“Maestros extraños (VI)” por Arnaldo Jiménez

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MAESTRA VIDA (CONTINUACIÓN): es una tautología decir que la vida enseña; no obstante, cuando la vemos de cerca, nos damos cuenta de que no hay tutores ni maestros, solo aprendices, y esto es una verdad que subyace en toda aula de clases: ¿cómo puedo enseñar a escribir o a leer a alguien que, a su vez, no me esté enseñando a aprender ese acto, que me permita ir midiendo mis errores, cambiando mis tácticas, buscando la mejor manera para que el aprendizaje se haga efectivo?

Es el estudiante quien convierte en aprendiz al maestro; es decir, son dos aprendices que establecen reglas de juego tácitas en las que uno cree que enseña y el otro cree que solo está aprendiendo; en realidad cada uno de ellos es un maestro que aprende o es un aprendiz que enseña. Este cimiento, esta base, este acercamiento realiza las condiciones para que un aula de clases se parezca a la vida, en donde, inevitablemente, cada quien se convierte en su propio maestro. Pero el maestro que exagera el cumplimiento de los objetivos programáticos sin importarle el alma de sus estudiantes, el docente que se esmera en ejercitar la memoria de sus estudiantes sin interesarse por la formación de seres creadores, no podrá aspirar a ese título: maestro. Así como el aprendizaje (por medio de esa condición del cerebro que se denomina: plasticidad) es permanente, continuo y abarca toda la vida sin que se alcance un límite; así también podemos entender al maestro: un ejercicio de enseñar y aprender que no se acaba si no con la muerte.

El maestro-aprendiz no pierde un solo momento de su rutina sin exprimir un aprendizaje o extraer una enseñanza y, esto es importante, su función no está confinada nada más al escenario de un aula, al pago de un salario o a los muros escolares. El maestro tiene que ir viéndose para poder ver; tiene que ir destruyendo su apego a las formalidades para poder erigir, edificar; tiene que establecer parámetros de confianza y de amistad que les permitan a sus estudiantes abrir las puertas que la autoridad y el respeto cierran. El maestro debe aprender a escuchar.

Yo confieso haber tenido muchos estudiantes que me han faltado el respeto de manera grave, sé que es un error de mi parte permitir una confianza quizás muy exagerada; pero yo he aprendido que, por medio de la amistad, los aprendizajes son más efectivos, más permanentes; por medio de la amistad, no solo se aprende en el ámbito intelectual, también se aprende con el corazón. En mi caso, además, he aprendido a templar mi espíritu: cada ofensa, cada insulto, cada menosprecio que, tanto estudiantes como cualquier otra persona, me propinan, es un regalo con el cual pulo mi espíritu, de tal manera que soy yo quien sale beneficiado. En algunas ocasiones les comunico esta enseñanza, en otras, el perdón sincero viene a ser el inicio de una amistad más profunda; en todo caso, siempre habrá un saldo que producirá un bienestar. Ese estudiante jamás olvidará que un día aprendió a perdonar. La sabiduría oriental nos prepara para ello, hay un aforismo que dice más o menos así: en toda guerra siempre hay dos perdedores. Podemos parafrasearlo y afirmar que en toda enseñanza siempre hay dos ganadores, aunque no lo sepan; siempre hay dos que aprenden.

En su libro: “Las enseñanzas de Don Juan”, Carlos Castañeda nos induce, nos sugiere romper con el esquema rígido que nos dice que en un aula hay solo un maestro. En ese texto el maestro académico, el profesor titulado a quien se le da una licencia, o sea, un permiso para enseñar, se convierte en aprendiz cuando entiende que la vida es algo más misterioso, algo más escurridizo; casi imposible de encerrar en las certezas. No olvidaré nunca cuando Castañeda le pregunta al maestro que cómo es el intento (la energía que homologa a todos los seres) y le pregunta que si es como una imagen frente a un espejo. El maestro, en este caso, Don Juan, le niega esa metáfora por ser tan elemental y le responde que es más bien como una enseñanza frente a un espejo. La enseñanza es una especie de energía que se acumula para aprender a vivir. La enseñanza es la ruptura de aquello que no es auténtico.

La enseñanza que la vida nos ofrece para dispersarla en el salón de clase es la naturaleza impredecible del ser humano. La literatura está impregnada de esta verdad. A veces se pretende que las verdades deben venir envueltas en oropeles difíciles de desenvolver, en grandes tratados en los que la comprensión choque con sus límites, como ocurre con El Tiempo y el ser de Martín Heidegger, o La voluntad de poder de F. Nietzsche. La verdad sobre nuestra conducta (sabemos que es sobre la conducta que descansa todo el aparataje educativo, y en la pretensión de cambiarla) puede venir presentada en grandes aventuras como las expuestas en La isla del Tesoro y El doctor Jekyll y mister Hyde de R.L. Stevenson, o en aventuras de la vida cotidiana, siguiéndole los rastros a un ser que se coloca casi sobre los acontecimientos, como es el caso de Tom Sawyer de Mark Twain. Sin embargo, cuando los estudiantes son colocados en actitud de escribirse, se transforman en sus propios maestros; cuando los estudiantes son colocados ante el abismo de lo poético, entran y encuentran las mismas verdades que la vida nos dicta una y otra vez, a cada momento.

La vida y, la literatura que se llena de ella, nos enseña que los caminos existen sin metas, que todas las metas son ilusiones y muchos caminos también, que solo hay desvíos para llegar a un solo sitio. Tocar el fondo de absurdo de la vida nos da el valor para recorrerla sin que nos hagan tanto daño sus sorpresas; quizás sea esa la actitud del personaje principal de La Tregua, de Mario Benedetti. Todos los caminos arriban al mismo desamparo, a la misma tragedia; todas las comedias, todos los empeños por trazar un destino se desmoronan ante la contundencia del otro lado de las ilusiones; quienes no toman en cuenta este otro lado, caen más estrepitosamente, pues no se han preparado para resistir o enfrentar lo inesperado.

 

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Pero las verdades, por más monótonas y pocas que sean, no pueden ser aprendidas de manera obligada. La literatura debe fluir hacia adentro con la velocidad que surge entre el lector y el libro, entre el ser y la realidad. En muchos casos un poema corto entra en el alma como una flecha y puede conseguir en pocos segundos lo que una novela tarda meses en obtener y, quizás nunca logre. Sobre todo, en los lectores que se inician, es mucho más cómodo para un maestro capturar las verdades poéticas, mostrarlas y comenzar a bucear –junto con esos lectores, sus estudiantes– por las turbulencias y las calmas de la existencia.

En edades pequeñas situadas entre preescolar y cuarto grado, sin excluir los siguientes grados por supuesto, la literatura indígena ofrece un gran abanico de enseñanzas sobre la vida y desde la vida. Lo mismo ocurre y, con mucha más efectividad, con los cuentos de hadas. Los cuentos de hadas enseñan a vivir, yo lo he dicho muchas veces. Pero sus enseñanzas no se sitúan en el plano de lo intelectual, de un objetivo visto, alcanzado o examinado, sus enseñanzas se ubican en la topología de la estructura psicológica de los niños ayudándolos a resolver conflictos emocionales de tipo inconsciente y, por tanto, preparándolos para vivir.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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