Todo el tiempo oigo decir a mucha gente —además de la literatura tan abundante que existe— que la infancia es una etapa idílica, la mejor época de nuestras vidas. Siempre he creído que muchos escritores inventan demasiadas vainas buenas en torno a sus vidas que, la mayoría de las veces, son muy miserables, tienen derecho, no lo dudo; pero uno termina por creer que la única infancia desdichada es la propia. Con una madre común y corriente, una abuela grosera y enfurruñada, unos hermanos desgraciados, primos egoístas hasta causar vómitos y dolores musculares y, en el mejor de los casos, una neumonía.
La infancia de ellos no: a los ocho años ya habían leído a Don Quijote en español y en alemán; tres veces toda la mitología griega. A los nueve años leyeron El Ulises de Joyce y La Divina Comedia, en sus idiomas originales, y además escribieron varios ensayos en torno a esas obras. Y viajaron por toda Europa, África y Oceanía; conocieron a tal y a pascual, quienes les hicieron entender la teoría de la relatividad a los nueve años y eso los marcó para siempre. Después conocieron a cual y a quien, quienes los convencieron de viajar a París o a Nueva York y en estos sitios fueron educados por aquel y el otro, lo cual fue influencia decisiva para que, a los catorce años ya tuviesen cinco libros publicados, traducidos a quince idiomas y… ¡Diosss! ¿Cómo puede sentirse uno después de saber algo así? Ciertamente, un minusválido de infancia. Un ser tan común que lo que provoca es escribir dos mil veces: debo decir mentiras, debo decir mentiras…
Yo no estoy muy seguro de que la infancia sea una maravilla, un paraíso vivido; de pana que no. Los niños, al igual que cualquier otra persona, también tienen su moral privada, es una consecuencia de tantas prohibiciones y de tantas tentaciones. Que si la primita que está bien buena; que la cuñada te sale en chores corticos y sin sostenes porque, qué importa, tú eres un carajito y no tienes malos pensamientos. ¿Cómo es la cosa? Claro que tenemos malos pensamientos, que no los llevemos a cabo es asunto de otro saco. Lo que pasa es que uno está tan chiquito que nadie se fija en la erección. Por eso me gusta más Bachelard, quien al menos desanda sus reflexiones haciéndose preguntas sobre los rincones, los sótanos, los armarios… que si hablaran te echarían el cuento completico de la Erótica del espacio.
Total, que lo que pretendo decirte en este artículo es que no te dejes llevar por las apariencias. ¿Puedes imaginarte a la madre de Hitler haciéndole cariñitos y arrumacos a su bebecito tan bello y blanquito, Dios lo guarde? Deja de ver a los niños como seres ingenuos, ignorantes y pacíficos. Walt Disney sabía muy bien lo que estaba haciendo. Aparta de ti el cáliz de la pureza infantil. Los cuentos de hadas originales tienen partes que son horrorosas, crueles; obviamente, la sabiduría del pueblo europeo entendía que los niños estaban preparados para leer esas historias. El final feliz es reciente, nace con Hollywood.
Veamos algunos aspectos de la infancia que, aunque lo sabemos, nos hacemos los locos y volteamos hacia otra parte.
Infancia, instinto y cultura
Por algo será que el agua bendita se recomienda verterla en la humanidad del niño cuando apenas tiene unos meses de nacido. ¿No lo crees? Y los adultos, tan pendejos como siempre, se ponen a estar creyendo que, ahora, como es cristiano, la bondad entrará a su cuerpo y sacará al demonio congénito que trae consigo, quizás desde cien vidas anteriores. ¿Y dónde van a dejar todas las guerras y perversidades que han llevado a cabo los cristianos? Los Yanomamis son más sabios: hasta que el bebé no ha probado la leche materna no se considera ser humano; uno de ellos.
Un niño es algo indescifrable. Una criatura desgarrada que no para de llorar jamás y ni si quiera el Cielo sabe dónde ponerle las vendas; sin duda, es un sufrienteser. Porque déjame decirte una cosa: hay llantos que tienen sus explicaciones; pero hay otros que no tienen ninguna, ni siquiera para el que está llorando, y eso es lo que los torna grave, casi imparables.
Crecemos en batalla para no perder lo más preciado que poseemos: nuestra animalidad. La pérdida de los instintos ya supone nuestra entrada en el mundo adulto. El más hermoso de todos los instintos: succionar, chupar, lo confunden con el hambre y, para colmo, los adultos creen escuchar que el bebé dice mmma, mmma; es decir: mamá. Nadie vence; es cierto, logramos crecer y creer; pero las garras las llevamos por dentro, y en cualquier momento lanzamos el zarpazo y sorprendemos a los mayores que, como siempre, no sabrán qué hacer y te darán besos y gritos para tratar de vencerte.
Vamos a estar claros: limpiarse bien después de defecar, amarrase los zapatos con destreza, comer con cubiertos, son, entre otras acciones, pruebas fehacientes de nuestra derrota; pero no lo sabemos y continuamos luchando a pesar de que cada vez seamos más amaestrados. El niño siempre logrará vengarse, sea directa o indirectamente; esto es seguro. No te dejes llevar por las apariencias, un niño es tan solo un adulto que no ha crecido.
La infancia olvidada
La infancia suele ser mal entendida como una de las etapas, o más felices o más ingenuas de nuestras vidas. No sé qué magia nos azota la inteligencia y la memoria para no recordar lo que nosotros mismos fuimos e hicimos y echar toda la basura debajo de la alfombra. ¿Felices? Déjame dudarlo. No hay una etapa de la vida en la que lloremos tanto; toda acción nuestra genera una molestia, un regaño, un grito, una paliza, un coscorrón, una ofensa. Los padres no hablan con nosotros, solo dan órdenes: pásame eso, agarra allá, no camines así, eso no se toca, así no se agarra el vaso, usa bien los cubiertos, no mastiques de esa forma, cállate, por qué hiciste eso, estás castigado; pídele la bendición a la tía, anda a la bodega; y a esto le sigue una lista infinita de órdenes y prohibiciones.
¿Felices? ¿Por qué lo piensas?, ¿por los juguetes? Los juguetes casi nunca nos dan felicidad, solo nos consuelan el no poder ser felices. Los juguetes generalmente tienen la función de ser un instante material que sustituye a uno inmaterial, el cual muy bien sabemos que no se recuperará. La madre se va para el trabajo y por sus horas de ausencia te trae un juguete y una chupeta para que no te sepa tan amarga la situación. Yo creo que allí mentamos la madre por primera vez.
Todo lo dicho hasta este momento tiene como referencia a las infancias en países con situación de paz, también para clases sociales que más o menos pueden sobrevivir, porque si nos referimos a la pobreza extrema y a países que son arrasados por las guerras, pues, dudo de que en esos espacios exista algo llamado infancia.
El otro extremo de la infancia
Cuando nos toca ser padres, es decir, situarnos en el otro extremo de la infancia, el cual, no sé por qué muchos confunden con la vejez y, de pana que no entiendo cómo se les ocurre tan siquiera pensarlo. Vértiale, la vejez es una etapa de disolución de tu cuerpo y de tu psique, la infancia es todo lo contrario, comienzas a estructurarte, a erigirte como animal cultural; ¿no ves que los viejos se arrugan y no pueden caminar? ¿Qué tiene eso que ver con la infancia? No entiendo, pero así son las falsas creencias que nos definen. En todo caso, la vejez no se le opone a la niñez; la fuerza que sí ejerce esta función es la adulta y, sobre todo, la paterna.
¿A qué se oponen? Pues a que sintamos los mejores y más profundos placeres que luego no volverán a repetirse, al menos, no con la misma fuerza de la primera vez, con el mismo ímpetu de lo desconocido que por fin se tiene en las manos: besar a una niña, jurungarle sus asuntos ocultos, la rayita en el medio de las piernas, déjame ver cómo es, anda, para ver por dónde sale la orina; pillar a los padres desnudos y…, atrapar mariposas y amarrarles un hilo largo como si fuesen papagayos, quitarle la parte de atrás a los bachacos, inyectarle alcohol a los lagartijos, jugar con nuestras heces, aplastar con los pies descalzos mangos podridos… Por eso, casi todos les hemos tenido arrechera a nuestros padres en algunos o en incontables momentos de nuestra infancia. Por eso, muchos de nosotros hemos buscado la manera de vengarnos haciéndoles maldades y, sobre todo, negándonos también a complacerlos, negándonos a cumplir sus órdenes y sus deseos.
Infancia erótica
De nada sirvió que Freud dijera hace más de cien años que a los niños no les importa de dónde viene el placer, porque son perversos y polimórficos (ojo, no apoyo —Freud tampoco— la pedofilia, esto es otro asunto); porque los padres siguen alarmándose cuando ven a sus hijos masturbándose, frotando el clítoris con un muñeco, tocándose el pene cuando les atrae alguna imagen real o imaginaria; compadre, comadre, ustedes también lo hicieron, déjense de pendejadas, es de lo más normal que lo hagan. Así que no sigan creyendo que ellos son ingenuos, que en el colegio los demás niños son los que les enseñan esas barbaridades; no, los niños no son tan ingenuos como ustedes —discúlpenme queridos amigos, pero yo no entro en ese saco, siempre he tratado de verlos en sus realidades—.
La infancia es una edad muy erótica y por eso es una de las que más sufrimientos nos depara. Ya que el mundo adulto está en contra de nuestra felicidad: ¡ay Dios!, ¡cómo es posible que esa criaturita tenga deseos carnales! ¡Ave María Purísima! Afortunadamente, en la época de mi infancia, existían juegos que permitían ciertas travesuras, mi preferido era el escondido: ¿era casual que me gustara esconderme con una niña en el mismo sitio? Por supuesto que no, y ella lo sabía, ¿nos gustábamos?, a veces ni siquiera eso importaba, los niños son directos, no se enredan con tantos requerimientos formales. Obviamente, casi siempre salíamos de últimos, descubiertos y encubiertos al mismo tiempo.
¡Qué cosa tan hermosa el primer flirteo! ¡Qué sensación tan inquietante el primer órgano sexual que vemos y tocamos! Actualmente, solo los jóvenes en edad liceísta y universitaria gozan de sobredosis de perversión y licenciatura para tocar, oler, succionar y meter carne en carne (obvio, excluimos de este paquete a los que dicen que no tienen géneros, que son no binarios, o multifuncionales, qué sé yo… De verdad os digo que no hay límite para las invenciones de cosas raras), como dicen en Las mil y una noches; pero los niños no sé cómo van a tener aventuras eróticas primarias metidos de cabeza en una computadora, una tablet, un celular inteligente o, en todo caso, en la casa, porque en la calle hay mucho peligro.
LEE TAMBIÉN: “Tips para ser un torpe”
La crueldad de la infancia
Este es otro aspecto casi olvidado de la infancia: ¿quiénes les tiran piedras a los mendigos, borrachos y de más viandantes de lo trágico? Los niños. ¿Quiénes atrapan a las iguanas y las explotan contra las paredes o contra el piso? Los niños, tan tiernos ellos. ¿Quiénes colocan un sapo en la gaveta de la peinadora de la abuela? Los niños, Dios los bendiga y los favorezca. ¿Quiénes se hacen burlas hasta el desespero, con soluciones muchas veces nefastas como el suicidio? Los niños, pobrecitos ellos, no quiebran un plato. ¿Quiénes les colocan sobrenombres a sus maestros y los dibujan grotescamente en cualquier superficie de la escuela? Los niños, bienaventurados; esos mismos que entrarán al reino. ¡Ajá, Jesús!, ¿tú también caíste en la trampa? Claro que no: en aquellos tiempos, los niños se parecían más a nuestros anhelos contemporáneos. Y ya he mencionado el llanto obligatorio por cualquier quítame esta paja; llanto que es casi una condena perpetua.
En fin, la infancia es una edad en la que ponemos en marcha casi todas nuestras emociones: la tristeza, el odio, los celos, la alegría, la crueldad, la burla, el placer y; por supuesto, la bondad, la ingenuidad y la fidelidad a nuestros padres, abuelos y maestros. Claro, llegar a ser adulto y padre será nuestra mejor venganza contra los daños y perjuicios cometidos a nuestra integridad infantil. Lo que he querido decirte es que no te fijes solamente en los valores que generalmente se tienen como positivos, los otros también existen y, quizás, con más frecuencia.
***
Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
Ciudad Valencia











