“¡Vieja pa’ la gracia!” por María Alejandra Rendón Infante

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¡Vieja pa’ la gracia!… Algunas mujeres evitan admitir su edad, tan es así que en muchas regiones y culturas se considera irrespetuoso o una enorme indiscreción preguntar la misma. Los años a cuestas suman en la subjetividad de algunas mujeres una carga que no se traduce precisamente en años, sino en presión social, por lo que en algunas viene siendo un tema tabú y, en el resto, solo algunas, no existen complejos, ni se sonrojan al decirla.

Es posible que descompletar el calendario no signifique otra cosa que remar contra el mandato social de la juventud, esa que en la mujer tiene una duración distinta y está enmarcada en un lapso que las hace «obsolecer» socialmente antes de tiempo. Lo único en lo que la mujer puede seguir siendo siempre capaz, sin importar los años que tenga encima, según la lógica patriarcal, es cuidar de otros. 

Las mujeres, en mayoría, han estado de servidumbre de por vida, aunque los años se vayan interponiendo  en dicho rol y las varices ya no soporten; estamos obligadas a seguir vigorosas sin quejarnos del paso del tiempo.  En muchos aspectos, hábitos, aspiraciones y  propósitos las mujeres seremos «viejas para la gracia». Lo seremos en correspondencia al eterno femenino, que no solo ha creado una imagen falseada y rol para ser asumidos, sino que también le otorga a estos algunos matices; uno de tantos es el rol particular de la mujer adulta, porque no solo se trata de serlo, sino de parecerlo y ejercerlo con rigor. Algo que en realidad guarda más relación con imposiciones y restricciones sociales que en relación al estado mental  y físico que proporciona el paso del tiempo.

La Gerontología Crítica, con perspectiva feminista, es una disciplina que ha venido teorizando sostenidamente al respecto. Pretende analizar el estereotipo socio-simbolizado de la vejez y las limitaciones culturales, políticas, económicas y psicológicas propias de tal marginación con énfasis en las mujeres.

Entonces las mujeres no tenemos conflicto con la edad, sino a lo que ella representa en una sociedad que ha restringido el marco de acción de las mujeres en general, pero sobre todo a la mujer adulta. Algunas sienten temor de ser parte de una «vejez social», además de prematura, ligada estrechamente al género.

Mientras tanto, el espacio público, ese en el que pudieran seguir capacitadas y aportando, se va estrechando tempranamente. Cuando hablo de espacio público, me refiero al que tiene que ver con el resto de las relaciones construidas más allá del espacio y los vínculos domésticos.

La belleza, tal como está concebida, nada tiene que ver con la vejez, de allí que la juventud como «cualidad» sea un asunto que prive en la manera cómo nos asumen. La juventud, al menos el apariencia, es un elemento  de poder en las sociedades contemporáneas, pero en el caso de las mujeres,  esta debe ser aprovechada o lograda a cualquier costo, porque muchísimas decisiones serán cuestionadas o rechazadas si son asumidas «tardíamente».

El espacio de las relaciones para los hombres se verá, en cambio, afectado de distinta manera de acuerdo a la edad. Si bien ambos atraviesan por ciclos naturales similares en muchos aspectos, el social estaría siendo el espacio en el que el hombre ha tomado enorme ventaja. Las relaciones sexo-afectivas, por poner solo un ejemplo, están más restringidas en mujeres mayores; la decisión de vincularse en muchas resulta difícil o imposible de tomar, no sucede a menudo con el sexo masculino.

Resulta casi una depravación una notoria diferencia de edad de ésta respecto a su pareja, hablando en términos hetero-normativos. Una vez que se asume que la mujer culmina su etapa reproductiva, se ve sexualmente o socialmente descartada, lo cual guarda relación con la concepción que se tiene de la sexualidad  asociada a la labor reproductiva,  lo que les  ha convertido en incubadoras humanas. El mandato religioso ha venido remachando esa idea.

Sin embargo, no importa cuanta edad tenga un hombre, siempre tendrá oportunidad de relacionarse, de cambiar de pareja de forma recurrente, aún cuando sean muy jóvenes e, incluso, niñas. Pareciera que la sociedad olvida que el sexo se disfruta a cualquier edad y es normal que esté presente a lo largo de nuestra vida. Pero hablando de prejuicios y tabúes respecto a la sexualidad en edad avanzada, ambos sexos lo viven de manera distinta.

Por otro lado, la oferta laboral también se reduce enormemente, así como las posibilidades de esparcimiento. Las mujeres encierran la vejez, la ocultan, la protegen; la viven en soledad porque el prejuicio las priva de muchas y específicas maneras. También, se suma el hecho de que las mujeres en mayoría asumen el rol de cuidadoras de por vida.

En lo relacionado a la salud, la propia Organización Mundial de la salud (OMS) ha suministrado cifras que indican que la mayoría de las patologías crónicas  o desequilibrios psicológicos, aparecen mucho antes en las mujeres y que la prevalencia en estas es muchísimo mayor. Adicional a esto las características socio-demográficas inciden en el deterioro y mayor desprotección de la mujer mayor por factores socioeconómicos  y culturales. Todos estos indicadores demuestran que se han construido distintas expectativas para un género y otro conforme avanzan en edad.

 

¡Compórtese, señora!

A las mujeres mayores ya  «no les luce» vestir como antes, andar mucho por la calle, tener novios o parejas eventuales –mucho menos menores–, tampoco el andar solas,  emprendiendo cosas, salir de noche, hacer deportes o simplemente vivir la sexualidad de manera plena. En esto último, ya el propio tema se ve clausurado para muchas, una vez se atraviesa por la menopausia. Hablando con muchas mujeres adultas, comprendí que hay tabúes al respecto, miedos y más vulnerabilidad; por lo tanto, no será casi nunca tema de conversación. Algo que no extraña en una sociedad que hizo del sexo algo para el provecho masculino y también como práctica exclusiva de la juventud.

La mujer de edad avanzada se ve sacudida en la contradicción  de asumirse o no como ser sexual, porque eso la expone, siendo que ese proceso no lo experimenta el hombre promedio. Paradójicamente la vida sexual de la mujer desaparece con ella y no al contrario.

Entiendo entonces que quitarse la edad o lucir jóvenes será la licencia para exceder a ciertas «libertades» sin ser juzgadas, además de que representa un pase de cortesía a los pocos privilegios de los que la lógica discriminatoria y estratificadora  ha  concedido a las más jóvenes. A este fenómeno se le conoce como feminización de la vejez.

 

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Si el paso de los años representa un gravamen para una sociedad que venera de manera enfermiza la juventud, idea que remacha y potencia la industria de masas, en las mujeres oprime un tanto más. La sociedad a construir no solo debe apostar a la igualdad sustantiva y plena de las mujeres, sino visibilizar los claros matices que constituyen otras formas de opresión asociadas al género; la edad, uno de tantos.

También debe ser una sociedad que libere a las mujeres mayores del trabajo del hogar del que muy pocas se jubilan, para dar paso a  nuevas experiencias emancipadoras para ellas. Debe ser la sociedad que haga una ruptura simbólica con la imagen inmaculada y frágil de la mujer mayor, para entonces asumirla como sujeta de decisión, capaz de construir múltiples espacios para su desarrollo y desenvolvimiento en la esfera pública sin ser sobreprotegida.

Las futuras mujeres deben ser quienes asuman la edad y la vivan plenamente asumiendo sus cambios físicos, psicológicos y emocionales, sin privaciones, es decir, aprovechando los placeres y oportunidades propias de cada faceta de la vida para ser feliz y crecer libre de prejuicios, estigmatizaciones y tabúes.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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