Las siguientes reflexiones surgen desde la especulación; no soy psiquiatra ni tampoco un profesor de literatura. Espero que se me perdonen las imprecisiones y la falta de profundidad en los argumentos. Esto es tan solo un intento de acercar esos dos discursos que, en algunas ocasiones, parecieran acercarse, y en otras, se alejan de forma irremediable. Empecemos.
La locura y la poesía tienen en común al llamado referente, sea por ausencia en la primera o por la exuberancia de lo presente en la segunda. La realidad en el loco se ha convertido en un mundo ficcionalizado sin hilación lógica sobre la trama. Un cuerpo tomado, invadido, borrado por el registro imaginario del propio sujeto. El cuento del loco no se dirige a ningún lector, a no ser al habla misma que marcha sola como un genio que al salir de la botella desconoce a su liberador.
Las repeticiones de los locos suelen acarrear una carga poética; de hecho, muchos poetas y filósofos que han escrito en estados mentales alienados han generado una obra rica en expresiones y modos de entender poéticamente al mundo que, en todo caso, parecieran, en el acto escriturario, compensar (Jung) sus desequilibrios; los casos de A. Artaud y F. Nietzsche son elocuentes al respecto. La diferencia estriba en que, en el loco, lo poético no está limitado a lo humano, se encuentra en un más allá.
Es interesante, en el sentido antes dicho, tomar en cuenta que, para el antipsiquiatra Laing, el loco ha emprendido un viaje solo comparable con el trance o el éxtasis chamánico, un viaje del que no se puede saber nada. Es interesante, digo, comparar este viaje con las declaraciones que han dado autores como: O’Konor, para quien los personajes de sus cuentos resultaban ser siempre una incertidumbre, pues nunca sabía qué iba a pasar con ellos y ni siquiera cómo se desarrollaría la trama.
Miguel Angel Asturias afirmó alguna vez que las obras de arte poseen una alienación esencial ya que son de alguien que vive en nosotros. Igualmente, Felisberto Hernández afirmó que los cuentos tienen una vida autónoma y extraña. Entonces, ¿no podría ser que el loco sea la encarnación de uno de estos personajes autónomos y extraños? ¿Acaso el loco queda sumergido en una región cerebral llamada cuento? No estoy autorizado a dar respuesta a esta especulación, como ya dije, no soy psiquiatra, solo la dejaré flotando como un obsequio al lector; sin embargo, quisiera llamar la atención cuando un poeta como Eugenio Montejo, por dar un ejemplo, nos comunica cómo hablan los árboles o, caso contrario, la incertidumbre que lo embargaba por no saber cómo anotar el canto de un pájaro.
Podemos decir, en sentido general, que el lenguaje del loco no produce significados dirigidos al otro, ya que es un lenguaje sin sujeto; por eso han fracasado todas las tentativas que quieren definir la locura de manera inequívoca. Un tal fracaso está garantizado porque el loco también es, por un lado, una especie de representación de la infinitud de lo poético y, por otro, la ruptura de la comunicación humana.
El poeta posee una locura básica: su manera de percibir el mundo. Afirma estar constituido por seres que le circundan; profundiza en la vida de los objetos y del resto de la naturaleza, establece con ellos diálogos semejantes al monólogo del loco y a las visiones del chamán, para quien cada piedra o árbol, cada río o montaña… son posesos de un espíritu específico; para el poeta el mundo está vivo: el universo animado y fabulado de Palomares, El Reino interior de Eugene Guillevic, la semejanza de la sequía con la moral y la estética de un pueblo, en Luis Alberto Crespo, las herramientas sagradas en el taller de Antonio Trujillo, entre otros.
El poeta escucha hablar a los relieves de su mismo ser externo, sacándose un paisaje desde el fondo de sus experiencias y constatando de qué manera un lugar forma parte de su cuerpo. Salirse de sí y no ser una entidad; dividirse como el esquizofrénico, pero repartido en una realidad poéticamente vivida y padecida.
La autonomía del cuento es similar a la autonomía del discurso del loco; en poesía, sin embargo, es más notoria la ausencia del sujeto que escribe, nunca estaremos seguros de quién es el yo literario que se presiente en el poema y, al mismo tiempo se difumina, se convierte en palabras que se independizaron de quien las escribió. En un narrador puede resultar una pieza relatada de excelente factura. El autor no tiene por qué ser fiel a su biografía, y es la ficción la que es usada para mostrar el absurdo de la realidad o la verdad de las pasiones humanas. En el poeta parece ser otro el asunto. El poema no puede ser la resulta de un delirio ni la expresión de un estado mental patológico, no es la ficción la que funge de recurso, sino la propia vida del poeta.
Han existido poetas que han escrito con una soltura semejante a la del delirio; pero el acto de escribir es, sin duda alguna, un acto que concierne a la voluntad y a la conciencia; quizás en el producto de ese acto, la escritura, existan contenidos inconscientes, imágenes arquetípicas; no obstante, esto está lejos de ser el discurso de la locura. Pero no sucede así siempre. La locura tiene otra manera de hacer su aparición. Veamos.
La producción social de la locura es, al mismo tiempo, una producción individual de muerte. No solo la física, sino la muerte de la individualidad, de ser dueño de nuestro tiempo y de nuestro espacio, de poder percibir de otra manera. La alienación económica que consiste en la objetivación del sujeto, su conversión en mercancía al ofrecer al mercado su cuerpo como un valor de uso y de cambio, es locura socialmente aceptada.
Un poeta negro (R. Daumal), es decir, un poeta que quiere revestirse de categorías identificatorias de los papeles sociales como el éxito, la fama, etc. y en su poesía no se encuentra la vida de un hombre con sus avatares y su manera de explicársela, sino las figuraciones literarias de un ser que no tiene la capacidad de sumergirse en sus experiencias, imágenes hermosas que le dan sonido a la mentira y a la falsedad, es tan solo un productor de poemas-mercancías, poemas que al ser usados por el lector mueren porque no tienen por dentro las sustancias humanas que escapan a las determinaciones de la cultura capitalista.
Visto desde la totalidad de las acciones colectivas, el poeta participa de la locura social, pero si en los poemas hay poesía contenida, palabras que no están cosificadas, palabras cuyo frescor es lo más parecido al verbo creativo de los dioses, la comunicación que resulta nada tiene que ver con el horror, con la primacía de la industria y su producción infinita de ilusiones y de muertes, está más allá del cuerpo que recibe el ordenamiento de los estímulos; evade la alienación.
Para llegar a la poesía solo se debería aspirar a ser un explorador de las realidades y las pasiones humanas, reconocer que ante todo el misterio del mundo no hay forma de dejar pasar la vida sin cantarla a sabiendas de que las palabras son un vano intento de hacerlo. El poeta lo único que posee es el nódulo de sus experiencias que desea pasar a palabra escrita por medio de un lenguaje que dice lo que él quiere que diga, pero en un tiempo muy breve. El poeta se adueña otra vez de su espacio de vida, su división, puede decirse, se suspende en lo atemporal del acto escriturario.
La forma, la intensidad de los versos, la economía del lenguaje, el uso de los recursos expresivos… están al servicio del núcleo de experiencias que el poeta canta y cuenta. El poeta delimita así su propia locura social, controla su participación en ella y procura una intención comunicativa más humana, entendida esta como una disolución de la mercantilización de las palabras que no deja fluir los afectos.
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La locura penetra en la poesía cuando los poetas no controlan su decir y construyen un universo imaginario en el que no se encuentran ellos mismos, el lenguaje se suelta y habla solo, desencadenado del sujeto que escribe, así como en el loco se suelta del sujeto que habla. Esos poetas nos muestran el vacío de sus vivencias, las costras endurecidas de sus propias resistencias que no los dejan ofrecer su vida con autenticidad. El viaje no es hacia el imaginario sin referencias terrenales, es hacia la realidad externa que vive adentro y hacia la interna que vive afuera.
No es con palabras desprendidas de su mundo de vida que el poeta debe escribir, sino con aquellas que forman parte de su ser y estar, aquellas que ordenadas de otra manera generan una ruptura en el modo de comprender lo real. Es una conversación con el rasgo de nuestro ser que no encaja en la cosificación; una conversación con lo más auténtico y efímero de la existencia, con lo presente y duradero de la muerte.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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