«Amor ciego» por María Alejandra Rendón Infante

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En coautoría con María Daniela Rendón Infante

 

Nos pusimos de acuerdo María Daniela (historiadora) y yo para desentramar algunos mitos que fueron y han sido considerados como muestras, indicadores o signos de amor, cuando realmente en la práctica pasan a ser todo lo contrario. El amor romántico, tal como lo conocemos y llevamos a cabo, es la puesta en escena de un libreto que todos y todas debemos cabalmente representar, es decir, es una creación, una mentira, un invento para forjar patrones de vinculación en los cuales se expresen o sinteticen todos los pactos de poder que sostienen al paradigma imperante.

Esto supone, por lógica, que, siendo que las circunstancias y características  que rodean cada vínculo son distintas, así como las personas que lo conforman, es inevitable sentir que se está dentro de una formula relacional suicida para la mayoría y ante la cual, se tenga consciencia o no, habrá expresiones de confusión o inconformidad, porque antagoniza con el amor, niega su ejercicio pleno, es decir, invalida las valiosas y necesarias libertades para establecer acuerdos y negociar en claves tales que de ninguna manera este se trate de poseer, colonizar, sacrificar, imponer o someter, por ejemplo.

El artículo anterior rondaba por el mito del “amor para siempre”, pero en esta oportunidad abordaremos otros. Uno de los más repetidos y que forma parte de una completa manipulación es: El amor es ciego.  Conforme a ello podemos decir que solo estando en una situación de urgencia, necesidad, carencia o apego –alimentados también por la propia cultura– es posible materializar tan perturbadora sentencia, dando a entender que no hay razonamiento, ni observación, ni valoración profunda de quién es esa otra persona. Por lo general, al comienzo de una relación, las primeras  sensaciones, sobre todo la que nos permite asegurar tempranamente que hemos encontrado al amor de  nuestra vida (porque no vemos defectos) se tratan de un enamoramiento.

En él existe una irrefrenable motivación, necesidad permanente de estar con esa otra persona, deseo sexual continuo y todos esos síntomas inequívocos de que estamos siendo atraídos o atraídas con intensidad, esa que  al ir en aumento, no nos permite conocer y re-conocer a la persona, sino ser compatibles con la fachada con la que nos permitimos agradar.

A mayor intensidad y prolongación de esta etapa, mayor será el nivel de obnubilación, porque  el enamoramiento, por intenso que sea, no es amor; no se ha conocido a profundidad a la pareja y, por lo tanto, cualquier defecto o acto que atenten contra nuestras libertades o la integridad, serán amortiguados por los efectos anestésicos del enamoramiento, estadio en el que no existe una mirada fecunda y honesta sobre la otra persona, sino un manto, un velo, una cortina que distorsiona nuestra percepción de ella.

Entonces lo que es ciego no es el amor, sino el enamoramiento, porque el amor es esa asimilación del otro o la otra sin la intermediación de la intoxicación química y el efecto mágico que nos oferta ese estado de encantamiento en el que se tiende a la idealización; un corrientazo de vigor y apasionamiento que nos  cautiva y, sí, es poderoso y no menos agradable. Lo cierto es que se ha generalizado la idea de que amamos involuntariamente, ciegamente, inevitablemente e, incluso, afirmando que existe un amor a primera vista cuando en realidad el amor es una decisión, una actividad y un hecho netamente racional.

El hecho de que sea un acto racional y se le despoje de todos los elementos ilusorios que hemos internalizado a través de nuestro entorno, medios, cine, música o redes sociales, no lo hace menos intenso, ni mucho menos se trata de un acto frío o mecánico. Simplemente  es necesario identificar que todo cuanto suceda dará paso a la persona real, quizá una no tan próxima al ideal construido e internalizado como “el hombre correcto” o “la mujer correcta” que se nos acostumbró a visualizar y con la cual empatizamos desde que fuimos creciendo. Es fácil conectar con una imagen falseada, con la perfección, la pose y lo más próximo al cuento de hadas, es decir, las ideas más extendidas y alimentadas sobre el amor.

Partir de lo estereotipado o de lo que deben ser rasgos inalterables que obligadamente deben aparecer en un hombre o una mujer, es algo que niega al ser, a la persona. Acaba  con la posibilidad de realmente conocerla, y cuando llega a suceder, aparece el conflicto entre la persona real y la persona idealizada, porque la endeble fachada con la que el enamoramiento nos enmascara, se va desvaneciendo irremediablemente y nos sentimos como víctimas de un fraude y esa sensación muchas veces es mutua.

 

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Tras haber transitado por el aluvión químico y reconfortante del enamoramiento, comenzamos realmente a ver a la otra persona tal cual es, más allá del enganche repentino y la colisión neurótica, en los que experimentamos esa fuerte necesidad de estar con esa persona, e incluso negarnos para dar paso a una compañía que goza de carácter  exclusivo. Esto muchas veces nos coloca  en un estado de vulnerabilidad emocional o psicológica porque puede llevar a negar fallos, no querer verlos o restar importancia a las claras señales de que no la estamos pasando bien. Nuestra fisiología se ve afectada, nuestro cerebro ante esto suele recurrir a los mecanismos defensivos: Negar la realidad, buscar excusas, minimizar los hechos, poner la relación por encima de nuestro bienestar o satisfacer demandas contra nuestra voluntad. Nada de eso es amor, sino los efectos de perniciosos planteamientos con los cuales se ha pretendido definir al amor.

Cuando el ciclo del enamoramiento llega a su fin, creemos que las claras señales de frialdad, apatía, desinterés, intolerancia o distanciamiento son por “falta de amor”, es decir, culpamos al amor de algo que no tiene que ver con él. El amor es una construcción que se encuentra en el lado opuesto a la ilusión, por lo tanto, tiende a crecer y fortalecerse en la medida que conocemos y aceptamos a la otra persona, cuidamos de manera recíproca, construimos libertades, compañía, crecimiento mutuo y no perdemos de vista los derroteros personales dentro de un proyecto común.

El amor no es ciego, ni un “instinto que nos obliga a amar a la persona equivocada”. Eso de ir por cualquier ruta afectiva completamente cegados o cegadas no tiene por qué tener buen pronóstico y menos cuando se trata de relaciones. Imaginen transitar por un camino que desconocemos con los ojos vendados.  Así de peligroso es el asunto.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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