Las lámparas están dedicadas a atenuar la intensidad de la luz, no la potencian por más que sus telas sean transparentes, caen sobre la irradiación como el párpado sobre la pupila, sus intenciones son domésticas. Somos casi indiferentes a ellas cuando el sol recorre el cielo, esa lámpara que rueda sobre sí misma sin cadenas ni botones de apagado; por eso, las lámparas son seres para la noche, señales que indican donde se encuentran los insomnes. Las lámparas tornan imposible la soledad, están a nuestro lado como un perro llameante, escuchando nuestras confesiones, nuestras proyecciones en los carriles lumínicos de los días por venir.
Ojos de las paredes y los techos, allí pendientes de nuestros pasos, como vigilantes silentes de los mapas que trazamos dentro de las casas, ellas saben que los caminos comienzan en la quietud de las sillas, que desde el silencio surgen las voces y los ecos; ellas saben que todos los caminos regresan, menos aquel que se detiene cuando el cuerpo se apaga, cuando ya somos un párpado inmenso que dejó de recibir la luz del mundo.
Muchas lámparas añoran alcanzar la mansedumbre de las velas, quieren para sí la efímera ráfaga de las llamas, bajar la tonalidad, chisporrotear en la imitación más genuina del parpadeo, añoran esa relación tranquila entre la llama y los ojos, la posibilidad de lanzar los rezos a la claridad del más allá. Quizás ellas no lo sepan, pero las velas en un tiempo dominaron las noches, y abrían sus alas dentro de los hogares espantando los miedos y moviendo las sombras de los objetos y los seres; luego las lámparas fungieron de prolongaciones duras y fijaron aquellos temblores, el ser humano creyó encerrar en la luz todos sus miedos; ahora coexisten, cuando la luz se ausenta por cualquier motivo, las velas vuelven a su antiguo reino, elevan en nosotros la suave llama de la altivez, de la arrogancia de la esperma. Y el ser humano entiende que él mismo es una sombra que no conoce su origen y entonces enciende su ignorancia.
Sin embargo, las lámparas contienen un remanso diferente al de las velas, ellas se doblegan a nuestros caprichos, esclavas de nuestras apetencias, solo alcanzan lo que sus posibilidades de luz les permiten: las hojas que blancas intentan también alumbrar rincones olvidados del ser; las mesas donde reposa la fauna de los rostros familiares y los objetos que simulan emprender una ruta; las eternas poses de los muebles, el remedo que los pasillos y zaguanes hacen de los túneles. Las lámparas apenas los rasgan, arañan sus superficies, colorean las pasividades; tal vez si se unieran podrían imitar al mediodía, allanar todos los espacios, prolongar los amaneceres.
Las palabras son lámparas que nos alumbran por dentro, atraviesan los túneles de nuestros recuerdos, ven pasar la velocidad de nuestra permanencia, los meandros que elegimos para llegar siempre a la misma oscuridad. La luz de las palabras se proyecta por los ojos y por la voz, evoca una casa interior, una habitación en la que conviven muchas sombras, muchas presencias, muchas despedidas.
Imaginemos que las lámparas, por cualquier motivo, dejaran de ser las estrellas terrestres, las constelaciones de las ciudades, nos quedaría la lámpara lunar, colgando de la oscuridad y bajando hasta nosotros con una ternura casi materna, blanca y argéntea, condensando la luz láctea que amamanta a las aguas. Los objetos deberían tener otros nombres cuando es la luna la que los ilumina, basta mirar un azahar en flor, la luna lo toca y él alumbra en cada hoja, el verde ya no es verde, se mezcla con un azul metálico y surge un color para el cual aún no se tiene nombre, las flores blanquecinas sencillamente son el corimbo con que la oscuridad se asoma al mundo. Igual ocurre con una barca amarrada al mar, uno ve ese movimiento en el día, y también en la noche, y no son los mismos; de noche, la barca respira junto con el mar, pareciera lanzar amarras hacia la nostalgia, hacia un viaje que nunca se realiza.
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El fuego manso de la luna nos abraza sin hacernos daño, mirándonos de cerca, despedazando su cuerpo, única lámpara que modifica la forma de su luz. ¿Acaso las luciérnagas no tratan de hacer lo mismo en el cielo que queda a nuestro alcance, y bogan por el aire oscuro fletando sus intermitencias para que sepamos con qué luz se escribe la belleza?
Imposible dejar de decir que cada mata es una lámpara y cada flor un pequeño bombillo que alumbra y marchita su bondad. Marchitarse, en cierto modo, es dejar a un lado la luz, no puede haber una imagen más lenta para anunciar la aparición de la vejez, poco a poco nos alejamos de la luz, nos desplazamos hacia la oscuridad, y para ello el cuerpo se repliega sobre sí mismo y le ofrece al misterio una lámpara cansada de usarse.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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