Divagaciones - Arnaldo Jiménez - Apuntes generales sobre la cultura

La oscurana se lleva por dentro, hay algo en el alma que apaga sus bombillos en un momento determinado. Los tristes siempre llevamos una mano puesta en la cadenita que enciende la lámpara. Es una condición de vida estar preparado para apagarse, pero eso no quiere decir que estemos dispuestos a dejar que el sentido común blasfeme y ofenda a la noche.

Empecemos por decir que la noche no es oscura. Ella posee su propia lumbre, no me estoy refiriendo solamente al deslizamiento de la luz azulada y argentina de la luna, con ello bastaría para que el azahar niegue la oscuridad en el brillo de sus hojas y el resplandor estrellado de sus flores; no solo por ello, la noche, en momentos donde la luna se ausenta, se carcome toda, o se la devoran los diablos y los ángeles, tiene su luz, su modo de resplandecer. Imposible que el mundo diurno sea igual al nocturno, este lleva por dentro la iluminación perdida de los insomnes, el calor de los asesinos, el desasosiego de los arrepentidos.

¿A dónde van a parar las hostias, el yo pecador, el ruego para que los ojos de Dios se posen en la tierra hacia la cual cerró sus párpados asimilando su presencia a la de la muerte?

La noche, con su modo de ocurrir, no puede ser comparada con la maldad ni con lo negro. Claros visos de una herencia racista y excluyente. Así como lo negro tampoco puede ser sinónimo de maldad o descomposición. Lo contrario, lo blanco, es lo que apesta. El hombre blanco que opera en los centros del poder es el único animal que huele a muerte en plena euforia de sus latidos, hiede a fosa en el momento mismo que hace circular la claridad de sus verdades. Ese hombre blanco que ha manipulado la historia para que solo lo refleje a él y, tal como sucede en los cuentos de hadas: el espejo de la historia responde según los deseos del que se mira en él. Esa luz que muestra las escenas del circo del poder, ese espejismo devorador de la materia humana y natural, es blanca en exceso. Es el desborde de lo blanco lo que hay que reducir, no la oscuridad, no la negritud que danza con sus luciérnagas el mundo de lo divino en lo terrestre.

Es curioso todo lo que ocurre cuando la luz eléctrica desaparece de las casas del mundo urbano. Por unos momentos las puertas se abren, se comprende la magnitud del daño que le hemos ocasionado al planeta al evidenciar el rigor del sol, su fiebre dejada en los objetos aún en horas nocturnas. También podemos medir con exactitud la distancia de incomunicación que existe entre los miembros de la familia.

Todos buscamos las sombras de los árboles que nos empeñamos en cortar y asesinar porque nos estorban sus hojas en el piso, en el jardín, porque abren las aceras o rompen las paredes. Ellos, los pocos que dejamos cerca, nos acogen con ternura de brisas y escuchan la cercanía de las voces. La luz eléctrica crea la distancia en la cercanía, nos transforma en continuidad de cable, seres de enchufe que de tanto llenarnos de voces ajenas terminamos acunando el silencio y la soledad.

Nos desesperamos, damos vuelta dentro de las casas, se nos nota la costumbre al progreso, el apego a los interruptores, miramos cómo los aparatos aprovechan para descansar de nosotros, de nuestras manos, de la manera que tenemos de envolver nuestros sucios con los electrones.

Algunos compran una “planta”, porque es imposible permanecer sudando por varias horas, sin saber las noticias del día, sin burlarnos del dolor ajeno, sin prender la computadora y navegar por el ciberespacio, sin calentar en el microondas la comida, sin despegarnos del próximo, es decir, de los hijos, de la madre, de los hermanos… Con la luz nos resguardamos, cada uno en su lugar, en su mudez, en su separación.

Los amores comprenden que la conversación entre ellos no pasa de los diagnósticos de los aparatos: ¿cuáles se están echando a perder?, ¿cuáles hay que cambiar, arreglar o proteger de las alzas de voltaje? ¿Cuál fue la última enfermedad que le dio al carro o a la moto? Saben, con una certeza que huele a despedida, que el televisor y el celular son las mediaciones entre los seres humanos, y los canales por cable son los nuevos diálogos silentes de los cuartos y las salas; hoy discutimos, nos ofendimos, dale me gusta, comparte. El tercero incluido en todo matrimonio.

Algo muy diferente es el fuego que reúne a los indígenas en torno a él, la llamarada que los convoca a contarse los sueños y a resucitar en la memoria del grupo. Entre nosotros hay momentos que tienden a convocarnos, el sancocho o la parrilla de familia; pero si en vez de acudir la alegría y la comunión, acude el diablo que el alcohol extrae de nuestras almas y la agresión y las infamias, las envidias y los rencores permanecen quietos en sus guaridas, todo saldría bien, el fuego habría cumplido con su papel milenario de atraer las miradas, de aproximar a los cuerpos con ternura.

Al finalizar la faena, bien en la cultura indígena o en la nuestra, las teas chamuscadas, los carbones disminuidos, quedan allí para que los alborotemos con una vara, lo que arde debe morir también, y para el ser humano es un inmenso placer jugar con las cenizas, contemplar la derrota de lo vital. Cuando somos niños lo experimentamos orinando los pequeños fuegos que alguna vez forjamos en el monte o en el patio de la casa. ¿Acaso no es fascinante ver las virutas de lo que una vez tuvo colores y consistencia cruzar el aire con sus danzas de muerte alegre y resistir las caídas golpeando las paredes de los edificios, aferrándose a las ramas de los árboles, ensuciándonos las ropas?

Cuando la luz eléctrica no se nos había metido por los ojos, las casas eran grandes hogueras, hornos de costumbres y de diálogos próximos a los ritos. Hace tiempo dejaron de serlo, ahora son espacios ventrílocuos, un cajón donde caben todas las voces del planeta, próximas al hastío. Es interesante, en aquellas casas–hornos, podíamos haber aprendido algo más sobre las maderas, su vinculación al pan y a los dioses. Podríamos haber escuchado en el sonido de sus quemaduras los cantos de los pájaros que alguna vez traspasaron sus sombras. Rafael Sánchez Ferlosio nos dice algo sobre la madera y el fuego a través de su personaje Alfanhuí (1970), veamos: “Alfanhuí conocía bien la leña. Sabía los maderos que daban llamas tristes y los que daban llamas alegres; los que hacían hogueras fuertes y oscuras, los que claras y bailarinas, los que dejaban rescoldos femeninos para calentar el sueño de los gatos, los que dejaban rescoldos viriles para el reposo de los perros de caza”. Párrafo profundo, sobre todo, al señalar la hoguera fuerte y oscura. Es otra la mirada que contempla a ese fuego, a esa madera, una mirada de vínculos que bucea en los objetos y los sabe llenos de espíritus.

Cuando la luz se ausenta de nuestras casas, nadie canta solo, nadie sale a ver las estrellas con los relámpagos constantes que la luz terrena opaca, allí suspendidas como si ya fuesen a caer sobre nosotros. ¿Quién se va a una esquina o a una acera cercana a conversar con su perro los lamentos del alma? ¿Quién aprovecha para que la abuela o la madre lo convierta en un ser con historia, con memoria oral y se curta con los cuentos de la familia?

Lo primero que la luz rompe son los hilos comunicantes de los hogares que son los cuentos de familia, esos cuentos además forman parte de la otra historia que aún no ha sido escrita. El adelanto nos limita, nos deforma, nos arrasa por dentro y por fuera. La oralidad no desaparece, solo cambian sus argumentos. Los guiones culturales que nos acercan no nos hablan, están diseñados para que hablemos de otros, otra historia, otra costumbre; están escritos para que salgamos de nosotros y mostremos la intensidad de nuestro apagamiento.

La rapidez de la electricidad está acabando con el uso de las velas, es más, a las velas las están elaborando con una sustancia que se consume con prontitud, la rapidez es nuestro signo. Cuando la luz eléctrica se detiene, las casas se adornan el pecho con la luz pacífica de las velas. Los objetos muestran otras sombras, unas que tiemblan al paso del aire, erosionando la mecha. Retornamos a siglos anteriores, no hay ningún adelanto, no existe ningún progreso. La vela nos sugiere pensamientos apacibles, como lo diría Gastón Bachelard. La mirada chisporrotea, los párpados imitan el cerrar y el abrir del mundo. Hay puertas en la noche que solo las velas pueden señalar. Uno se queda mirando su lenta desaparición y algo nos dice que la vida también es una mecha que se consume, que el cuerpo mismo es una vela que anda desapareciendo en la medida en que despierta y duerme, en que se enciende y se apaga.

 

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Son otras puertas, invisibles, puertas que no tienen nada que ver con los ahogados en alcohol, con los renuentes a recibir la misericordia. Las velas nos llevan a nosotros, las lámparas eléctricas nos sacan fuera de nosotros. Podemos abrir nuestra casa interior y ver cómo se ha ensuciado, ¿qué sitios merecen ser reparados?, ¿cuáles elementos de permanencia se han quedado sin el abrazo de un amor? Sin embargo, nada de esto pareciera alentar la contemplación de la noche, le huimos como si se tratase de una cuota adelantada de la muerte, enseguida cambiamos las velas por bombillos que usan pilas, lámparas nómadas que se colocan en los sitios donde vamos a permanecer esperando el retorno del ruido y las imágenes artificiales.

La oscuridad la lleva por dentro esta sociedad, injusta, con sus modos de establecer las relaciones sociales desde las falsas luces de los centros comerciales hasta el brillo de sufrimiento que tienen los ojos de los mendigos que se apostan en sus bordes. La distancia entre los seres humanos cada vez es más oscura, más muda, menos corporal. La imagen que nos determina como sociedad de lo oscuro son las minas, los subterráneos, moradas de seres a quienes se les ha ampliado y hundido el margen. Pero también los puentes, los basureros que hierven de contradicciones sociales y culturales. Hay niños que nacen y mueren dentro de las minas sin haber visto nunca la luz solar, interminables días de explotación para producir las marcas de la ceguera, de la idiotez del consumo, de nuestro consumo.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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