Eran las seis de la tarde del 24 de junio del año 2026. Me hallaba en mi apartamento viendo una serie de televisión antigua, Los Winchester. Estaba reposando en el sofá con una buena taza de café. De repente, el suelo con todo lo que había dentro empezó a moverse. Salté para ponerme las chancletas y, a tientas, cogí el teléfono celular para poder comunicarme antes de que el edificio se cayera.
Al abrir la puerta, me encontré con los vecinos de al lado, quienes también intentaban salir, mientras gritaban: “¿Dónde están las llaves? ¡Apúrense!». Aseguré mi apartamento, cerré el agua y el gas, y al fin logré abrir la reja del pasillo. Los demás residentes iban bajando por las escaleras en un solo temblor y con los ojos desorbitados. Atrás de mí dejaba exclamaciones como: «¡Abre la puerta, coño!… ¡No puedo abrir!», u “¡Olvídate de eso, el que importa eres tú!». Y así fue por los cinco pisos hasta que llegué a planta baja.
DE LA MISMA AUTORA: UNA NOCHE EN QUE LA TIERRA RUGIÓ
No quise agarrar hacia el estacionamiento, porque a la hora de que esos edificios colapsaran quedaríamos tapiados, sin oportunidad para correr. Así que salí por la puerta de adelante buscando más opciones de escape. Al llegar a la calle seguía temblando, y aquello me pareció una eternidad. Luego supe que habían sido dos terremotos continuos: uno de 7.2 y el otro de 7.5, uno detrás del otro.

Al rato de llegar a la planta baja y una vez que el temblor cedió, me di cuenta de la belleza de atardecer que ese día Dios nos mostraba. Estaba teñido de rojo, y el contraste con las ramas de los árboles lo asemejaba a un paisaje oriental; pensé en Japón o China, que es donde he visto cielos parecidos.
En ese momento me quise comunicar con mis hijos, pero no tenía conexión de datos. Solo a través de los mensajes de texto logré avisarles del temblor y de que yo estaba bien. En Valencia y en Los Teques también se había sentido bastante fuerte, justo por los lados donde ellos viven. La alegría fue saber que estaban a salvo. Luego supe de la desgracia que había ocurrido en La Guaira y en otros estados.
La decisión de subir tardó hasta las nueve de la noche. Al llegar, encontré que el televisor de mi cuarto se había caído; en mis ganas de creer que estaba bien, porque no tenía la pantalla rota, lo encendí. Triste noticia: se había dañado. Por lo demás, todo estaba en su lugar. Esa noche la pasé con las puertas abiertas, al igual que los vecinos. Dormir fue imposible.

Los días siguientes fueron lo mismo porque hubo réplicas, leves pero igual las sentí. Aunque quería estar tranquila, por dentro de mi cuerpo era como tener cables de alta tensión en pleno caos. Uno de esos días, una amiga me fue a visitar; es uno de los ángeles que Dios puso en mi camino. Mientras conversábamos, el apartamento volvió a mecerse, no igual que la primera vez, pero sí lo bastante fuerte como para que ella me dijera: «¡Sentí que me agarraron las nalgas!», y decidimos bajar de inmediato. Ese día subí a las ocho de la noche, con el alma en vilo y una oración a flor de labios.
Me di cuenta de que hacía las cosas muy rápido, con un solo pensamiento: hacerlo antes de que temblara. Así fue esa noche y al día siguiente. En mi mente solo existía la orden de comer, bañarme, limpiar… antes de que comenzara a moverse el piso. Definitivamente había entrado en pánico y no tenía con quién compartirlo, porque mis amigas estaban en lo mismo, solventando lo que les dejó el terremoto; o mejor dicho, los dos terremotos.
El domingo 28, me encontraba desayunando apurada cuando oí una voz detrás de mí que me dijo: “¡Buenos días, señora Carmen!”. Pensé que era la vecina que me saludaba y volteé para responderle. Vaya sorpresa me di al ver que la que saludaba era mi hija. De mi pecho salió un grito: «¡Lilila, eres tú!», y corrí a abrirle. Nos abrazamos muy fuerte y me dijo: “Arregla tus cosas, que te vine a buscar”. Detrás de ella estaba mi hermoso nieto Gabriel.
—¡¿En serio, hija?! —le dije.
—Claro, mamá. Estás mejor con nosotros en estos momentos y así puedo saber que estás bien.
Casi me pongo a llorar; no porque no lo esperara de ella, sino porque fue una respuesta a todos esos padrenuestros que me despertaba rezando. Creo que oraba dormida, también.
Hoy estoy más tranquila. He podido dormir sin sobresaltos. Estoy clara de que esto no ha terminado, que la angustia de mi gente continúa. Que los milagros existen cada vez que rescatan a una persona, a un niño o a una mascota. Que estamos vulnerables pero también sé que no estamos solos. Muchos ángeles, nacionales e internacionales, han estado poniendo el hombro y dando la mano en este momento de tanta angustia a este hermoso pueblo que siempre ha velado por la humanidad.
Lo único que me resta es orar por todas esas víctimas que aún no han sido encontradas. Orar también por los socorristas que exponiendo sus vidas se adentran en eso escombros de lo que alguna vez fue una casa o un edificio, y orar por los familiares que perdieron familias, amigos, amores…
¡Dios con Venezuela por todo su extenso territorio!
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN/Fotos: CP













