“Prohibir el pensamiento, pero no el armamento” por Fernando Guevara

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Una de las cosas envidiables de las escuelas en los Estados Unidos de América (EEUU) es que en casi cada aula de clases hay una biblioteca. Tener al alcance de la mano libros, revistas, periódicos o cualquier material para lectura es un logro que debería enorgullecer a cualquier sociedad, menos a los padres conservadores estadounidenses.

Resulta que, en el Gran País del Norte, en las escuelas, en las bibliotecas de sus aulas, hay libros prohibidos. Sí, como si viviéramos en el siglo XVI o en la España inquisidora, que hasta el más elemental escrito que contradijera las ideas imperantes era una herejía. En los Estados Unidos hay una fortísima campaña para prohibir libros en las escuelas, hasta el punto que varios profesores y directores han perdido su trabajo por permitir estos libros heréticos en sus centros de estudio.

La Asociación de Bibliotecas Americanas ha denunciado que la solicitud para retirar libros de las escuelas es la más elevada en los últimos veinte años. Y PEN América, una asociación dedicada a investigar la censura de libros, indica que más de 2.500 títulos han sido prohibidos en la Unión últimamente.

Texas, con 801; Florida, 566, y Pensilvania, 457, son los estados con más libros prohibidos, cosa que no es de extrañar, pues Texas es uno de los estados más conservadores y aferrados a lo que se ha denominado el “sueño americano”; y Florida, un estado conservador y republicano, dominado por el  senador y exgobernador Rick Scott y por su actual gobernador, Ron DeSantis, dos ultraconservadores radicales con profunda influencia en sus electores, quienes son de los más denodados prohibidores de libros en los Estados Unidos.

Ahora, eso de la prohibición de libros no es nuevo, ni exclusivo de la sociedad estadounidense. Se han prohibido libros en todas partes y en toda época. Europa con su inolvidable inquisición desde tiempos (y mentalidades) medievales no puede ser extraña a este fenómeno. Pero es que en los Estados Unidos la prohibición tiene una historia con ribetes ridículos.

Para esta sociedad, casi cada libro que hable de sexualidad es pornográfico, se han prohibido libros que narran historias de amor interracial. Se han prohibido libros que hablan sobre la emancipación de la esclavitud, obras como “La Cabaña del Tío Tom”, considerado un texto que denunciaba la esclavitud, fue prohibido en los estados sureños. Por la “Ley Comstock”, llamada así por el impulso dado por un ultraconservador de este apellido, vigente hasta 1936, se prohibieron libros que hablaban sobre el control de la natalidad, por ejemplo, por ser considerados obscenos. Incluso los censores de Boston calificaban como obscenos libros como “Adiós a las Armas”, de Ernest Hemingway, y “Hojas de Hierba”, de Walt Whitman. “La Boda de los Conejos”, un libro infantil de Gart Williams, fue atacado en los años ‘50 porque un conejo blanco se casaba con otro negro. Sobran las explicaciones.

La New England Watch and Ward Society, una organización conformada por familias elitistas de Boston, solicitó censuras, demandó a libreros, reclamó cargos delictivos por obscenidad contra varios autores e hizo algo insólito, pidió a la Biblioteca Pública de Boston que encerraran los libros más controvertidos, incluyendo obras de Balzac y Zola, en una sala que fue bautizada como “El Infierno”.

Los retrogradas no pueden entender un mundo que piense lo contrario a ellos, y la forma más emblemática de divulgar ideas contrarias a su manera de pensar es con los libros. Escribir conlleva un proceso de reflexión, comprensión, análisis que definitivamente no queda en la nada y, sobre todo, genera ideas bien pensadas e hilvanadas. Aun sean las ideas más retrogradas que se hayan construido. Incluso en los últimos años se ha des-censurado en Alemania, sí es que esta palabra existe, el libro “Mi Lucha”, de Adolf Hitler.

 

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La censura no solo la tenemos con esta prohibición de libros en pleno Siglo XXI, también la hemos visto en la historia de la humanidad con la quema pública de libros o discos. En los albores de los años ‘90 hubo una fuerte campaña para tratar de prohibir discos de Heavy Metal y de Hip Hop, ritmos que hacían furor en la juventud estadounidense.

Es justo decir que hemos escuchado alguno que otro personaje que se hace llamar liberal o vanguardista pidiendo que prohíban el Reguetón, y aunque no nos guste, ni nos parezca apropiado, esto es simplemente una expresión cultural que puede ser contrarrestada por el simple hecho de tener acceso a la lectura, que nos puede llevar a un análisis crítico de los contenidos de sus letras. Pero esto es harina de otro costal.

Lo cierto es que la neo-pacata sociedad estadounidense hoy en día está impulsando un movimiento ultra-conservador que va conduciendo a que el pensamiento de esa nación sea ultra-religioso, ultra-conservador y ultra-derechista con todas las consecuencias que ello implica.

¡Qué cosa tan increíble que en los Estados Unidos de América sea más fácil prohibir un libro que prohibir el porte de armas de guerra!

 

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Fernando Guevara Herrera (Valencia, Venezuela, 1967) es abogado egresado de la Universidad de Carabobo en 1995. Tiene especialización en Gerencia Pública, actualmente realizando tesis de especialización en Educación Superior en la Universidad José Antonio Páez (UJAP) y en el doctorado en Educación UPEL, núcleo El Mácaro. Tiene curso de especialización en Marco Jurídico de la Cooperación Cultural Iberoamericana, Universitat de Barcelona, España. Beca del Ministerio de la Cultura de España.

Fue Jefe de Extensión Cultural y Recursos Humanos de la Biblioteca Nacional de Venezuela. Consultor Jurídico del Centro Nacional de Historia, del Archivo General de la Nación y del Complejo Editorial Batalla de Carabobo (Cebac); Registrador Público de los municipios Naguanagua y San Diego de Carabobo. Auditor Interno de FUNDADEPORTE y Sub Director del Museo de Arte Valencia (MUVA). Es también profesor de la UJAP y locutor desde 1990.

 

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