“Víspera, elegía de Federico Ruiz Tirado” por Luis Alberto Angulo

Luis Alberto Angulo-revoluciones- Agradecido

Federico Ruiz Tirado ha publicado un libro de poesía a la memoria del escritor barinés José Esteban Ruiz Guevara. “Víspera”, que es el título de su obra, va en pos de la larga tradición de la poesía elegíaca castellana al padre que se inicia de cuerpo entero con las famosas Coplas de Jorge Manrique a la muerte del maestre don Rodrigo, escritas a finales de la Edad Media y comienzo de la edad moderna, que han sido emuladas en todas las épocas por otros poetas; tales como el mexicano Jaime Sabines o el nicaragüense Ernesto Cardenal, quien tiene la particularidad de dedicarle su elegía al padre  Thomas Merton, su amigo y mentor espiritual.

En Venezuela, Vicente Gerbasi alcanza precisamente su mayor eficacia expresiva con su canto “Mi padre el inmigrante”. Asimismo, Caupolicán Ovalles escribe un poema de gran fuerza y aliento, “Mi padre ebrio, mi padre se muere”, lo mismo que el trujillano universal Ramón Palomares.

Víspera-elegía-Federico Ruiz Tirado

La elegía, que es un modelo de la lírica de la época clásica, seguramente ha estado presente siempre en la creación poética, la dedicada en nuestra lengua al padre tiene su propia evolución. De estructuras y metros establecidos, ella ha devenido en formas menos rígidas que muestran el propio desarrollo formal del lenguaje y de la expresión.

Las elegías de los españoles Federico García Lorca (“Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”) y Miguel Hernández (“Elegía” a Ramón Sijé) pueden ser al respecto muy ilustrativas.

Otros poemas elegíacos al padre, escritos en Venezuela, con enfoques no convencionales que invaden incluso el humor, son el muy conocido de Aquiles Nazoa, el de José Barroeta, el de Carlos Contramaestre, también el “Abuelo Primaveral” del catire Hernández D’ Jesús; “Abuelo que vuelas en tu pantalón blanco” es una elegía de Cósimo Mandrillo, y “Río quemado” un canto elegíaco de Jorge Rodríguez a su padre Jorge Rodríguez; también está el de José Javier Sánchez, quien en fecha reciente publicó un texto tan memorable como los ya nombrados, por cierto, no exaltado de manera suficiente por la crítica literaria.

“En mí” es uno de los mejores poemas a la figura paterna que uno pudiera leer a lo largo y ancho de una larga vida de lector; su autor, el poeta caraqueño José Javier Sánchez, al resolver el asunto vital y trascendente de cómo se realiza el encuentro con el padre ausente tras una búsqueda frenética y afortunada por el camino de la indagación poética profunda.

La figura del padre del libro “Víspera”, de Federico Ruiz Tirado, ciertamente no es la de un padre ausente; muy por el contrario, aquí la figura llena todo un universo de significación tangible de una personalidad arquetípica en el mundo creado por la presencia de realidades que la voz poética asume inagotables. De tal manera que  no se reitera la nostalgia y el dolor por la pérdida; la figura central deviene  entonces poderosa y viva.

José Ernesto Parra, glosando a Kant en el prefacio titulado El espacio de los espejos, ofrece una clave de lectura: el “asombro que experimenta el esteta frente al paisaje aún no ha claudicado. Más aún, esa certeza ontológica se encuentra incluso con el anverso de lo sublime, su opuesto psíquico en el estado de la conciencia poética”.

De igual manera, las citas o epígrafes que abren el libro, son contundentes:

 

“Se hundió la casa de papel o cuarto de juego/ de un niño inexplicable que al despertar/ aplastó sus cubitos de hojalata”
José Emilio Pacheco
“La vida ya ha pasado. Otras luces de otra ciudad se fueron encendiendo. Cuando miro tus ojos todo empieza otra vez”.
Joan Margarit

 

El autor dice en el texto Ecos: “El poema es también una aventura: novelar”. Todo el conjunto de esos elementos nos pueden abrir la puerta e iluminar. Sin embargo, un texto clave es uno del propio José Esteban Ruiz Guevara, que aparece íntegro en el libro reafirmando su presencia y aquí publicamos  un párrafo:

 

“El árbol al morir nace de nuevo, reencarnado en el utensilio simple o complicado que el hombre usa en la vida desde que nace hasta que muere y el hombre también al morir reencarna en el recuerdo”.

 

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VÍSPERA
Por momentos los gavilanes de la aurora las hormigas nómadas
los cazadores de serpientes
lo pierden en su sueño.
Cuando la maleza telúrica
la pampa vuelve a su corazón de origen mi padre entonces se despierta animado. Cada vez que se va a morir
el toro brama, tiemblan las piedras
él entona la canción del alfabeto.
El aire alquímico bate
las iguanas callosas
y caen al follaje moribundas.
Y él se levanta izando un quejido recio sobre la sabana.
Cuando mi padre se va a morir el monte palidece más
se vuelve blanco.
Pura espuma
como el mar soñado en Grecia donde vivió hace siglos
y los bustos decapitados. Aquellos héroes
los dioses del mundo caían al vacío desnudos
despedazados.
Cuando mi padre se va a morir
los cazadores se reúnen y hablan
de sus hazañas con mujeres nocturnas.
Las aves y los indios y los gauchos
desaparecen tras
las nubes lejos del mar.
Otras nacen y mueren
en los ríos
huyen hacia el abismo
hacia la nada solitaria
donde el tigre custodia el rastrojo
de mi sueño.
Allí mi padre canta
no se despide
no anuncia.
Cuando mi padre se va a morir no hay luna
ni sed
no hay ahora
no hay letra en la llovizna tierna
no termina de despegar del ombligo de la tierra no concluye.
Y a su lado
las luciérnagas lo alumbran
no se va.
No dice que se va
cuando se va a morir.
Abre un sendero hacia la luz
y nos despedimos de la primavera.

 

NOCHE FIERA
Las mariposas lamen cuanto pueden
de la ranura de los árboles más altos.
Mi padre les alcanza mieles con su lanza filosa les prodiga migajas de pan a las hormigas
que extrae de sus alforjas.
Camina descalzo sobre las piedras
se zambulle en el agua.
Una nube de sangre cubre cautelosa
la ribera y sale a flote como un submarino.
Yo le canto la zona de los gusanos
que lo esperan bajo el chubasco
verdes, en fila india
sedientos del secreto.
Lo diviso taciturno
entre los demonios de la noche.
Tantas serpientes que lo aguardan
como yo a su mirada de anfibio
muerto de risa entre las begonias.
No es demasiado tarde
para regresar a casa
me dice.
Apaga la fogata
borra las huellas
el humo los despistará hacia el oeste.
Nosotros vamos rumbo al sur
por alimentos en esta noche fiera.
No darán con nosotros
por este sendero
no conocen el bosque.
Sígueme en silencio.

 

***

 

Luis Alberto Angulo [Rivas]. Nació en Barinitas, estado Barinas (VEN), en 1950. Coterráneo de los poetas Enriqueta y Alfredo Arvelo Larriva. Autor de las sumas: Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Fusión poética (Universidad de Carabobo, 2000), La sombra de una mano (2005), Antología del decir (2013), y Coplas de la edad ligera (2021), títulos publicadas por Monte Ávila Editores, colección Altazor. Prologa la edición en vida de la Obra poética completa de Ernesto Cardenal (Editorial Patria Grande, Buenos Aires, Arg. 2008).
Premio del IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC), otorgado anteriormente a: Jim Seguel, Arnaldo Acosta Bello y Eli Galindo. En Valencia, ciudad donde reside desde hace más de cincuenta años, ha sido columnista de los diarios Notitarde, El Carabobeño y Ciudad Valencia, jefe de redacción de la revista Poesía (UC) y director de las revistas Zona Tórrida (UC) y Redve (Red Nacional de Escritores de Venezuela). Ha realizado selecciones poéticas de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, César Vallejo, Ernesto Cardenal, Enriqueta Arvelo Larriva, Teófilo Tortolero, Gelindo Casasola, Rómulo Aranguibel, Lubio Cardozo y Ana Enriqueta Terán.

 

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