Estamos acostumbrados a ver, cuando asistimos a conciertos sinfónicos, al director o directora de la orquesta blandiendo una batuta.
Este corto y fino palillo, parecido a una varita mágica, no es más que una extensión de las manos y los brazos de quien dirige la agrupación musical.
Muchos de tales directores, como se sabe, prefieren emplear sus extremidades superiores, aparentemente, para guiar a sus músicos.
La mayoría, sin embargo, elige la batuta. Esta acentúa los movimientos de quien dirige y parece ejercer cierta fascinación entre los instrumentistas. Lamentablemente, no existen estadísticas acerca de la predilección por parte de los músicos profesionales, sobre si se sienten más cómodos siendo tutelados por la varita de madera o metal o por las manos y los brazos de sus directores.
La batuta se usa, en realidad, para marcar el compás, más que para lograr que todos los intérpretes ejecuten la música al unísono. Todas las indicaciones que el director o directora se transmiten en los ensayos. De este modo, en los conciertos, todo el mundo –como profesionales que son–, ya sabe qué hacer.
En cuanto a su invención, la misma se atribuye comúnmente al célebre director de orquesta, violinista y compositor alemán Ludwig Spöhr.
Spöhr debe su celebridad al hecho de ser autor de la ópera Fausto, escrita antes de que Goethe concluyera su notable obra teatral sobre el mismo personaje.

Sin embargo, Spöhr no inventó la batuta: lo que en realidad hizo fue perfeccionarla. El verdadero creador fue el director y compositor francés, de origen italiano, Jean–Baptiste Lully.
Hasta la invención de la batuta, los directores de orquesta marcaban el compás golpeando el suelo con uno de sus pies. Este procedimiento era sumamente incómodo y hasta doloroso, por lo que Jean–Baptiste Lully se propuso inventar un objeto que cumpliese la misma función que su pie y, simultáneamente, eliminase las molestias.
Fue así que, en el último tercio del siglo XVII, diseñó un largo bastón de casi dos metros de longitud, con el cual golpeaba el suelo para marcar el compás. Este bastón, inofensivo en apariencia, tendría luego un papel trágico en la vida del director y compositor, pues sería el responsable de su muerte.
Posteriormente, redujo su tamaño, pero siguió siendo largo. Tanto que con él podía alcanzar el suelo e incluso sus pies.
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Una mañana en que Lully dirigía un Te Deum, precisamente golpeó uno de sus pies con su batuta, con tanta fuerza que se produjo una herida. En esta sobrevino un absceso de carácter tan grave que los médicos que lo atendían aconsejaron la amputación.
Un noble francés, amigo de Lully, ofreció una recompensa a quien lo sanase y al llamado se presentó un curandero que solo pensaba en el dinero ofrecido.
Con pócimas y medicinas extravagantes, fruto de su imaginación y no de la tradición popular, aceleró la muerte del compositor.
El 22 de mayo de 1687 Jean–Baptista Lully se convirtió en la única víctima de su invento.
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Armando José Sequera es un escritor y periodista venezolano. Autor de 93 libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido 23 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012).
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».
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