Nunca pensé que una película pudiera hacerme sentir tan frustrada. Por mucho tiempo me negué a verla porque los spoilers abundaban en las redes (todavía crean memes referentes) y sabía que no terminaría bien, pero la curiosidad pudo más. Esos spoilers no se acercaban en nada a la crueldad de este film. 500 Días con ella
Esta historia me dejó con un nudo en la garganta, no por lo bonito de su historia, sino por lo injusto que se siente amar a alguien que nunca te quiso de verdad… pero tampoco tuvo el valor de alejarse a tiempo. Dirigida por Marc Webb (una vez más, antes de dirigir el bodrio del siglo), 500 días con ella se presenta como una comedia romántica, pero en realidad es un drama disfrazado, un relato un tanto cruel sobre el amor, la idealización y el desamor. Es una lección. Una bofetada. Tanto que me gusta ver películas repetidas, esta lleva un enorme 0 en repeticiones.

La película está narrada de forma no lineal, saltando entre distintos momentos de la relación de Tom Hansen (Joseph Gordon-Levitt) y Summer Finn (Zooey Deschanel) a lo largo de 500 días, desde el día que se conocen hasta el final de su “vínculo emocional”. Por ese entonces (en los 2000), estaba de moda que el protagonista “narrara” su propia historia dirigiéndose al espectador, así que nos vemos aun más involucrados en todos los hechos. Es como si un amigo estuviera contándonos todo lo que le estaba pasando en su relación tóxica.
Tom es un arquitecto frustrado que trabaja escribiendo tarjetas de felicitaciones. Cree en el amor verdadero, en “la indicada”, y cuando conoce a Summer, la nueva asistente de su jefe, instantáneamente es flechado por cupido. Desde el principio, Summer es clara: no cree en el amor ni quiere una relación seria. Pero Tom, preso de su visión romántica idealizada, decide ignorar sus palabras y ve solamente lo que quiere ver, poniendo a Summer en un altar de cristal.

Durante los primeros meses, viven momentos encantadores, perfectos, de ensueño: paseos, música de The Smiths, acomodar “su nido de amor” en IKEA, conversaciones existenciales y muy profundas… Pero a medida que pasa el tiempo, la desconexión emocional de Summer empieza a hacerse más evidente. A pesar de sus actitudes ambiguas (a veces cercanas, otras distantes), Tom se aferra a la esperanza de que están destinados a estar juntos. Eventualmente, Summer termina la relación, dejando a Tom devastado. En los días posteriores, él cae en una espiral de depresión, se aísla, pierde el sentido de su vida, y abandona su trabajo. Con el tiempo, empieza a reconstruirse, redescubre su vocación por la arquitectura y retoma su rumbo personal.

Al tiempo, Tom y Summer se reencuentran. Y llena de todo el cinismo que le sale de los ovarios, le dice que está casada. Que ahora cree en el amor, porque conoció a alguien con quien “simplemente supo” que era el indicado. Este golpe emocional rompe completamente la narrativa interna de Tom, pero también lo libera. Por tooodo eso, es que Summer, para mí y otros, será la desgracia encarnada hasta el fin de los tiempos.

Summer es, para muchos, uno de los personajes más polémicos (y posiblemente detestados) del cine moderno. Aunque también está el grupito que la defiende como una mujer honesta y libre. Es comprensible (y bastante común) que se la perciba como emocionalmente irresponsable, inmadura en cierto aspecto, egocéntrica o contradictoria.
Summer dice no creer en el amor, pero actúa y dice cosas como si lo hiciera. Su comportamiento cariñoso, íntimo y cómplice genera confusión. Ella sabía que Tom estaba completamente enamorado y eligió mantener esa relación sabiendo que no le daría lo que él esperaba. Su discurso de independencia emocional suena bien, pero es incoherente. Termina casándose con otro hombre poco después de haber estado con Tom, lo cual parece invalidar su idea inicial sobre no querer compromisos. Y aunque tiene derecho a cambiar de opinión, la película la deja sin explicaciones reales, haciendo parecer que usó a Tom como etapa de transición o como si él hubiese sido una especie de prueba o experimento.

Nunca afrontó con madurez el impacto que causó. Ella se fue sin dar ninguna explicación y luego reapareció solo para decirle a Tom que ahora cree en el amor gracias a otro como si nunca hubiese pasado nada entre ellos, como si no le hubiese destrozado el corazón a Tom. ¿Era necesario ese comentario? Su despedida final se siente más cruel que liberadora en realidad; peeero el pobre Tom de igual forma acepta todo lo que le dijo con una gran sonrisa, aunque esté destrozado por dentro. Summer, si bien es un personaje bien construido, resulta profundamente frustrante por su falta de responsabilidad emocional. Puede que haya sido honesta con sus palabras, pero sus actos no estuvieron acordes con esa “honestidad”. Así que sí, puede que hayamos “conocido” a Summer en algún momento en otras personas directa o indirectamente.
Ahora hablemos de Tom Hansen. Es idealista, altamente dependiente emocional y un poco nostálgico. Tom es el reflejo de una persona que ha sido llevada a creer ciega e innegablemente en el amor romántico como destino inevitable. Se enamora más de la idea de Summer que de la persona real. Sabe que Summer no está en la misma sintonía, pero encuentra señales donde no las hay para seguir creyendo en ella. Interpreta la cercanía como amor, cuando probablemente era solo comodidad o afecto sin compromiso. Casi como un perrito (no me malentiendan, me refiero a la condición innata de los perritos por ser tan fieles y leales que no son capaces de entender el mal). Aunque al principio es víctima de su obsesión, su evolución final es significativa: sale de su rol de víctima, asume responsabilidad por su vida y redirige su carrera. Aprende que el amor no es garantía, ni premio a la bondad, ni destino, sino elección mutua. Aunque también deja un poco de incertidumbre. Recordemos que él nos narra fragmentos de su historia, cuando conoce a otra chica, él mismo se da cuenta de que actúa casi igual que cuando conoció a Summer y nos sonríe de frente, como diciendo “aquí voy de nuevo”. O no sé, es lo que percibí en ese momento.

Volviendo a Summer Finn. Es evasiva emocional, impredecible, contradictoria. Summer es alguien que teme el compromiso, pero no evita las relaciones íntimas. Tiene un profundo conflicto entre querer conexión y querer independencia. Posiblemente sufre de apego evitativo. No se permite conectar plenamente por miedo a perder libertad o a ser vulnerable. Pero eso no impide que se involucre con personas como Tom, quienes buscan precisamente lo opuesto. No es malvada, pero sí irresponsable (lo que la hace “casi” malvada a mí parecer). Se escuda en la honestidad para justificar una actitud ambigua. No se permite empatizar con lo que Tom está viviendo, y eso la convierte en un personaje que, aunque realista, puede ser fácilmente detestado por quienes han vivido relaciones unilaterales o confusas.

Así que, obviamente, 500 días con ella no es una historia de amor, sino una historia sobre el amor no correspondido y la idealización. No se trata de “la chica mala que rompió el corazón del chico bueno”, sino del peligro de construir expectativas sin conocer verdaderamente a la otra persona. Y aunque, quizás, Summer no es una villana, tampoco es del todo inocente. Tom tampoco es un santo, pero sí una víctima de sus propias ilusiones. La película es dolorosamente honesta en cómo muchas veces amamos más nuestras proyecciones que a las personas reales. Así que hay que verla con mucho chocolate, algunas almohadas que resistan gritos y golpes, y, como siempre les digo: “Si no la han visto, véanla, y si ya la vieron, vuélvanla a ver, no tiene pérdida de nada”.
500 Días con ella
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500 Días con ella
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Isabel Londoño, egresó de la Universidad de Carabobo (UC) en el área psicosocial, tiene también estudios universitarios en turismo y sistemas.
Es una apasionada de la música y del Séptimo Arte desde que tiene memoria, siendo el cine y sus distintos géneros la pasión a la que ha dedicado más horas y análisis. Sus reseñas sobre clásicos o estrenos del cine aparecen ahora, cada viernes, en Ciudad Valencia desde “El Rincón Cinéfilo”.
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