Tanto me he montado en busetas; tengo tantos años saltando de una a otra que he terminado amándolas; no concibo mi vida sin busetas; sería algo completamente inimaginable. En ellas sé que existo, que dudo hasta descartar a Descartes; que soy un ser humano con virtudes y miserias, en una buseta remuevo siempre mi condición de ser urbano, y esto no es poco decir, porque no todo humano es urbano al mismo tiempo. ¿Me criticas?
Quizás tú poseas un auto propio desde hace muchísimos años y también lo ames, y ya no concibas tu vida sin estar pendiente del carburador, de echar gasolina, de qué le ocurre al radiador, de conseguir las pastillas, limpiar los bornes de la batería; echarle liga de frenos; quizás no te puedas entender sin verte lavando tu auto, puliéndolo en el garaje, descuidando esposa e hijos porque al auto hay que hacerle servicio y conseguirle cauchos nuevos; quizás ya no te sea posible entender cómo es la existencia dentro de las busetas, ya que tendrías que vivir esta maravillosa experiencia; esto lo acepto, es comprensible, estaríamos hablando en iguales términos, pero en espacios diferentes.
Una buseta es una de las cosas más extraordinarias que usamos en el tercer mundo; pero déjame explicarte algo, ya que puede prestarse a confusión: en países desarrollados, obviamente, también existe este transporte público; no es el objeto en sí mismo, es el contexto social y cultural en el cual ese objeto se mueve. No importa si tú tienes relaciones incómodas con las busetas o, al igual que yo, sientes un profundo respeto y admiración, hasta casi ternura y mucho agradecimiento por sus presencias en nuestra vida cotidiana; no importa, este artículo, estoy seguro, es para ti.
Importancia de las busetas
Es cierto, no exagero para nada: no puedo entender mis días si elimino de ellos a la buseta. Suponiendo que las he estado usando desde los diez años –por supuesto que esto es falso, mi madre, estoy seguro, también anduvo conmigo para arriba y para abajo montada en buses, camioneticas o busetas; no solo en rutas interurbanas, también extraurbanas–; solo quiero tomar un año al azar para calcular cuantas busetas he tomado en cuarenta y siete años: a promedio de seis diarias, esto se multiplica por treinta, este resultado por 365 y lo que arroje se multiplica por cuarenta y siete; lo cual resulta finalmente: 37. 054. 800; es decir 40.000.000 de busetas, unas más, unas menos. ¿Puedes tener una idea de lo importantes que son?
Por las busetas realizamos visitas, compramos mercancías, vamos a centros hospitalarios, barberías, peluquerías, liceos, universidades, escuelas; la vida entera cabe en ellas, sin duda alguna. Cuántos chistes no hemos oído rodando de un lado a otro, y tristezas, tragedias, las impertinencias de los borrachos; pregoneros, charleros, vendedores ambulantes. Cuántas discusiones no hemos presenciado, y cortejos amorosos, pleitos entre esposos y traiciones, acciones de desprendimiento, de bondad casi absoluta.
Cuántos choferes no se han convertido en personajes famosos en sus comunidades porque hablan mucho, cantan, tienen dichos, visten y gesticulan de manera muy particular o tienen una buseta pintada de una determinada manera, con los nombres de los hijos por fuera, o dedicada a padres muertos o a mujeres vivitas y coleando; de tal modo que los pasajeros decimos: ¿Ya pasó El Gavilán?; El Morocho anda para arriba; o El Diez está dando la vuelta, Daniel el Travieso acaba de pasar, ¿Mi Pequeña Ana no trabajó hoy?; etc.
En busetas he conocido a varios de mis grandes amores, ya perdidos por supuesto; a no pocos amigos y, además, muchos de mis mejores cuentos, si es que hay alguno que merezca ser considerado así. En la buseta vuela la oralidad, con sus costumbres, refranes, giros del habla, dichos, música, palabras inventadas. Una vez me monté en una buseta de una de las rutas del municipio Mora, que me conduciría hasta la casa de un amor inolvidable, apenas me senté, una señora que venía en el puesto inmediatamente posterior, le dijo a su acompañante: “Él entró al cuarto con el arma y así fue como quedó huérfano de hijo”. Ese cuento corto es inmodificable, desde mi modesto punto de vista. Es sencillamente una genialidad, pese a toda la tragedia que retrata.
A la mujer que fue mi esposa, la conocí, sobre todo, en los autobuses universitarios. Y es que, si tú quieres conocer un estado, un país por dentro; visita las plazas, los barrios y anda en las busetas, lo demás es ver los toros desde lejos, como si fuese una pantalla; al menos que también te leas a sus mejores novelistas ¿Acaso una de las diferencias más marcada entre los jóvenes de clase alta y los jóvenes de la clase baja (perdona el eufemismo) no radica en que los primeros nunca se han montado en una buseta y ven esto como un índice de decadencia? “De lo último”, dicen.
Por lo demás, todo es evitar, por parte de las mujeres que van paradas –muchas ni siquiera bien sujetas a los tubos y pasamanos–, que los hombres la rocen, se aprovechen de sus posiciones, de sus nalgas, de la estrechez de las busetas y, bueno, pare usted de contar… Cuántos perversos sexuales no se aprovechan de estas circunstancias de las cuales, muchos salen golpeados e insultados.
Recuerdo una vez que una señora muy pesada entró a la buseta y casi arrolló a una colegiala, la niña gritó y lloró; la señora no pidió disculpas, lo que hizo fue insultar a la niña. Yo defendí a la colegiala, la señora, como pudo, se arrimó hasta donde yo iba y me lanzó un golpe a la cara que los lentes salieron por la ventanilla. El chofer no dijo nada. La gente vociferó, reclamó; yo me mantuve en equilibrio; pero al pasar frente a una estación policial el chofer detuvo la buseta y la llevó a la fuerza. ¡Ja, ja, ja…! ¡Qué no hemos vivido en las busetas, esos hogares extraños y rodantes!
Las busetas y el tercer mundo
Es hora de ponernos serios. Si pudiéramos divisar al tercer mundo desde una perspectiva aérea, seguro que lo veríamos aglomerado, caótico, con un sinfín de personas hablando sin parar; muchos apareciendo en escena y muchos desapareciendo: es decir, lo veríamos como introducido en una buseta de transporte público. Pero esta descripción es insuficiente, una persona ajena a este universo no tendría, si quisiera conocerlo, una información concreta que al menos intente cubrir la mayor cantidad de detalles posibles para que pueda tener una idea más cercana, más cierta de lo que llamamos transporte público. Veamos si podemos allanar esta debilidad:
Si quieres entender qué es el subdesarrollo, no debes acudir a especulaciones como la que yo dije al empezar esta parte de mi artículo; solo debes fijarte en las busetas del transporte público y tratar de observarlas con nuestros acostumbrados lentes europeos. (Mi pana, disculpa, pero transporte público y busetas son palabras claves y debo clavarlas bien). Entiende algo, es difícil vernos a nosotros mismos; desde Europa, en cambio, nos ven con más nitidez, ya verás que mis comentarios coinciden con tu forma de pensar, ¿por algo será, no crees? En las busetas el tercer mundo se estaciona; no avanza, siempre observa delante un semáforo con luz roja; un aviso que dice: no avance, cero kilómetros.
Veamos: los choferes intentan mantener limpias las unidades cuando estas les pertenecen; si no es el caso, son indiferentes al mal trato de los pasajeros incluyéndolos a ellos mismos; es decir, el tercer mundo es sucio. Los asientos, por más letreros de prohibición que se coloquen en el interior de las busetas, son despedazados, se escribe y se dibuja –tanto obscenidades como mensajes políticos, homofóbicos o de amor– sobre ellos, se desarticulan… porque, el tercer mundo es violento, descuidado, perverso.
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Los pasajeros entran sin orden, agolpados en las puertas, asientos y pasillos; el tercer mundo es desorganizado. Casi siempre, en la ventana final de la buseta, se dibujan y se escriben motivos religiosos: gracias José Gregorio, Santo Niño de Atoche; María Lionza; en honor a Lino Valles o a Santa Bárbara; obvio, ya sabes en el tercer mundo somos brujos; por tanto, somos ignorantes.
Y no hablemos sobre los robos: somos ladrones, drogadictos, malandros. ¿Dime si lo descrito no es cierto? ¿Dime si no coincides con los calificativos que nos inducen desde el primer mundo? Si tu respuesta es afirmativa, ya sabes que tienes puesto los lentes europeos u occidentales, y ni siquiera te habías dado cuenta; si tu respuesta es negativa, ¡bravo!, andas en una onda de echarte colirio y de destruir los lentes antes dichos. Por mi parte, reitero mi agradecimiento a todos los choferes que han hecho de mi vida toda una aventura sobre ruedas y gritos de colectores. En la parada por favor.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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