Historia y Memoria / Dos visiones sobre la educación
Amigas y amigos constructores de sueños, forjadores de esperanzas. La muerte de Juan Vicente Gómez, en 1935, abrió los diques que habían represado las aspiraciones de una sociedad que comenzaba a estar impactada por los aires de transformación que en los órdenes: político, económico, doctrinario e institucional estaban haciéndose sentir en el mundo; y el debate sobre la educación no fue excepción durante estos años.
Entre 1936 y 1948, al menos dos visiones, respecto de lo que debería ser nuestro modelo educativo fueron formuladas: una estaba asociada a la noción de educación para el trabajo, la otra a la concepción de una educación para la democracia.
Una educación diferenciada:
El Programa de Febrero fue la respuesta del presidente López Contreras a las demandas de cambio político y social ofrecida tras la imponente manifestación popular del 14 de febrero de 1936. En lo referido a la materia educativa el Plan contemplaba: el fomento de la educación física; la reorganización del liceo; creación de escuelas de arte; reorganización de las dos universidades existentes; creación de institutos politécnicos; creación del Consejo Nacional de Investigación, entre otras medidas.
Esta orientación sería reforzada con la concepción que esbozó Arturo Uslar Pietri en su famoso editorial, publicado en el Diario “Ahora” el 14 de julio del mismo año: “Sembrar el Petróleo”. Ambos planteamientos fueron sintetizados en el Proyecto de Ley que presentó al Congreso en 1940 durante su ejercicio como ministerio de Educación.
Allí se enfatizaba que la educación debía capacitar formando el recurso humano (mano de obra, experticia técnica y conocimiento científico) que demandaban las necesidades de desarrollo nacional, esto en el marco de una economía en expansión producto de la influencia del petróleo, que procuraba vincularse en ámbitos distintos al petrolero con el Sistema Capitalista Mundial.
En ese sentido, la educación debía responder a las necesidades y requerimientos de cada región del país: el niño que estudia a una cuadra de la plaza Bolívar de Caracas, afirmaba Uslar, no debe recibir la misma educación primaria que el niño que estudia en una aldea campesina en el interior del país, “pues sus necesidades están determinadas por contextos diferentes y la educación que requiere uno no es necesariamente la que requiere el otro”. Tal planteamiento suponía un currículo diferenciado y contextualizado a las especificidades de cada región del país.
A la par de esto planteaba que el Estado debía acometer un plan de inversión en infraestructura y sanidad que facilitara el establecimiento y la expansión de la inversión productiva apuntalada en una población sana capaz de acompañar los procesos productivos. La educación debía estar al servicio de esas necesidades. En un país con limitados recursos económicos, el Estado no debía concentrar su esfuerzo en un solo ámbito sino diversificar su radio de acción a los fines de crear una economía prospera y productiva.
Para Uslar la educación debía estar al servicio de la economía. En sus palabra: “ (…) no puede ni se debe concentrar todo su esfuerzo [el Estado] en la satisfacción de una sola necesidad cuando otras muchas requieren atención urgente y sería nugatorio y demagógico intervenir en escuelas todo lo que el país necesita para caminos, puentes, comunicaciones defensa, salubridad, estímulo a la agricultura y a la industria; porque una población condenada al aislamiento, a la pobreza, a la enfermedad y al desorden, no pueden obtener ningún fruto de la escuela”
La República Escolar:
La otra concepción educativa estuvo promovida por el Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa y la recién fundada Federación Venezolana de Maestros (FVM). Sin excluir el tema de la capacitación para el trabajo, este sector pensaba que la educación debía tener como centro de la acción pedagógica, educar para la democracia. La llamada Escuela Nueva (referida a concepciones didácticas y pedagógicas), que se fundamentaba en una variedad de modernas teorías educativas que hacían del niño el protagonista fundamental del proceso de aprendizaje, se planteó como experiencia pedagógica la concepción de la República Escolar, esto era una concepción que convertía al plantel en el espacio para el ejercicio de prácticas democráticas.
Su norte era formar ciudadanos capaces de impulsar y defender el modelo de democracia que se aspiraba alcanzar. Quizás emulando el planteamiento de Simón Rodríguez cuando afirmaba que para tener Repúblicas había que formar republicanos; para Prieto y el grupo de la Escuela Nueva, tener democracia implicaba formar ciudadanos, es decir, personas con conciencia de sus deberes, derechos y responsabilidades para la construcción de una sociedad democrática.
En sus palabras: Prieto Figueroa: “Si la escuela antigua fue la expresión de regímenes autocráticos, la educación renovada, que aspira a incorporar a todos los hombres a la vida libre de la colectividad, es democrática, y por tanto pide la intervención de los alumnos a su propia educación, dejando al maestro la función de guía inteligente…. Pensamos que solo se aprende lo que se practica y por ello auspiciamos la introducción de las prácticas democráticas en la escuela… Si el mundo ha de ser democrático el pueblo precisa aprender a serlo; y cualquiera que sea el régimen educativo será preciso que se enseñe eso, en cualquier lugar y de cualquier modo”.
Esta cosmovisión didáctica y pedagógica intentó aplicarse, de forma más intensa, durante el llamado Trienio Adeco, entre los años 1945-1948, siendo interrumpido tras el golpe de estado que derrocó el gobierno de Rómulo Gallegos.
Aprendizaje para la vida:
Ambas concepciones de alguna forma se encuentran plasmadas en el texto de la actual Ley Orgánica de Educación, pero parecieran estar solo como declaración principios. Hace falta avanzar en prácticas educativas que hagan de la educación básica un espacio de aprendizaje para la vida, que entre otros aspectos incluye las prácticas democráticas para la convivencia social y la educación para el trabajo. En tanto que el subsistema de educación universitaria debe ser capaz de responder, más apropiadamente, a la generación de conocimiento científico y tecnológico que requieren las necesidades del desarrollo nacional.
Estas necesidades se evidenciaron con más fuerza en medio de la pandemia que nos aquejó recientemente. Muchos jóvenes abandonaron sus estudios, sobre todo universitarios, bajo el falso argumento de que no vale la pena formarse pues ello no se traduce en gratificación económica, una percepción apuntalada en los bajos sueldos de la Administración Pública y estimulada por una perversa campaña en las redes sociales que estimuló, irresponsablemente, la migración de una parte de la población. Lo que subyace en el fondo de esta percepción, es que la educación y formación que hemos recibido hasta hoy, ha carecido de las herramientas necesarias para enfrentar la vida cotidianamente, sobre todo en situaciones adversas. Afrontar esa realidad y avanzar en una educación con mayor pertinencia es parte del reto que tiene nuestro sistema educativo.
Del mismo autor: “Bicentenario de la Batalla Naval del Lago”
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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