ahora; lo que quise decir, tal vez, es algo así como: asuntos que un torpe suele cometer. No sé si ya captaron mi esencia: el lenguaje de un torpe se caracteriza porque abundan muchos “tal vez, pero, no sé, quizás, puede ser…” Sin embargo, Fernando Mires, en uno de sus libros, no recuerdo cuál, afirma que el pero (nuestra palabra preferida) es inherente a una personalidad profunda y auténticamente democrática; el sí y el no, representan más a los que tienen tendencia a ser monárquicos por no decir otra cosa no vaya a meter la pata.
Entonces, fíjate bien y responde la siguiente encuesta: ¿te tropiezas a menudo contra las aceras, al entrar a tu casa, al cruzar una esquina? ¿Chocas contra postes, ramas, personas…? ¿Los autos, motos y busetas te tocan corneta, te gritan, te mientan la madre porque ni te das cuenta de que los tienes casi encima? ¿Cuándo vas a saltar un charco, buscas precisamente el lado por donde es más difícil? ¿A veces ni siquiera un aplauso para matar un simple y vulgar zancudo puedes coordinarlo con precisión? ¿Emites opiniones en sitios públicos criticando a personas presentes allí sin darte cuenta que se lo estás diciendo a uno de sus familiares?
¿Si cargas un tobo de agua para llevarlo a determinado lugar, es más el agua que cae en el piso que la que sobrevive dentro del tobo? ¿No te has caído poniéndote ropa interior o un pantalón? ¿No te has perdido buscando una dirección a la que has ido con anterioridad? Si tienes que conseguir unas llaves o un lápiz, ¿no tumbas cientos de cosas antes de encontrarlos y, muchas veces, ni siquiera los encuentras? ¿Acaso no te gusta estar solo para cocinar porque te da pena que vean tus torpes movimientos e inadecuadas costumbres? ¿No estás cansado de verter azúcar donde iba sal y sal donde iba azúcar?
¿A cuál edad comenzaste a manejar bicicleta? ¿Realmente aprendiste a manejarla? Yo pasé del gateo a la caminata y de esto a manejar carro automático, porque fueron incontables las caídas con patines, patinetas, bicicletas. Y con el carro que, por cierto, no me pertenecía, choqué en tres oportunidades de la manera más torpe posible, incluso estuvimos a punto de ser arrollados por una gandola porque yo no supe usar el espejo retrovisor. No pude reclamar al chofer debido a que no tenía papeles.
¿Acaso en tu vida no se ha repetido una misma torpeza muchísimas veces, con las mismas consecuencias y cada vez te juras a ti mismo que jamás lo volverás a hacer? ¿Cuántas veces has ido a arreglar algún artefacto y terminas dañándolo? ¿Nunca te ha ocurrido que al realizar una diligencia en la que debes recorrer largos trechos olvidas el documento que debías llevar y te das cuenta justo en el instante de entregarlo? Y pintando una casa, ¿no has pintado el piso como primera área porque lo primero que haces es derramar la pintura y, al querer recogerla, lo que has hecho es empeorar las cosas?
Aliados y antagonistas de los torpes
Cómo te puedes dar cuenta, faltan muchísimos tips; pero creo que, si respondes afirmativo a cada uno de los anteriormente descritos, indudablemente eres un especialista en torpeza; no por vocación, sino por esencia, que es el deber ser. Igualmente, podemos deducir que todo torpe tiene dos aliados fundamentales: el descuido y la inutilidad.
Ser inútil en una sociedad en la que la generalidad de sus habitantes se ufana de no serlo es una hazaña de proporciones inverosímiles; un héroe de la simplicidad y la insignificancia; jamás serás escuchado, jamás formarás parte de la masa de donde toda mujer extrae a un hombre ejemplar para casarse con él; un hombre múltiple: plomero, albañil, electricista, impermeabilizador, herrero…
Popularmente, a esos seres vitales para la salud mental y económica de un hogar se le denomina toderos, porque no hay un solo asunto que tenga que ver con el mantenimiento de una casa que ellos no sepan realizar a la perfección y, por favor, subraya esta palabra: perfección, ya que no son aprendices, son verdaderos expertos del pragmatismo hogareño y saben hacer feliz a una mujer.
Los toderos son los antagonistas de los torpes, exactamente todo lo contrario de estos últimos, ambos son irreductibles. No se puede esperar que un todero se enrede en sí mismo y muestre una naturaleza torpe escamoteada con sus herramientas de trabajo y los fluidos 110 ó 220 y las maromas de los amperes y los voltios, el pega tanque y todo el amor por los drenajes y los asfaltos líquidos…
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Tampoco se puede esperar a que un torpe genuino se convierta en un todero por más crisis económica y cuarentena por virus que se prolonguen eternamente y el torpe solo vea para siempre jamás las paredes de su casa y los artefactos comiencen a descomponerse uno tras otro y la esposa, mujer o lo que sea, solo tenga ojos para lo descompuesto y voz para el reclamo. ¿Qué podrías argumentar a tu favor? Absolutamente nada, o pagas para que otro arregle lo que tú ignoras —y esto es cuesta arriba—, o empiezas a contar tus días porque se aproxima una segura separación.
Así somos de incomprendidos, hasta este extremo llegan las cosas. Por ser torpes, nunca nos percatamos de que a una mujer se le ama con los tubos de 16 pulgadas, las llaves ajustables, los conductores eléctricos y, en fin, con todos los materiales que forman parte del dulce hogar y de una ferretería.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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