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“Arqueología de los árboles” por Arnaldo Jiménez

Divagaciones - Arnaldo Jiménez - Apuntes generales sobre la cultura

¿Qué relación invisible y esencial para la vida existe entre la madera y el cuerpo humano? Muchas veces el cuerpo de un árbol es comparado desde la más tierna infancia con el del ser humano. Los niños extienden así, en una hoja —que por cierto ha sido desprendida de algún árbol— esa correspondencia de los toques, de las caricias, del sostenimiento de las cortezas, esa manera de marcar en su cuerpo nuestros nombres, la fecha de un acontecimiento importante, los signos de las uniones.

Los primeros dibujos no son otra cosa que matas, grandes árboles al lado de los seres humanos, acompañándonos. El niño mismo sabe, de alguna manera, que su cuerpo está comenzando a anudarse sobre sí mismo, a abrazarse en las vueltas de las edades o de una soledad por venir. Pero en esta relación, precisamente, la soledad queda excluida, siempre será una apariencia, y no sería conveniente dejarnos ir por este índice de lo aislado, de lo desolado. Llevamos por dentro lo esencial de los árboles, su aire; lo cual, además, permite que siga fluyendo nuestra clorofila roja. Lo cierto es que muchas expresiones denuncian una identidad entre el árbol y el ser humano:

Se quiere llegar a un sitio y echar raíces, tener frutos, plantarse. Lo indispensable del agua y el sol para ambos seres, no nos deja lugar a dudas de que el ser humano también es una especie de árbol. Cuando una persona queda, por motivos de enfermedad, sin conciencia y sin movilidad, se dice que está en estado vegetativo. Lo vegetativo se entiende como un diminutivo en la escala de los valores de la fortaleza y majestuosidad del árbol. Se complementa esta expresión con su contrario, la salud de una persona y su capacidad de resistencia ante las situaciones amargas de la vida, se compara con los samanes o los robles.

Recordemos que la palabra humano proviene de humus, tierra fértil. Si alguien queda sin árbol por dentro, sin frescura, es un ser del desierto, un ser que del árbol solo le quedó su propia sombra. La palabra cultura significa cultivar, lo cual nos remite directamente al trabajo con la tierra, con el hombre mismo. Nuestra civilización ha sido modelada bajo la sombra de un árbol, aquél que contenía los frutos del bien y del mal, los frutos del conocimiento. Todas las civilizaciones han establecido comparaciones entre morir y sembrar. Sobre la tumba de Osiris se esparcen las semillas del nacimiento y surgen las espigas de la resurrección. Buda consiguió la iluminación sentado bajo el árbol Bo, un equivalente al árbol del génesis cristiano. Para la mayoría de las etnias indígenas los árboles poseen un espíritu que los hace sagrado, son maestros cotidianos que les enseñan a construir casas, botes y a alimentarse. Los árboles y las matas son sus imágenes.

El árbol es todo un archivo de lo habitable, en él descansan los albergues, las geometrías que en los hogares disponen la distribución del calor, el mapa de los pasos. Solo presencia tienen los árboles para nosotros. Cuando ellos mismos no se transforman en nuestras casas, están en ellas de cualquier manera, bien sea en los patios o en los jardines hamaqueando sombras y frutos, fungiendo de juguetes a las infancias, de escondites a los amores furtivos, motivos de vida a la ancianidad, o en forma de mesas insistiendo en celebrar las comuniones diarias, mostrando los retratos de los seres de la convivencia o de aquellos que ahora son parte del humus que alimenta a otros árboles.

También los encontramos en las sillas que nos soportan con todos los pesos que el pasado nos va echando encima. En las camas donde nos abrazamos al amor para soportar más nuestra mortalidad. Sobre todo, me llama la atención, cómo los árboles se expanden, se aplanan y nos permiten quedar fuera del alcance de la intemperie al convertirse en las puertas que nos rodean.

Es conveniente entonces que pensemos en el ser de la puerta. Sabemos que en ella respira un árbol caído y resucitado. Quizás si nos acercamos a oírla pudiéramos sentir la altivez ante las tormentas, la resistencia ante las lluvias, los cantos de los vuelos, esa correspondencia con sus plumas estáticas batiéndose en la libertad. Una puerta también es una casa llena de las extremidades del mundo, sus seres externos, seres con la corporeidad de lo terrestre.

 

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Es ingenuo preguntarnos qué es un árbol o qué es la madera, porque ella solo erige su ser en una permanencia que está signada por múltiples transformaciones, habría que establecer los límites de su aparición fenomenológica, asunto de difícil precisión, pues se pierde en el tiempo, y además cartografiar las relaciones con el ser que la esculpe, que la corta y la domestica. Pero todas sus relaciones con el ser humano pueden condensarse en relaciones de textura, de acercamientos, de toques recíprocos. Ninguna forma de la madera es más tocada que las puertas, ellas nos exigen una música contenida en las manos, unas tonalidades del movimiento de las muñecas, tonos fuertes o suaves, amenazadores o celebratorios, tonos del misterio que espera del otro lado, tonos que anuncian un encuentro. Si es cierto que a través de las puertas nosotros llamamos, no es menos cierto que las puertas nos llaman a nosotros. Algo en ellas seduce al cuerpo y lo atrae. Sabemos que hay un recibimiento esperando, las puertas convierten a las casas en prolongaciones de los árboles.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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