Inicio Columnas Crónicas del Peatón Nuestra jauría fugitiva | Carmen Pacheco

Nuestra jauría fugitiva | Carmen Pacheco

Gabriel Eduardo Valles Morales-ilustrador-jauría

Hace años teníamos una compañía que ofrecía productos químicos para el cuidado de las piscinas. Como nuestro cliente más importante estaba en la Isla de Margarita, un día tomamos la decisión de mudarnos allí y alquilar un terreno en «Los Bagres».

Hubo días en que mi marido se iba de viaje fuera de la isla y yo me quedaba sola, así que optamos por adquirir unos perros para criar y, al mismo tiempo, vigilar el lugar. Conseguimos dos rottweiler con pedigrí: un macho y una hembra. No obstante, no era suficiente con estos, por lo que obtuvimos dos más.

Tuve la oportunidad de enseñarles lo básico: “No aceptar lo que los desconocidos les ofrecieran y seguir mis órdenes”. Entre camada y camada, llegamos a tener siete perros.

 

DE LA MISMA AUTORA: LA ESTACIÓN DE LA MEDIA NOCHE

 

Sin embargo, las cosas no nos salieron como habíamos planeado en términos de ventas, así que regresamos a la costa, a un sitio que nos conectaría con el centro y el norte del país: «Boca de Uchire».

Tomamos el ferry en Punta de Piedras y nuestros siete perros y ocho cachorros se quedaron en el camión, estacionado en la zona de embarque, junto a la mudanza. Cuando arribamos a Puerto La Cruz, antes de atracar, se escuchó por el altavoz: «Se les pide a los conductores que no bajen hasta que los dueños de unos perros, que andan corriendo entre los vehículos, puedan controlarlos».

Mi esposo y yo descendimos y observamos que nuestros perros dominaban la zona. Como estaban entrenados conseguí que volvieran al camión. En ese viaje fuimos los primeros en salir del ferry.

Durante el trayecto nos paramos y fui a comprar algo para comer. Mi esposo se quedó dormido y un ruido lo despertó. Pudo ver por el espejo retrovisor que alguien intentaba hacerse el gracioso con los perros, y el macho «Sultán», que era de malas pulgas, estuvo a punto de arrancarle la mano. Nos fuimos del lugar rápidamente para evitar problemas.

Arribamos al atardecer. La casa, de dos pisos y situada a ochenta metros del mar, era el paraíso terrenal.  Soltamos a los perros en el sitio, hicieron su reconocimiento y los alimentamos. A los cachorros los ubicamos en una habitación con sus barriguitas llenas.

Cuando al día siguiente me asomé por el balcón de la casa, vi un espectáculo impresionante: el mar resplandecía cual morocota de oro por los rayos del sol en el horizonte. De repente, advertí manchas negras corriendo por la orilla de la playa. ¡Los perros se habían escapado!

 

Un silbido desesperado | Carmen Pacheco

 

Cuando llegamos a donde estaban, los siete tenían rodeada a una pareja que cargaba a un niño.  Aquellas personas estaban aterrorizadas.  Me fui acercando a ellos para calmarlos y les pedí al niño.  Los perros me miraron y les ordené que se sentaran.  Acompañé a aquella familia asustada hasta la puerta de su casa.

La jauría me siguió cuando escuchó mi orden; sin embargo, quedó la preocupación de que nuestros perros ya “habían disfrutado de la libertad en la playa”, así que era necesario reparar la cerca lo antes posible para prevenir más fugas, preocupaciones y algún lamentable accidente.

 

***

 

Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / Ilustración Gabriel Eduardo Valles Morales / RN