Algunos mapas no se guardan en la gaveta, sino en la memoria del cuerpo: la altura de una mesa de preescolar, el traqueteo de un tacón bajito. Si tuviera que nombrar esa permanencia, tomaría palabras inspiradas en la poética de Alejandra Pizarnik, donde la infancia no es un recuerdo, sino un territorio que no se abandona. Cada maestra fue un hito en ese mapa; para mí, una brújula o un muro, en los que aprendí a trazar mi propia línea.
Estudié preescolar y toda la primaria en la escuela María Concepción de Bolívar, ubicada en La Sorpresa, Puerto Cabello. Conservo todas mis boletas desde preescolar hasta sexto grado, y la boina azul que usé en mi acto cuando pasé a primer grado. Todo esto lo guardó mi mamá. Y si hay cosas que recuerdo de esos días en ese colegio, son a mis maestras.
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Estudié hasta segundo grado en el horario de la mañana; desde tercero a sexto, en la tarde. Recuerdo también las veces que iba el camión de la leche líquida, en cartón de un cuartico o en un vaso con tapa de papel aluminio. Con ese papel hacíamos una especie de cono delgado y lo colocábamos en el dedo meñique; decíamos que era una uña postiza. Los sábados que nos tocó ver clases fueron para recuperar las que perdimos por un paro de maestros.
Nélida fue la primera. Mi maestra de preescolar vivía en Valencia y hacía la lista para comprar en la cantina. Tengo una imagen nítida de un dibujo —casi un garabato— que hice con un exceso de puntos y dije que era una ballena. Frente a todos en el salón, ella dijo con la voz dulce que la caracterizaba: “¡Guao! Pero qué hermosa ballena hiciste. ¡Aplausos para Marhisela!”.
Se producía una algarabía por cada niño que mostraba su creación. Esa ballena flotaba en el aire como un aplauso sostenido. Es el primer recuerdo de validación que tengo. En el primer día de clases lloré porque no me quería quedar y que mi mamá se fuera; después, me escondía a veces en una caja grande de cartón porque no me quería ir a casa.

Después de la suavidad de ese jardín, llegó la rigidez del primer grado. Teotiste fue mi maestra. Baja de estatura, usaba siempre faldas, tenía los tobillos gruesos; todo en ella era grueso, eran columnas sosteniendo un templo de reglas y zapatos de tacón bajito. Tenía muchos lunares. Encajaba perfectamente con su nombre. Era muy estricta, seria, de cabello corto. Aprendí a no moverme y a temer el sonido de sus zapatos.
El segundo grado trajo un respiro inesperado. Mi maestra Elisa se dejaba hacer cuantos peinados se nos ocurrieran a las niñitas, insistentes por ser su peluquera. Su cabeza era nuestro campo de juego, donde nuestras manos tejían libres. Ella fue quien me creyó, sin dudarlo, cuando uno de mis compañeritos me había cambiado el examen en el que había sacado 20 puntos. La justicia, aprendí, a veces viene con una trenza mal hecha.
Mi maestra de tercer grado, Rosario, también era muy estricta, pero de otra forma. Llevaba a su esposo para preguntarnos la tabla de multiplicar. Era un hombre gordo, barrigón, con unos lentes culo de botella que magnificaban el miedo. Creo que mi maestra Rosario tenía un complejo de cantante de ópera cuando entonábamos el himno nacional. Como si la patria se saliera de su pecho en do mayor, imponente y desafiante.

Zulaika fue mi maestra en cuarto y quinto grado. Yo era una de las que se la pasaba sacando punta cerca de la papelera solo para echar cuentos con uno de mis compañeritos. La papelera era nuestro confesionario, donde afilábamos cuentos con el sacapuntas. En alguna oportunidad me gané un coscorrón que me hizo volver al pupitre.
Todas las veces que me dicen que mi hija conversa mucho en clase, me pregunto a quién habrá salido. Años después, me tocó atender a esa misma maestra estando yo de guardia como enfermera. Murió por complicaciones de diabetes, y al verla, sentí que una parte del mapa de mi infancia se desdibujaba.
Mi maestra de sexto grado, Morela, tenía una letra que me gustaba mucho. Una especie de hilera de hormigas ordenadas que yo quería imitar. No pudo aguantar la risa al ver mi lámina de exposición sobre Carlos Andrés Pérez, que tenía unos dibujos con los gestos característicos que tenía ese expresidente al hablar. La dibujante fue mi mamá, mi primera maestra de la vida.
Desde el garabato reconocido hasta la tabla de multiplicar y el secreto compartido, ellas marcaron mi horizonte. Sus nombres, sus reglas y sus enseñanzas también están en la forma en que camino. Y si la infancia es un territorio que no se abandona, entonces ellas son las coordenadas que me permiten volver. Todo esto para decir que nunca las olvido.
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Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada. Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia / RN













