Divagaciones: «Las ollas» por Arnaldo Jiménez

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Las ollas no pueden ser comprendidas en su infinitud si no se vinculan a la permanencia de los elementos primordiales. Solo el aire entra y escapa de sus predios circulares como no puede hacerlo de las paredes que tiene la olla del planeta. Quizás la sed dio origen a las ollas, cuando algún ser primigenio en su doblez de espina dorsal se agachó y convirtió sus manos en vasijas para beber el espejo líquido desde donde se miraba.

La multiplicación de las ollas no es un hecho tan milagroso como la de los panes, pero ellas son objetos mucho más religiosos que esas hostias con forma de peces muertos. Las ollas padecen nuestras tragedias de salarios desaparecidos, esperan por recibir el esfuerzo y poner a hervir el cansancio. ¿No son sus cuerpos volteados “boca abajo” la expresión más certera de la pobreza? Quizás no he estado refiriéndome a otro tipo de ollas que a las que circulan en las casas pobres, pues mi experiencia impone un límite a mi reflexión. Las ollas de los pobres ennegrecen buscando los sitios que aseguren la ejecución de las recetas. Danzan hacia sitios en los que no se les esperaba; muchas sirven de juguetes para los niños; otras van a parar al patio y fungen de materos.

Pero la verdadera olla es nuestro cuerpo donde el hambre se vacía. Trajinamos labores, llenándonos de sustancias que al saturarse nos arrastran hacia el piso. El poeta chileno-venezolano Sergio Quitral, en un hermoso poema titulado Pobreza, afirma que las ollas están resplandeciendo por dentro de nosotros, tranquilas allí donde el alma mantiene la mansedumbre de la llama de la vida. Las ollas reflejan nuestra condición social, casi nunca el espíritu se cuece en marmitas, aunque es imposible desligar las circunstancias de vida con la forma que el espíritu adquiere al verterse en ellas.

Tanto en la clase media como en la alta, las ollas son más objetos de lujos que de vínculos en la convocación de las mesas. Uno las ve con las comidas por dentro a punto de vomitar, la quietud de sus rostros guarda la separación que se intercala entre los habitantes de esos hogares. Son cazuelas siempre frías, infernalmente heladas, ollas que desean las manos de las sirvientas para sentirse vivas. Ollas de catálogos que siempre rechinan sus precios, nunca destinadas a guardar un recuerdo, a permanecer viajando del fregador a la alacena, de la alacena a las hornillas y envejecer con esa dignidad de uso. No son más que abuelos desechables, padres que al perder su valor de uso comienzan a no ser atractivos para los hijos y el desprecio empieza a camuflarse en caricias externas: se les pasa duro la esponja, se busca mucho desinfectante, se traza el vaivén de la limpieza como buscando una piel más lisa, más independiente de otras manos.

Las ollas tienen en la sociedad actual la misma importancia que el agua. Nada puede edificarse sin que en su proceso intervenga el agua en una mezcla de elementos que terminaran siendo un centro comercial, una urbanización… Las ollas, sin embargo, fueron las que en silencio mantuvieron vivas las fuerzas de los obreros, vasijas para esa alquimia con dolores e injusticias. El cuerpo es la olla primigenia donde se mezcla el caldo de dios y del diablo.

Es preciso que las ollas estén vacías, el vacío es su verdadera materialidad, solo lo que se vacía se puede llenar, solo lo que se llena se puede volver a llenar, como el alma, los sueños, las ambiciones, los deseos.

Las ollas nos esperan después de largas jornadas, después de tediosos viajes, allí puestas sobre las hornillas, levantamos sus tapas esperando encontrar el milagro de una comida, soltar al aire el humo de una comprensión que se hizo sapidez. Las ollas son la continuidad de las madres y las esposas, el maquillaje externo de las mujeres. La caricia tácita de los hombres.

Es cierto que las mujeres tienen tiempo luchando contra las ollas, pues éstas se han convertido en el símbolo de una domesticación impuesta por la sociedad patriarcal. Cuando las madres, las esposas, no usan casi las ollas, es porque han logrado escalar alguna posición económica que supone un tipo de liberación, o han ocupado un puesto laboral que hasta hace poco tiempo era exclusividad de los hombres. Sin embargo, lo que muchas no logran ver, es que salen de unas ollas para entrar en otras. La organización social y económica sigue siendo patriarcal y machista. Los puestos que ellas abandonan en las cocinas no son ocupados jamás por sirvientes masculinos; en cambio, las ocupaciones externas al hogar han traído como consecuencia una mayor explotación de la fuerza de trabajo femenina; el patriarca montó la olla y ellas cayeron, allí beben la ilusión inacabable de la liberación otorgada por la publicidad y los medios de comunicación.

Pero ¿cómo negar que las mujeres están conscientes de la manipulación antes expuesta y procuran que en ese camino los hombres vayan cayendo en las ollas de sus propios venenos? ¿No fue así como las mujeres se vengaron de los hombres en la Europa medieval hasta el punto de configurar en el imaginario masculino las figuras de las brujas (las que eran abandonadas por los esposos y tenían que huir a los bosques en busca de sitios donde poder vivir, y desde esos sitios les enviaban comidas envenenadas a sus verdugos) y de la otra; esa que casi nunca le cocina al amante?

 

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Toda la tierra cabe en las ollas, a ellas van a parar los frutos del bien, los sacrificios de los animales, nuestras hostias diarias. Es casi imposible que una olla sea usada como arma, aunque sí ha sido un instrumento de protesta por parte de los pobres; también puede albergar, como ya dije, el cocimiento de un veneno o la purificación del mal como en los cuentos de hadas; pero esto es muy extraño que suceda, lo común es la continuidad conyugal entre las ollas y el fuego, las ollas y el agua, las ollas y la tierra para seguir manteniendo viva en nosotros la mezcla del origen.

El mundo se cierra en las ollas, urnas redondas de nuestras sustancias, eternas fabricadoras de nubes. ¿Tienen fondo las ollas? Estoy seguro de que las ollas no terminan, son como el mar, esa olla llena de un caldo eterno rebosado de seres vivos. Los días se meten en ellas y la profundizan hacia el siempre.

Las ollas, aun estando lejos de las hornillas, cocinan algo, algo seduce en sus quietudes, en sus manchas de uso, es sus golpeados costados como divinos esqueletos. ¿Alguien ha escuchado la música de las ollas? Suenan sus huesos por las noches, dilatados del calor que recibieron durante el día, escondidas en las alacenas a veces salen de allí para acompañarnos la soledad o atrapar las goteras de Dios, y así podemos escuchar cómo disminuye este llanto y termina siendo un canto que hierve en sentido contrario. Como el sonido de un amor que se cocina a fuego lento dentro de la casa.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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