NOS (OTRAS) / VALENCIA VIENTRE
Si alguna idea se me ha adherido actualmente, es la de las calles del centro de Valencia. Por deberes políticos me incorporé recientemente a una caminata planificada y llevada a cabo por el equipo parroquial de EL Socorro y sus distintos actores políticos, de cada calle y cada comunidad. Lo integra, no está de más enfatizarlo, gente impetuosa, bonita, preparada y honesta. La jornada constituía un pretexto para que el equipo se integrara, se reencontrara, pero, además, recorriera el territorio sobre el que hay que trabajar por construir un municipio próspero y una parroquia digna de tanta historia propia. De manera que este trabajo, que no es nuevo para la mayoría de quienes conforman semejante trabuco, sí lo era para mí, a pesar de los muchos años que llevo residenciada aquí. Pero esto no se trata de mí, así que avanzo.
Cuando una recorre las calles de siempre, pero caminando sin apuro, teniendo como principales propósitos: detenerse a observar, preguntar, saludar y curiosear; la ciudad adquiere otra densidad, damos cuenta de su verdadera topografía, la sentimos, nos arropa sutilmente su pulso, nos intimida y protege, razón por la que algunos nos animamos a odiarla y a quererla, porque quien quiere a una ciudad como esta se arriesga a tener que darlo todo, sabe que su naturaleza entrópica no deja espacio para remordimientos.
Las calles del Socorro tienen un aire pretérito, como si cada casa fuera un templo y no sólo un artroso esqueleto de barro. Desde que era pequeña he disfrutado de sus enormes y coloridas fachadas, de sus museos, de sus lugares para el encuentro.
La legendaria Av. Soublette o la Calle Colombia, dos monumentos que se erigen a la memoria. Las casas de la Av. Andrés Bello y de la Calle Arismendi, cuyos habitantes encarnan y acaparan todo el gentilicio. El socorro es, junto a Catedral, la Valencia vientre, materia genésica de toda nuestra raigambre cultural. Ha sido una de las principales tribunas históricas y conserva, en la oralidad, sus más sagrados proverbios. No sólo se sostienen con gracia y entusiasmo algunas de sus casas, sino parte de su memoria y temperamento. Patrimonio de todos los valencianos.
Atravesar las fachadas es dar con el pudor de sus patios, sus alucinantes jardines que sobreviven con auténtica solemnidad, sus rostros de siglos pasados, el caminar pausado de quienes han desenmascarado al destino, su predicación silenciosa y devota, sus misas, sus saberes de kiosco, su mudanza permanente, su vocación de perennidad, su paso vivo por la visión más futurista.
Los y las habitantes de la Valencia postcolonial, han transitado estas calles más que cualquier otra. Desde su fundación, han sido estas trochas angostas y simétricas, el escenario de los sucesos más notables e incidentes en el curso histórico del país. Fue saqueada, invadida, ocupada en distintos momentos, por lo que ha sufrido crisis, cambios y transformaciones culturales, económicas y políticas, importantes. En todo eso pensaba mientras observaba la razón histórica de cada detalle arquitectónico, la imponente huella contenida en un ventanal o la nostalgia de quienes para hablar de tiempo dicen: toda una vida.
A pesar de tanto ruido, santamarías y el bullente tránsito, sobrevive la razón icónica de sus antepasados, la ternura implícita en el saber acumulado y el deber con parsimonia. El casco de la ciudad, no ha dejado de gestar sus propias raíces para aferrarse a la virtud de un pasado que la instituye y transciende. En sus grandes plazas y templos la ciudad decide congregarse para retomar el diálogo. El centro, en especial la Parroquia El socorro, se caracteriza por una fluyente y constante actividad cultural. Sus prestigiosas academias y sus sistemas de escuelas para las Artes, han formado a buena parte del talento local, así como nacional e internacional. También es el más grande taller de autodidactas. Por estas calles hacen vida los vivos y los muertos con total normalidad. Su identidad es el no tiempo.
Sus habitantes practican una solidaridad particular y admirable. En medio del inhóspito paisaje comercial, hay una memoria persistiendo y conviviendo amorosamente en los márgenes del tumulto y las horas picos. Son los mismos que observan al imponente sol emergiendo del lago cada día y hacen vida aparte apegados a sus más sagrados rituales. Lo que bien refiere esa canción de la legendaria orquesta Billo’s: La Valencia Señorial.
Mientras caminaba y paraba en cada casa, pensaba en toda esa reserva epistolar de la que vale la pena, y, además prometo, seguir escribiendo.
La cuidad se camina, se vive y se escribe.
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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.
PREMIOS
Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.
PUBLICACIONES
Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).
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