Existe toda una psicología del corte en el sencillo acto de pasar el filo de un cuchillo por una superficie. Cuando la calma dirige el corte, la armonía, el equilibrio en las partes tasajeadas es fácil de conseguir. Una estética de lo cortado seduce a la mirada y uno imagina el momento mismo del corte, cuando el filo se hunde y desaparece. Si la violencia es la que dirige a la tajadura, las cortadas muestran ese apresuramiento, están realizadas al azar de los embistes, las incisiones son asimétricas, sin finalidad, sin ningún destino que no sea la herida por la herida. El acto de herir es precedido por la libertad de cortar; no es lo mismo, el corte presupone una ética y una atención que no son provocadas por las pasiones violentas.
Sabemos que cada vez que abrimos una fruta hay una seducción de la pulpa que nos emociona, que nos llama con sus aromas y la belleza de sus colores. Los sentimientos de empatía entre los seres humanos y los frutos, evocan constantemente esta cualidad de lo que puede ser partido y devorado. Entonces el cuerpo del melón se asemeja al beso de la amada; la patilla es la carne en rojo vivo que invita al mordisco. Las nueces son pequeños cerebros, y las almendras, lágrimas endurecidas. El níspero debería ser la fruta prohibida en el paraíso, porque parece la intimidad femenina hecha dulce, abrirlo es quedar apresado en las preguntas, ¿cómo sabe?, ¿cómo será morderlo?, y por él acceder al conocimiento del mal.
Ser adulto, en nuestra cultura, es haber pasado por muchas prohibiciones, y la sexual es tan solo una de ellas. Pero también se educa para rechazar lo sucio, lo blando que rememora la manipulación de los excrementos; se educa contra los fluidos y los olores del cuerpo. Solo con la vejez se pierden esos tabús y volvemos a tomar en las manos las heces del origen.
En el principio fue el pezón materno, fruto hacia el cual vamos con todos los sentidos: lo apetecemos con la mirada cuando esa forma de botón carnoso brota como un milagro; también lo palpamos, saboreamos y, además, lo olemos. La leche materna constituye uno de los primeros placeres olfativos que se pierden para siempre, y con ella, casi todo el gusto por las cosas que despiden olores. Nos movemos con prudencia ante los hedores y fetideces. El olfato es el sentido que menos llega al objeto, lo capta a distancia, y en esa distancia intercalamos los rechazos y las aprobaciones, todas, de origen cultural.
¿Cómo llegar a la comprensión de lo que un cuchillo siente cuando las cosas lo invitan, lo incitan y lo provocan, si no es desarticulando la lógica del lenguaje, rompiéndolo para que haga aparecer el sentido que lleva oculto y se derrame? El lenguaje es la única herramienta que se hiere a sí misma, si no se derrama no sobrevive. Las cosas están hechas para ciertos acoplamientos, y el hombre armado de utensilios lo sabe. No es lo mismo una herramienta colocada en una gaveta que una colocada en una mano, la de la mano dejó de ser un pasivo ornamento de lo real. Las densidades de los objetos, sus texturas corrugadas o lisas, brillantes u opacas, carcomidas o desgastadas por el paso del tiempo, lo invitan a la acción.
Las obras del ser humano sobre los objetos (desde otros objetos), es en el fondo una imitación al tiempo y al animal: se desea desgastar, limar, romper, cortar, realizar tajos en los cuerpos, irlos modificando hasta que pierdan sus primeros rostros, sus primeras expresiones de orgullo. Se desea acelerar los desgarramientos, trabajar relaciones de venganza. Pero también se opera en sentido contrario, edificar civilizaciones, obras arquitectónicas, imperios que prevalezcan, que no sea cortados, separados del poder, se pretende encontrar lo no corruptible.
Los dientes son nuestras primeras armas, mantienen complicidades íntimas con las manos. El mordisco por hambre ya contiene todas las hambres que puedan padecerse después, y a todas será menester clavarle los dientes y destajar, asimilar el cuerpo apetecido. El cuchillo es un dedo más potente, el serrucho es una boca más dentada, capaz de realizar las dos funciones que le anteceden, la de los dientes y la del cuchillo. No nos imaginamos cortando un pan con serrucho, o una madera de samán con un cuchillo. Por eso dijimos líneas arriba que entre los seres humanos y las herramientas hay acoplamientos.
Ahora bien, ¿a qué hendidura de cuál objeto cortante se acoplan los insomnes y los suicidas, los amantes en la hora definitiva de sus separaciones?, ¿a cuál dios de los filos deben encomendar las cicatrices de sus almas? Lo más probable es que hayan sido cortados por sus propios silencios, las faltas de explicación a la repetición de un suceso. Sin embargo, no es el cuchillo metálico en la pose de la mano cerrada lo que nos hace imitar al animal —si bien es cierto que con ese objeto prolongamos una garra—; lo que nos acerca es el acto de marcar. Solo se marca lo que se posee, lo que puede llegar a ser o ya es una propiedad. En este sentido, Guilles Deleuze afirmaba que el animal también escribe, pues sus posturas en el acto de marcar trazan líneas, dibujan.
Todas las ciudades son trazos del ser humano sobre la tierra, una manera de afirmar una posesión. Pero estas marcas, regidas por nomenclaturas jurídicas, transformadas en mercancías por los anclajes económicos, han terminado por quedarse en la superficie y tienden a ser borradas de ellas. Para el filósofo francés dejar el territorio es quedar desterritorializado, si el sujeto luego vuelve a buscar otro, y lo posee, en el sentido animal del término, entonces el sujeto se reterritorializa. Nosotros pensamos que los grupos y los individuos sellan sus territorios no solo con sus presencias o con sus funciones bilógicas y culturales signadas por el intercambio simbólico del capital, si no con las ritualidades de las que sean capaces.
Podemos habitar un territorio y carecer de ritos para marcarlo, entonces estaríamos desrritualizados, lo contrario sería ritualizarse, o sea, conquistar un espacio de vida a través de ritos que estén cargados de afectos por el lugar, más allá del dinero.
Pero hay otros seres que resisten a la lentitud de algunos cortes, van por la vida buscando los mismos filos que una vez los hirieron. El primer corte marca y destina al sujeto. Por más desviaciones que crea realizar en su destino, por más esguinces ganados en las orientaciones de sus senderos, los cortes siempre suceden, salen de lo inesperado, y en cierto modo son inevitables. Lo que viene después es el cierre de esas heridas, los procesos de curas, los puntos, la sutura que se hace por encima de la herida y deja a la carne igualmente violada, penetrada. La herida va por dentro.
La piel marcada por heridas tiene diferentes maneras de ser mostrada. Los contextos sociales determinan el modo de cómo se luce o se oculta. El poder no quiere lucir heridas, desea mostrar una piel lisa, sin cicatrices que denoten un fracaso, piel defensiva recubierta con signos que provocan envidias, imitaciones. Pero de tanto ser cuchillo ávido de otras pieles, en el poder subsiste agazapado el deseo de ser cortado, de ser herido. En la misma medida en que genera más defensas, aumenta ese deseo de sentir que se le hiere o de herirse a sí mismo; en el fondo esta es la lógica de las provocaciones.
En la clase empobrecida, lucir la piel marcada tiene varias connotaciones. Los grupos que dominan sectores o se apropian de calles y barrios enteros, se marcan la piel de una determinada manera, son formas de reconocimiento; además generan diferentes tipos de ritos mortuorios, y esto es importante, porque buscan la manera de no morir oficialmente, y con ello afirman el territorio con los ritos de muerte. Para las personas externas a esos grupos, estas ritualidades serían negativas, pero igual hay un marcaje del lugar que denota el proceso de una conquista simbólica.
Las heridas recuerdan que los instantes no mueren del todo, pasan y dejan sus improntas, sus sellos. La pobreza ya es una herida, nunca lleva la piel lisa, se desenvuelve siempre en la cultura de la producción de cicatrices. Por eso el cuerpo procura taparse con agresiones, curarse con gritos defensivos. La riqueza es una provocación que corta y prohíbe el ataque.
Otras provocaciones son más sutiles; la belleza, por ejemplo, estimula a su deformación, incita a que se le pase un filo por su centro, se le corte en trozos y se le prepare en jugos exóticos, en salsas inverosímiles extraídas de ostras o aves silenciosas. Estoy usando una comparación, no del todo feliz, para afirmar que un cuadro, una escultura o una forma arquitectónica, por ejemplo, son tan hermosas, que lo que provoca es ir y romperlas. Unir la belleza al acto de comer, nos parece de lo más natural. Un bebé, casi recién nacido, provoca al observador actos caníbales evidenciados por expresiones como: provoca comérselo o que rico se ve… Las madres suelen morder a sus hijos en los pies e imitan a un animal que los devora. Podríamos afirmar, sin ninguna complicación filosófica, que los besos son actos sustitutos o sublimados de la violencia de los mordiscos.
Preparar una comida es ir cubriendo de especias y colores las heridas ocasionadas a los cadáveres que se degustarán. Allí los cuchillos vuelan a sus gustos, se intercambian los roles, saben que de ellos depende la posibilidad de la alimentación. Todas las integridades provocan ser cortadas. Los cuchillos rompen con firmeza los tallos del apio España, cortan en múltiples pedacitos las hojas del perejil y el cilantro. Los cortes del pimentón y la cebolla piden celeridad y precisión, y uno escucha los sonidos de las aberturas, porque cocinar es crear tonos musicales con los utensilios.
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Dejamos caer sobre los platos y las sartenes los filetes de las carnes elegidas. La belleza de cortar un cadáver aquí se satisface, el arte culinario descansa sobre los impulsos del sadismo. Los recubrimientos, sin embargo, no solo lo llevan los animales sacrificados para la ocasión, también lo lleva el comensal, tanto, que casi no hay conciencia directa de que son animales muertos lo que se está comiendo, y si en alguna ocasión notan la sangre bajar desde el cuerpo plateado del cuchillo, rechazan por momento seguir cocinando o comiendo.
Los aliños nos cubren a nosotros también, se nos han vuelto máscara de lo cazado. Pero hay operaciones inversas, todo cocinero lleva dentro de él un alma de cirujano, intenta realizar cortes que no dejen un mal aspecto en la carne, procuramos entonces ver la sangre, que la herida sea correspondida por la hemorragia correspondiente. Quizás la ausencia de la sangre en estos cadáveres ha dado origen a las salsas, estas simulan ser sangre sabrosa, sangre que, en vez de brotar, cae y cubre por fuera la palidez de su cuerpo, el arrase de los colores que la vida le había dado.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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