El cine no es un arte que filma la vida,
el cine está entre el arte y la vida”.
“Una historia debería tener un principio,
un medio y un final, pero no necesariamente
en ese orden”.
“El verdadero cine era aquel que no podía
verse… el cine que habíamos soñado”.
Jean Luc Godard
Continuamos nuestra mágica travesía por el cine haciendo referencia a algunas de las tantas anécdotas y aprendizajes que nos ha deparado nuestro transitar por este arte de soñar con los ojos bien abiertos, tan cercano a la poesía, tema que nos atreveremos a tocar a grandes trazos en nuestro vuelo rasante por este raro oficio.
Entonces entrecierro los ojos y dejo que un torrente de imágenes pase velozmente por mi mente, mientras trato de atraparlas con la mirada, que me traslada de un solo tirón a la conversa con mi amigo José Isaac y su paso, al igual que muchos cinéfilos anónimos, por la casa de habitación de Diego Rísquez (Juan Griego, Isla de Margarita, 1949-Caracas, 2018), hace ya muchos crepúsculos. Suponemos que en algunas de esas osadas visitas nuestro amigo tuvo el privilegio de presenciar algún rodaje de las primeras películas del cineasta en formato Súper 8.

Según Oscar Lucien, también cineasta y amigo del personaje, “Diego Rísquez hacía de su casa un escenario para su vida, porque en su casa, en esa habitación, se rodaron escenas de muchas películas. Del propio Rísquez y de otros realizadores. “En ese cuarto”, especifica Pedro Mezquita, productor ejecutivo de varias cintas risqueanas, “tal como está en la foto (que engalana nuestra reseña), se rodó parte de su película Miranda. Él mismo la decoró”.
“En su jardín y en el salón principal, que le habían tocado a la mamá”, dice Pedro Mezquita, “se filmó la mitad del cine venezolano. No hay que olvidar que Diego Rísquez era no solo director de sus películas y actor, sino también director de arte, director de fotografía y promotor…era capaz de estar varios días trabajando para producir 20 segundos de belleza”, cuestión que nos permite corroborar lo dicho por nuestro amigo en cuanto a la utilización de su casa como set de cine.
Otra anécdota que deseamos compartir en esta ronda acerca del cine en la poesía y viceversa, está relacionada con Jesús Enrique Guédez (Puerto de Nutrias, Barinas, 1930- Caracas 2007), pionero del cine documental comprometido, poeta, periodista y primer presidente de la ANAC, quien realizó un cortometraje de varios minutos, en la década de los 80, sobre el recordado escultor Daniel Herrera, poeta de las piedras y amigo, fundador de la escuela de tallistas de la madera y la piedra en Aguas Calientes.

Entre su vasta filmografía podemos nombrar también La ciudad que nos ve (1965), Bárbaro Rivas (1967) y Pueblo de lata (1973), entre otras. Recordamos que durante la proyección de Pueblo de lata en un sindicato de Guacara, tuvimos que recoger apresuradamente el telón y el proyector de 16 mm debido a la súbita aparición de la Disip adeco-copeyana, amenazándonos con decomisar los aparatos y detenernos. Cuestión que ocurrió también durante la proyección de otros documentales de cine latinoamericano, como el referido a la matanza de miles de mineros chilenos del salitre ocurrida en 1907, llevada al gran formato por Claudio Sapiaín, titulada Escuela de Santa María de Iquique (1970), con banda sonora de Quilapayún, galardonada con Primer Premio en el Festival Internacional de Cine de Oberhausen, Francia, 1970. Entonces el cine latinoamericano, repetimos, era catalogado de subversivo o “ñángara”.

En esta travesía seguimos con La empresa perdona un momento de locura (1978), de Mauricio Walerstein, basada en guión de Rodolfo Santana, y contando con la participación de Simón Díaz, Eva Mondolfi, Arturo Calderón y Asdrúbal Meléndez, entre otros excelentes artistas. Otra película que vale la pena citar es El pez que fuma, de Román Chalbaud, de altísima calidad y récord de taquilla, además de haber sido galardonada en importantes festivales internacionales, por tanto merecedora de comentarios aparte en nuestra próxima entrega.
En este vuelo rasante tampoco podíamos dejar de mencionar nuestra pasantía por algunos cines comerciales de Maracay, llámense Capcimide y Roxy, donde trabajamos proyectando infinidad de veces películas venezolanas como la inolvidable Simplicio (1977), de Franco Rubartelli, que marcó nuestro debut como proyectistas.

También recordamos, con un dejo de nostalgi,a nuestra asistencia regular, los fines de semana, al Cine Arte Patio Trigal en Valencia, con el profesor Daniel Labarca al frente, pendiente de obsequiarnos lo mejor del cine de arte internacional y extasiándonos con obras como Yo te saludo María (1984) de Jean Luc Godard (París, 1930-Suiza 2022), película que generó controversia y escandalizó hasta al Papa Juan Pablo II, desatando la ira de la ultraderecha española, al extremo de desembocar en el intento de incendio de los cines Alphaville donde se exhibía.
En el film “María es una estudiante que juega al baloncesto, y José es un taxista que no termina de creerse el milagro y pide tocar y ver ese cuerpo que imagina que ha tocado y visto otro hombre”. Una escena que particularmente nos impactó por el uso de material bíblico es la Anunciación, protagonizada por un irascible Ángel Gabriel en una gasolinera, lo que nos proporciona un hilo narrativo reconocible relacionado con uno de los capítulos del Evangelio. Así este realizador logra hacer una versión muy libre del relato bíblico, llegando al extremo de incluir escenas de María desnuda. Todo esto acompañado de sus habituales chistes metalingüísticos o escatológicos, tan propios de Godard, uno de nuestros realizadores predilectos y con quien nos identificamos más.

Sirvan las siguientes palabras para hacernos una idea más clara acerca de este cineasta tan genial y controvertido:

“Sus personajes son a menudo solitarios, rebeldes, desencantados, contestatarios, anarquistas, atormentados y perdedores. Van a contracorriente. Son antihéroes y outsiders, como dicen los anglosajones. La vida de Godard fue mucho más que una vida dedicada al cine; fue una vida cinematográfica: sus filmes y escritos son una prolongación, extensión o continuación de su propia vida. Toda la complejidad y ambigüedad de su vida se ve expuesta en su cine de autor, que resulta inigualable (…) Godard no estaba hecho para complacer al espectador. Ni a los productores y críticos. Ni a sus colegas. Ni a sus compañeros de la Nueva Ola francesa. Ni a toda la industria cinematográfica. Ni tampoco a los jóvenes rebeldes de los maravillosos años sesenta. Estaba hecho para decepcionarlos a todos. Y para hacer que pensaran sobre el sentido del cine y de la vida. Que para él eran lo mismo”… según ensayo de Jaime Flórez Meza en Jean Luc Godard: El cineasta que reinventó el cine (2022).
A lo anterior agregamos que la influencia de Godard en grandes realizadores es harto evidente. Ha servido de inspiración a reconocidos cineastas como Martin Scorsese, Pier Paolo Pasolini, Wim Wenders, Steven Spielberg, Quentin Tarantino, Robert Altman, Bernardo Bertolucci, Ridley Scott, Francis Ford Coppola… quienes lo han tenido junto con la nouvelle vague o Nueva Ola de los 50, de la cual fue su fundador, como referencia.
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Finalizamos esta travesía tal como comenzamos, es decir, marcando la estrecha relación que desde siempre han tenido el cine y la poesía, lo que nos permite traer a colación algunos filmes donde la poesía y los poetas son protagonistas, según la revista de cine de la Fundación Cinemateca Nacional en su Nro.285:

Esplendor en la hierba (1961) de Elia Kazan, en la que su título es una frase de un verso de William Wordsworth que reza: “Nada nos devolverá los días del esplendor sobre la hierba, pero nos recordaremos y fortaleza hallaremos en lo que nos queda”. La casa de agua (1983), de Jacobo Penzo; El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela; Primavera, verano, otoño, invierno…y otra vez primavera” de Kim Ki-duk (2003); y El cartero (1994), de Michael Radford, inspirada en la novela Ardiente paciencia de Antonio Skármeta, donde su autor narra el transitar de Pablo Neruda por una isla italiana en los años 50, exiliado de su Chile natal debido a sus ideas comunistas, todos proyectados en 2015 en la muestra realizada en el marco del XII Festival Mundial de Poesía, en la que se hacen presentes:
“El verso que da nombre e iluminación a un filme; la ficción cinematográfica que cuenta la vida de un poeta; una película que se inspira en poemas dichos por poetas en la película también poética; el poeta cuya poesía y cuyo fragmento de vida origina una obra literaria que muta en obra cinematográfica; la película que simplemente es un poema; el documental que da cuenta de la vida de un movimiento de poetas no tan solo en la palabra”…
(Continuará). ¡Salud, Poetas!
***
Mohamed Abí Hassan (El Tigre, 1956). Poeta, artista visual y editor independiente. Licenciado en Educación, Mención Artes Plásticas (cum laude), por la Universidad de Carabobo (UC). Ha ejercido la docencia en la UC y en la Universidad Arturo Michelena. Ha sido colaborador en las revistas Poesía y La Tuna de Oro (UC). Primer Premio II Bienal de Literatura Gustavo Pereira, Mención Poesía 2013; Primer Premio IV Bienal de Literatura José Vicente Abreu, Mención Poesía 2016; Primer Premio Concurso Nacional del II Festival 3.0 de Historias Comunales Ramón Tovar (2022).
Formó parte de la Comisión Rectoral del Encuentro Internacional de Poesía de la UC. Coordinó el Taller de Formación de Cronistas Comunales en Mariara, estado Carabobo, auspiciado por el Minci, la Revista Nacional de Cultura y el Centro Nacional de Historia. Actualmente se desempeña como facilitador de talleres de iniciación en la creación literaria, así como talleres sobre patrimonio histórico.
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