En un afán de mitigar un malestar estomacal que me aquejaba en estos días decidí ir al supermercado a comprar frutas y vegetales. Luego de hacer mis compras me acerqué al cafetín y al ver cuál era el menú del día me quedé para almorzar. Coloqué una botella de agua en una de las mesas para indicar que ya estaba ocupada.
Cuando llevaba mi comida, me encontré que un hombre se acomodaba para almorzar en la misma mesa.
—Ni modo, comeremos juntos entonces… —dije mientras colocaba la comida.
El hombre me vio y fue cuando se dio cuenta de que la mesa estaba apartada.
—Discúlpeme, no me di cuenta.
—Tranquilo, nunca me ha gustado comer sola, es muy aburrido —le respondí mientras me sentaba.
—A mí tampoco me gusta comer solo, y menos hoy que estoy de cumpleaños.
—¿En serio? ¿Está cumpliendo años?
—Sí, estoy cumpliendo sesenta y tres años.
—¡Feliz cumpleaños! —le dije mientras le estrechaba la mano —. ¿Y cómo va a celebrar su cumpleaños?
—Ya empecé con este almuerzo.
DE LA MISMA AUTORA: DE ENCAPUCHADOS, POLICÍAS Y MUCHACHOS SCOUTS
Le comenté que a mí me gustaba ese lugar para comer y que algunas veces venía a tomar café y a comer torta con mis amigas.
El movimiento del cafetín era el mismo que en otras oportunidades. Gente almorzando en el lugar y otros llevando el almuerzo para el trabajo o para sus casas. Música de ambiente y, lo que es normal, la risa de algún niño.
—Yo prefiero comer aquí que llevarme la comida, así cambio de ambiente y descanso —comentó.
—¿Trabaja cerca?
—No, yo trabajo en una finca de unos chinos que está por los lados de la laguna.
—¿Finca de chinos?
—Sí, allí hay vacas, caballos, cochinos, ovejos, siembras de hortalizas y almacenes grandes.
—¿Y qué hace allí, cuál es su trabajo?
—Soy “vaquero”.
—¿De esos vaqueros que salen en la televisión, con soga y sombrero?

—Igualito, ja, ja, ja. Una de mis labores es arrear el ganado. El trabajo no es fácil. Tenemos que evitar que se meta a otras fincas. Ya nos conoce y responde a nuestro llamado, pero cuando aparece alguien extraño se dispersa, se pone nervioso y es necesario reunirlo nuevamente. Además, hay que asegurarse de que el ganado no sea mordido por alguna culebra cascabel, que es muy común en la zona donde pastan. Si los llegan a morder pueden morir en menos de cinco minutos.
—¿Y si eso sucede, qué hacen?
—Es una vaina, porque no nos podemos bajar del caballo y tenemos que asegurarnos de que tampoco muerdan a los caballos. Si una vaca es mordida, llamamos a la central y ellos vienen a llevársela de inmediato.
—¿Deben de tener antiofídicos?
—A veces no hay y es entonces que preparamos el antídoto con el orín del ganado.
—¿Se la untan en el lugar de la mordida?
—No, se le inyectan 5cc.
Mi cara de asombro lo hizo sonreír.
—Tú, y disculpa que te tutee, ¿qué haces o no haces nada? —me pregunta.
—Es difícil no hacer nada en la vida —le digo—. Soy escritora.
—¿En serio eres escritora? ¡Me caes como anillo al dedo!
—No te entiendo, explícame.
—Desde hace bastante tiempo vengo pensado en escribir un libro acerca de todo lo que he vivido. Siempre he sido muy cuentero, ja, ja, ja, y mi hermano me ha aconsejado que escriba mis historias; tengo muchas anécdotas que contar.
En ese momento me interesó conocer más acerca de ese “vaquero”. Entonces yo me presenté formalmente, le dije que me llamaba Carmen Pacheco y él, a su vez, me respondió que era Daniel Rujano Rosillo: “¡Mucho gusto!”.
—Y dime, Daniel. ¿Has escrito algo o tienes algún borrador de lo que quieres escribir?
—Lamentablemente, no. Siempre lo dejo para otro momento y no me pongo serio en eso. Necesitaría a alguien que me ayudara… —me lo dijo casi en un susurro—. Me gusta leer. Cuando joven leía libros de quinientas páginas en un día. Me leí como ocho veces “Cien años de soledad”.
Yo pensaba mientras que ese hombre tenía un trabajo bastante fuerte. El andar corriendo tras el ganado, entre otras obligaciones, el estar pendiente de las culebras, curarlo: “Tengo poco tiempo después del trabajo y llego muy agotado a eso de las siete”… Definitivamente es muy complicado para él llegar con la intención de escribir. No obstante, conserva ese anhelo de cumplir con su sueño.
—¿Qué escribes? ¿Ya tienes libros publicados? —me preguntó.
—Escribo crónicas en “Ciudad Valencia”. Aún no he publicado un libro, pero no pierdo las esperanzas.
—Me gustaría leer tus crónicas…
Ahí fue cuando compartimos los números de teléfono. Aproveché para darle el link donde publican estas “Crónicas del peatón” y él a su vez quedó en mandarme fotos de su trabajo.
—¿Qué tal estuvo tu almuerzo? —le pregunté al ver que ambos habíamos consumido todo lo que había en nuestros platos.
—Este ha sido un excelente almuerzo de cumpleaños. En primer lugar, nunca imaginé tener una amistad con una escritora y, en segundo lugar, la compañía fue excepcional. No me di cuenta de que me había comido todo mientras conversábamos, gracias.
—Gracias a ti porque también la pasé muy bien. Me gustaría oír más de tus aventuras como vaquero en otro momento.
—Pongámonos de acuerdo uno de estos días y te cuento algunas anécdotas. —¡Será un verdadero placer!
Nos despedimos con un fuerte apretón de manos y la promesa de volvernos a ver.
Ya en mi mente comenzaba a revolotear una crónica donde lo veía a él montado en su hermoso “Castaño”, galopando bajo el sol ardiente del atardecer, con su sombrero al aire y ese grito, cual trueno, que brotaba de sus adentros para dirigir la manada al corral.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / RN













