¿Qué se pierde cuando se mastica? Fue la pregunta inicial que nos llevó a un largo recorrido a través del engaño y de las adversidades que han padecido las mesas desde que fueron creadas quién sabe en cuántos círculos de reyes y esclavos. Porque el resultado de masticar algo se entiende como un proceso acabado de digestión, y allí, en el resultado, se evidencia lo que se pierde; pero no siempre lo antes dicho es cierto.
¿Se arroja un sacrificio? ¿Se deshecha un talismán turbio, una violencia de letras desconocidas? Por eso, por el hecho de que en lo desechado no se encuentra una verdad ni siquiera en el ámbito de lo relativo; me decidí a investigar el inicio del proceso que, indudablemente, involucra a la trituración que ejerce el masticar; es decir, el misterio del inicio y el del final pueden tener una relación cuya develación pudiera cambiar para siempre la armonía de los cortejos, de las comuniones familiares y, quizás, del hábito mismo de consumir.
El ser humano, considerado en su especificidad histórica, es una vasija en la que caben cadáveres de cualquier especie; no digo urna o sarcófago porque me estoy refiriendo a un ser activo: el que devora relojes y desgarra paraísos tratando de encontrar su última máscara. Anuda un mecate en el cuello de la culpa; lastima el corazón de los amantes y lo tiene listo para detenerlo en un solo bocado; maquilla el miedo de los animales muertos sobre vajillas en las que no se destila el aceite de la compasión; alucina con el cuchillazo de gracia en la garganta del enemigo; busca incasable los desgastados frontales de Dios y pide misericordia cuando lo ve venir con la oscuridad de su cielo y cierra su boca y, una vez más, devora lo que Él mismo creó.
¿Cuál es el sentido de este oficio de comensal-criminal-asesino? Rechinan los filos semejantes a un escalofrío o a una fiebre en el dolor ajeno. Se escucha la sierra romper los huesos, y una pregunta que vaga en la mente que siempre se ha creído huérfana en el momento de matar: ¿quién es eso? ¿Qué es ese quién? La eterna duda que jamás podrá llevar a su boca y digerirla completamente despejada, sin astillas que luego se vuelvan a reunir y darle forma a una duda mayor.
Acaso todo esto supone una secuencia de placeres: desde el goce por el chillido de lo que muere: hundir la espada, torcer los latidos, descuartizar, desmembrar los cuerpos; llenar y vaciar los platos, las cárceles, las funerarias; el tendón tembloroso, el muslo enredado en media lunas de cebollas, bastoncitos de pimentón y trenzas de cilantro; el plop de la caída, el toc de lo que se parte; el gatillo certero, el pum del disparo, la perforación; el desecho desangrándose, colgando de los ganchos en los camiones donde se lleva el ganado despellejado, ostentando los precios de la digestión; al igual que en las guerras donde da gusto ver marchar a tantos caníbales. Y las vísceras nadando en un caldo con trozos de verduras erosionándose como rocas en el mar; hasta el placer por ser tumba y la copia más clara de Dios.
¿Qué se pierde cuando se mastica? Se pierde la separación que teníamos con la tierra. Engullimos vegetales, frutas, trozos de animales… Y esto es un acto de pertenencia, de acercamiento y, quizás, de desalienación. Se pierde la crueldad de la herida y el absurdo de la muerte; se detiene el instinto de la caza y se es huésped de la sobrevivencia. Masticar confirma la cultura de la que somos parte.
Desecho y contagio
En una mesa se libran otras batallas, ajenas a las que produjeron la aparición de la comida en los platos; en la mesa, en tanto núcleo del hogar, suceden trituraciones intangibles en el ámbito del pensamiento moral y ético. Algunos comensales se mastican y no se tragan; otros, le dan vueltas y vueltas a la presa dentro de ideas obsesivas que rasgan, mordisquean y levantan viejas pústulas.
En la medida en que la comida material va arrojando sus restos, sus brozas; o sea, va acumulando los desperdicios; en esa misma medida las preguntas destajan, los secretos pulsan por salir y destrozar al otro. Y el pasado asciende con su cuerda tensa en el desequilibrio; el presente suena fuerte la caída de sus vasos vacíos; y así se va sumergiendo la vida en baño de sombra con su tinta. Y es que andamos llenos de basuras que no queremos botar: la duda, el celo, la indecisión, la intriga, la traición, la hipocresía, la tristeza…
Nunca estaremos seguros si cuando mantenemos esos desechos intactos, sentimos un cierto orgullo por nuestras miserias; pero hablar siempre es la intención de extraer algo cochino, sucio, algo que aún no conocemos o no le hemos dado nombre. Quizás a esto se deba el hecho de que muchos seres hablan sin detenerse; hablan sin importar que en lo dicho no todo tenga sentido; hablan como si estuviesen diseccionando un cuerpo descompuesto. ¿No es este fondo de rechazo lo que se proyecta en los diferentes tipos de racismos y de fobias? Aquello que veo como sucio en el otro es lo que me constituye y, a la vez, niego. Los místicos en relación con la desnudez, los ricos con respecto a los pobres, el heterosexual en relación con la homosexualidad… No deseo ser contagiado de mí mismo.
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Sin embargo, el pensamiento tiene la cualidad de devorar a quien piensa y no al objeto del pensamiento; por tanto, cada quien mastica sus propios contenidos, imágenes y emociones; y de esa ronda de acechanzas, de ese repasar y repasar interrogaciones y reclamos silentes, se sale devastado, débil, digerido: desecho. Quizás lo esencial de nuestro ser es lo que merece ser conservado; pero no sabemos aún qué es lo esencial y, tal vez, esto sea una de tantas ilusiones con las que nos hemos revestido, deformado.
El hombre: desechado del Paraíso; el diablo: desechado del Cielo. Sin embargo, ambos con el soplo divino dentro de sí mismos. En el primero ese desalojo era necesario para que pudiera cobrar materialidad, para que pudiera ser real, ya que solo existe lo que se desgasta, lo que se crea para luego ser dejado a un lado.
Por eso la perfección es un atributo divino, en el caso de que lo divino no esté sujeto al cambio de lo histórico; por eso la filosofía se desprendió del Ser, lo hirió, lo despedazó y, una vez que lo dividió en múltiples partes, se dedicó a dejar afuera al sujeto cognoscente; de esta manera el conocimiento adquirió el rango de lo imperecedero. ¡Cómo! ¿El hombre se desecha a sí mismo? Quizás no sea otra la estructura que hace posible la dinámica de la civilización. ¡Cómo! ¿Nacer es ser arrojado a un basurero llamado sociedad?
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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