Con esta nueva entrega damos inicio a una serie de textos relacionados con personajes populares de Mariara, los cuales fueron publicados parcialmente en el libro Imagen y memoria de la aldea, en 2006.
Abrimos con el siguiente texto, cuya verdadera autoría aún se discute:
Si pudiera vivir nuevamente mi/ vida…/ En la próxima trataría de cometer/ más errores./ No intentaría ser tan perfecto, me /relajaría más./ Sería más tonto de lo que he sido,/ de hecho/ tomaría muy pocas cosas con/ seriedad./ Sería menos higiénico./ Correría más riesgos, haría más/ viajes, contemplaría/ más atardeceres, subiría más/ montañas, nadaría más ríos./ Iría a más lugares a donde nunca/ he ido, comería/ más helados y menos habas,/ tendría más problemas/ reales y menos imaginarios./ Yo fui una de esas personas que/ vivió sensata y prolíficamente/ cada minuto de su vida; claro que/ tuve momentos de alegría./ Pero si pudiera volver atrás/ trataría de tener/ solamente buenos momentos./ Por si no lo saben, de eso está/ hecha la vida, solo de momentos;/ no te pierdas el ahora./ Yo era uno de esos que nunca iban/ a ninguna parte sin termómetro,/ una bolsa de agua caliente, un/ paraguas y un paracaídas./ Si pudiera volver a vivir viajaría/ más liviano./ Si pudiera volver a vivir/ comenzaría a andar descalzo a/ principios/ de la primavera y seguiría así/ hasta concluir el otoño./ Daría más vueltas en calesita,/ contemplaría más amaneceres/ y jugaría con más niños, si tuviera/ otra vez la vida por delante./
Pero ya tengo 85 años… y sé que me estoy muriendo.
Jorge Luis Borges. Instantes

La masiva difusión de este polémico poema que, según la mayoría de los entendidos, no guarda relación con el estilo borgeano, ha contribuido a que sus lectores den como cierto que salió de la pluma del autor argentino. Fue publicado por vez primera en el libro Living, Loving & Learning de Leo Buscaglia, a comienzos de los 80. Años más tarde aparecería en la revista de psicología argentina, Uno Mismo.
María Kodama, la también polémica escritora y compañera de Borges, entonces pidió que se corrigiera el error de la revista al encontrar a la verdadera autora, la escritora estadounidense Nadine Stair, pero esa corrección no se hizo sino ocho años después. Aun así, Instantes, sigue siendo atribuido erróneamente al grande literato.
Lo cierto o incierto del caso es que Instantes vendría a ser un poema con cuatro autores o más, porque además de Borges, Nadine Stair, Ron Herold, escritor humorístico colaborador en la revista Reader`s Digest, y el incondicional público lector de Borges, hay todo un sinnúmero de versiones, traductores e interpretaciones del famoso y paradójico escrito circulando hace muchos años por todos los medios.
No obstante, muy a pesar de toda esa apropiación y desapropiación, podríamos afirmar que el referido texto, calificado de cursi por algunos y magnificado por otros, encaja muy bien en la filosofía de vida del personaje que nos convoca a iniciar esta bizarra travesía.
El deseo del apócrifo autor que, en las postrimerías de su vida decide, de ser posible, ser más osado de lo que fue, podríamos materializarlo en el singular personaje que nos mueve a esta quijotada, cuyo nombre es José Isaac, poeta que no escribe poesía, o en todo caso nos la transmite con su contagioso verbo mediante palabras en blanco para invisibles lectores.
Desafiando las señales del tiempo, cargado de nubarrones, caminando rumbo a casa de mi amigo, la mañana de un domingo del “mes más cruel”. Creo que no me sorprendería si me topara en el desolado y empedrado camino con alguno de los protagonistas de El Topo (1970), filme del cineasta, escritor y artista chileno, Alejandro Jodorowsky (1929), donde un pistolero errante vestido de negro al que llaman Topo vaga junto a una mujer llamada Mara, en un desierto desconocido, en el cual se embarca en una suerte de versión de Sodoma y Gomorra en el Viejo Oeste, para enfrentarse a una banda de fetichistas que mantiene asolada a una congregación franciscana. De esta forma Jodorowsky logra construir una muy bien lograda metáfora sobre el sentido de la vida.
Sigo cuesta arriba y una pareja de adolescentes me saca de tantas cavilaciones. Ensayan un prolongado beso con el que logran desafiar, sin proponérselo, la mirada atenta de los transeúntes. Siento que están como poseídos por la magia del instante. Unas cuadras después, a ambos lados de la acera, las promesas populistas de ciertos partidos cuelgan de los postes del alumbrado, como cuellos cortados.
Más arriba, al final del empinado y tortuoso camino, un grafiti se asoma en una inmensa pared ocupando toda nuestra atención. Sentenciosamente anuncia la venida del Mesías:
Cristo Viene… Y Viene Arrecho! Seguimos nuestro trajinar y terminamos por darle la razón al anónimo muralista, posible discípulo del artista estadounidense, de ascendencia haitiana y puertorriqueña, Jean Michel Basquiat.

Isaac vive en lo alto de una colina, desde la cual podemos percibir toda una panorámica del paisaje. La brisa de este mágico lugar parece que estuviese impregnada por los versos de Whitman. Su casa es un anticuario donde cabe perfectamente su fantástico mundo. Aquí lo cotidiano se convierte en ensueño. Hay una atmósfera cargada de melancolía que todo lo envuelve, que se cuela por los resquicios hasta hundirse en el alma. Uno tiene la sensación de haber estado antes en este lugar conversando con el excéntrico personaje y contemplando la colosal montaña que se levanta frente a nuestra vista, con su espléndida puesta de sol que delata la metafísica del entorno.
Nuestro amigo nos invita a su improvisado Taller-refugio al aire libre. Allí nos encontramos con un gran baúl que denota su marcado fetichismo: numerosos zapatos de diferentes medidas con sus respectivas hormas, clavos, martillos, restos de metales oxidados, lienzos, afiches, libros de arte y poesía, periódicos, discos, CD, restos de sillas de hierro con butacas desarmables para armar a nuestro gusto, donde apartamos todo y nos sentamos a conversar.
Isaac comienza por mostrarnos una acuarela de autor desconocido, que guarda celosamente en su surrealista baúl.
Luego nos recuerda con insistencia a un amigo de la adolescencia, durante su época bohemia en Caracas. Se refiere a Andrés Boulton:
“Yo iba al Museo de Bellas Artes y veía un tráiler de madera con muchos perros, cuestión que despertó mi curiosidad y me animó a conocer la persona que vivía allí. Tan solo tenía 14 años cuando comencé a visitar al extraño personaje.

Después entablamos cierta amistad. Una vez le pregunté por qué vivía así y nos fuimos conversando por el parque “Los Caobos”. Él tenía una revista ecológica y también publicó un libro que fue censurado por los gobernantes de turno. Me refiero a El Orgasmo de Dios (1969). Después, nunca más supe de él”.
“Cuando yo tenía siete años cursé la primaria en la misma escuela donde estudiaron los hijos de Aníbal Nazoa. A veces me escapaba del salón de clases y la maestra preguntaba:
`¿Muchachos, dónde está José Isaac?` Entonces, mis compañeros le respondían, bromeando: `Maestra, José Isaac está comiendo tréboles en los jardines”. (Risas).
“Cuando los niños del barrio vienen a visitarme al taller preguntan mi edad y les digo que tengo 400 años. Los muy listos no entienden e insisten. Entonces les respondo que tengo 500 años y quedan conformes”.
“Ya en la adolescencia conocí al poeta Aquiles Nazoa, a músicos como Gerry Weil, al guitarrista de Los Memphis, Pablo Manavello, y a los escritores José Balza, Humberto Mata y al director de teatro, Carlos Giménez. Me hice amigo de Arístides Bastidas, el de “La Ciencia Amena” y lo iba a visitar a “El Nacional”, y durante mis atrevidas visitas al cineasta Diego Rísquez, tuve la oportunidad de presenciar la filmación de algunos de sus cortos silentes en Super 8 en el patio de su casa en el Country Club (con los que participó en el Festival de Cannes en Francia, en la década de los 80)…”

“Cuando estrenaron la película, Yellow Submarine de los Beatles, vivía en Chacao. Yo era muy curioso, tenía el pelo largo y andaba con mi guitarra al hombro, recorriendo los eventos culturales de la ciudad donde coincidía con todas esas lumbreras que te nombré”. Mientras nuestro amigo desglosa su rico anecdotario, al fondo suena una balada del cuarteto de Liverpool, y a poco nos animamos y comenzamos a tararearla y seguir el ritmo de la melodía con las manos y taconear el piso de su taller con los pies.
“Quiero tomar la foto de Frida Kahlo del libro que me prestaste para hacer una obra y rendirle mi modesto homenaje. Para mí ella era una artista del año tres mil. Tengo varias semanas estudiándola. La gente me pregunta qué tiene de especial ese libro. Les explico pero no entienden, tampoco mi novia. Ella me cocina un delicioso plato de sardinas a la plancha y se me pasa el enfado.” (Risas). Si me gano un Salón voy a terminar de convertir mi casa en un museo. Yo quiero que todos mis amigos expongan allí. Ese sería mi legado…”
Uno escucha sus ingeniosas anécdotas y no logra dilucidar cuál de todas las cosas que han sucedido en este día es la más surrealista: si la pintura de la Kahlo; las incumplidas promesas políticas de siempre, las personalidades que conoció o sus utópicos proyectos.

En el territorio espiritual de Isaac todo puede suceder. Arriba, a la altura de los árboles hay un pájaro de grandes alas que no cesa de trinar. A lo lejos sus compañeros hacen lo propio.
Abajo, suena una balada de Pink Floyd y todo se inunda de música, terrestre y cósmica. Nuestro amigo se integra a la improvisada orquesta. De pronto hace un alto y me saca de la magia del momento con una de las suyas: “Voy a obsequiarle a René este compac que me trajo mi hermana Elba de Nueva York; presiento que al escucharlo, mi amigo cambiará de mentalidad y liberará a los pájaros que tiene prisioneros en sus jaulas, porque esta música (de Pink Floyd) es aérea”.

Isaac es un poeta que crea mundos; él mismo es lo más parecido a un ser de otro mundo. Mira todas las cosas con el asombro de la primera vez. Cuando ocasionalmente baja de su “refugio” a recorrer las calles del pueblo, algo mágico sucede. Nadie escapa de su contagiosa alegría. A los enamorados les brinda algunos improvisados versos salidos de su desmesurada imaginación creadora, haciéndose acompañar de su guitarra.

Uno termina nombrando ciertos amigos y fantásticos lugares, seguramente para recobrarlos a través del poder evocador de las palabras. A estas alturas de nuestra conversa, este fiel discípulo de Baco se me confunde con el paisaje. No sé cuál de los dos es más real. Estoy compenetrado con el paisaje y el bizarro mundo de mi amigo. Al punto que imagino que Isaac es un árbol de Orore que conversa conmigo. Él me obsequia una mirada cómplice y sonríe suspicazmente. Tal vez pueda coincidir con mi ofuscada apreciación. Todo puede suceder en el mundo de José Isaac.
El poeta es el eterno adolescente con su rostro enmascarado por el acné, que disimula con la barba leonina y el pelo largo y ensortijado, ataviado a lo Alberto Durero o Van der Meer (mejor conocido como Vermeer), con grandes botas de piel.
No importa el paso de los años, la adolescencia es la edad ideal de los poetas y artistas.
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Mohamed Abí Hassan (El Tigre, 1956). Poeta, artista visual y editor independiente. Licenciado en Educación, Mención Artes Plásticas (cum laude), por la Universidad de Carabobo (UC). Ha ejercido la docencia en la UC y en la Universidad Arturo Michelena. Ha sido colaborador en las revistas Poesía y La Tuna de Oro (UC). Primer Premio II Bienal de Literatura Gustavo Pereira, Mención Poesía 2013; Primer Premio IV Bienal de Literatura José Vicente Abreu, Mención Poesía 2016; Primer Premio Concurso Nacional del II Festival 3.0 de Historias Comunales Ramón Tovar (2022).
Formó parte de la Comisión Rectoral del Encuentro Internacional de Poesía de la UC. Coordinó el Taller de Formación de Cronistas Comunales en Mariara, estado Carabobo, auspiciado por el Minci, la Revista Nacional de Cultura y el Centro Nacional de Historia. Actualmente se desempeña como facilitador de talleres de iniciación en la creación literaria, así como talleres sobre patrimonio histórico.
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