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Vielsi Arias Peraza autora de la columna Ciudad Escrita

El río que cruza a Esmeralda Torres… Toda muerte encierra en sí misma un sentido trágico; ésta siempre nos toma por sorpresa, pues pocas veces estamos listos para despedir a los que se aman.  Tema  que en la literatura venezolana ha sido trabajado por muchos poetas, desde el humor, el exilio o el extrañamiento.

Caso de  Caupolicán Ovalles en su libro Elegía en rojo a la muerte de Guatimocín, mi padre, alias El Globo, publicado en 1967, en el que con un humor muy venezolano nos presenta la muerte de su padre haciendo uso del sarcasmo como recurso para reconciliar los afectos del abuelo, el padre y el hijo.

Asimismo, el poeta Pepe Barroeta, en el texto Todos han muerto, publicado en 1971 y reeditado en 2007 en la antología de su obra Todos han muerto (poesía completa 1971-2006), poemario donde la muerte se muestra como un viaje a su lugar de origen.

De la misma manera que Juan Preciado, personaje de la novela Pedro Páramo, Barroeta regresa a Pampanito, su lugar de infancia, a constatar que todos han muerto. La muerte parece probar la defunción de todo, pero es también el regreso a la memoria de familiares, calles, lugares, donde se celebra la casa; hecho muy característico de la poesía venezolana,

Ya nos dijo el poeta Reynaldo Pérez Só que “la muerte tiene forma de vida a cambio de otra”, en tanto la muerte es tránsito del cuerpo, carne que se entrega a la tierra. La muerte es irrefutable, hace lo que le corresponde, no tiene día ni hora. Llega.

 

La noche de los tamarindos-Esmeralda Torres-libro

Tema del que nos habla el más reciente libro de la poeta venezolana Esmeralda Torres: “La noche de los Tamarindos”, texto galardonado con el Premio Nacional Ediciones Solar de Fundecem (2022), en el que la muerte sin hora prepara un banquete.

Dividido en dos partes: El diario de Macarea y Soy este río que me cruza, el poemario lo constituyen 36 textos donde la autora describe al lector las horas aciagas en las que parten una madre y una hija. Colocándonos en diálogo con tradiciones de la poesía venezolana que exaltan el lugar, así como creencias de la religiosidad popular.

 

Comencemos por su título. Se trata de un verso que rinde homenaje al poeta venezolano Vicente Gerbasi, tomado del libro Mi padre el inmigrante, largo texto en el que el poeta se despide de su tierra natal, Canoabo. Un pueblo de los Valles altos carabobeños, donde el poeta canta, celebra la aldea, sus calles, casas, y en una exaltación profunda evoca sus días en el lugar del que ahora se marcha.

 

La noche de los tamarindos-Esmeralda Torres-libro

Esmeralda Torres toma prestado el verso de Gerbasi para anunciar que en La noche de los tamarindos la madre se marcha de sí y abandona su memoria, prefiere el olvido ante lo siniestro.

En Venezuela, cuando alguien sufre por enfermedad, se tiene la creencia de que los muertos vienen por nosotros, los muertos escuchan y se lo llevan para liberarlo del sufrimiento.

Hecho que la autora recupera en el texto “Aceite de ceniza” para decirnos que un tercero ha visitado la casa. Ha “cruzado por el limbo y la ceniza” y aún “no sabe a cuál hermana va a escoltar en el descenso”.

Quien se queda también quiere partir. Una madre que delira en el limbo de su dolor y la única hija viva. La muerte deja a la madre como una perra herida. El llanto la reseca y por eso lame sus costras.

La perra ha perdido una hija y ahora es dueña de “todo el dolor del mundo”, ella lo guarda en un rincón y espera que el delirio la ayude a salir.

 

El libro de Esmeralda Torres también nos pone en diálogo con una tradición de la poesía venezolana y Latinoamérica escrita por mujeres, y aunque se ha dicho que la literatura es una, ciertamente las voces de las mujeres  dan cuenta de temáticas que solo podían ser escritas por ellas: el aborto, el desamor, el cuidado humano, lugar desde el que las mujeres han enunciado respuestas a sus propias búsquedas. Podemos nombrar, entre otras, a María Antonieta Flores, Luz Machado, Elizabeth Schön, poetas con las que Esmeralda, indudablemente, ha tejido una relación.

Queda expreso, claramente, cómo las faenas dolorosas se heredan. La abuela que calla, la madre que calla y las hijas que repiten. El cuidado de los enfermos es tarea de mujeres. Solo ellas se tragan la noche, sin ser sol, se encorvan. Hecho que podemos apreciar en el poema “Una mujer se traga la noche”:

 

Una mujer, como hoja seca se quiebra, se rompe
En medio de la nada que es su noche.

 

Y en los poemas “Hija del frío” y “Nacarid”:

 

como discípula novata y mal leída
Ve, no dudes en entrar a la noche.

 

 

Aprenderás a callar dijo abuela a madre
Aprenderás dijo la madre de ella
Y esto enseñarás a tus hijas.

 

Otro elemento del poemario de Esmeralda Torres es la imagen del río, la que nos pone en relación con la poesía venezolana que celebra el lugar, como es el caso de Ramón Palomares, Antonio Trujillo, Vicente Gerbasi, Enriqueta Arvelo Larriva y Ana Enriqueta Terán, cuyas poéticas están mirando un paisaje venezolano, la ruralidad venezolana, la memoria y la casa.

 

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La poeta acude al río para celebrar la memoria; en el río está la alegría de la infancia, las manos de mujeres que vivieron, mujeres que hacían oficios, quiere lavarse el dolor en el río que la cruza.

Finalmente la poeta nos adentra en un río donde ha de bañar el dolor. Junto a Palomares entra al río a ver “si pasa el llanto”.

 

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Vielsi Arias Peraza, Venezuela 1982. Poeta, docente, investigadora, columnista y promotora cultural. Ha publicado: Transeúnte (2005), Los Difuntos (2010), con el que obtuvo la mención honorífica en poesía del Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca; La Luna es mi pueblo (2012), Luto de los Árboles (2021) y Mandato de puertas (2022). Es miembro del Consejo de Redacción de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo, miembro de WPM, capítulo Venezuela, y miembro del equipo promotor de la Escuela Nacional de Poesía de Venezuela.

 

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