Al igual que todos los mitos, el de la región fabulosa de El Dorado fue una creación colectiva que se elaboró mediante un conjunto de informaciones sucesivas y complementarias.
Cuando nuestros hermanos originarios se dieron cuenta de que los colonizadores –como todos los conquistadores del mundo–, solo andaban en pos de riquezas, en especial, oro, apelaron al recurso de enviarlos cada vez más lejos, señalando siempre que más adelante estaba todo el oro que quisieran.
De testimonio en testimonio los ambiciosos extranjeros se iban internando no solo en los bosques y selvas, sino también en territorios de grupos que los enfrentaban con armas.

–¿Dónde queda El Dorado? –preguntaban los buscadores.
–¡Por allá! –les respondían, señalándoles regiones siempre lejanas.
Con el tiempo, la historia se consolidó y se transformó en mito. Este, a su vez, generó el espejismo de un pueblo maravilloso, donde vivía un “gran señor o príncipe” que andaba cubierto por un polvo de oro tan fino como la sal.
Según se contaba, el Príncipe Dorado, como se le llegó a llamar, se embadurnaba cada mañana con una resina muy pegajosa, desde la planta de los pies hasta la cabeza, y luego se bañaba con polvo de oro. Este oro se desprendía de la piel del príncipe y se perdía, cuando por las noches él se lavaba en las aguas de un lago cercano. Dicho lago se identificó entonces con el hoy colombiano Guatavita, en la cordillera oriental.
En el pueblo de ese príncipe, supuestamente, el oro se hallaba al alcance de la mano y de la ambición.
En cuestión de pocos años, este relato oral, que a todas luces era fantástico, se transformó en la quimera más ansiada del mundo, en la meta de innumerables vidas, la mayoría de las cuales se perdió en la infructuosa búsqueda.

Nunca nadie se preguntó por qué y para qué dicho príncipe se bañaba en oro, pese a que el supuesto suceso cotidiano era tanto absurdo como improbable y tenía más de rumor que de certeza. De hecho, era una de esos sueños propias de quien nunca ha tenido fortunas y sueña, como lo hacía en los cómics Rico MacPato, con darse baños de riqueza.
Y es que, tras los hallazgos de tesoros increíbles como los encontrados por Hernán Cortés en México, Francisco Pizarro entre los incas y Gonzalo Jiménez de Quesada en el territorio que ocupaban los muiscas, ¿quién podía dudar de la existencia de otra región, en la cual el oro se diera silvestre como la hierba?
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El Dorado se ubicó originalmente en Colombia, pero más adelante también en Venezuela, Ecuador e incluso Perú, pero fue en los dos primeros países donde más aventureros se lanzaron en su búsqueda.
El nombre de “El Dorado” lo asentó el militar y cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo, en 1541, cuando, aparte de los detalles que ya hemos mencionado comentó: “Yo creo que si este príncipe hace esto, debe tener unas minas de oro de gran calidad”.
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Armando José Sequera es un escritor y periodista venezolano. Autor de 93 libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido 23 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012).
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».
Ciudad Valencia / Foto del autor: José Antonio Rosales










