Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas: La agresión militar perpetrada contra la Patria la madrugada del sábado 3 de enero—brutal y violadora del Derecho Internacional—fue la última acción de una larga lista de agresiones iniciadas hace una década atrás la emisión del decreto que considera a Venezuela una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad de EE.UU.
La agresión—más allá de la falsa narrativa con la que se justificó la acción que en el corto plazo ha llevado a retracciones admitiendo que no existe el llamado Cartel de los Soles—encierra una contradicción histórica que ha estado en disputa durante dos siglos: la contradicción bolivarianismo versus monroísmo, en 1818 condujo al enfrentamiento diplomático entre el Libertador Simón Bolívar y el agente norteamericano Juan Bautista Irvine.
La Dinastía de Virginia
El contexto del proceso independentista venezolano e hispanoamericano estuvo signado por las irreconciliables visiones respecto de cuál debería ser el destino de las naciones que luchaban por alcanzar su liberación del imperio español.
Mientras unos eran partidarios de avanzar en la ruptura total del dominio colonial, como lo hizo Caracas en 1811 declarando la independencia, otros eran partidarios de sostener el vínculo con España llegando con el tiempo a proponer de la conformación de monarquías tropicales derivadas de Metrópolis o subordinadas a ella.
La existencia de posiciones tan antagónicas condujo a los gobernantes de Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.) a exhibir una conducta expectante y de supuesta neutralidad frente a la guerra con España, esperando que la situación se resolviera por sí sola en favor de cualquier bando y, tras la situación de debilidad que dejaría el conflicto bélico, aprovechar para hacer valer sus intereses sobre la región.
Esa visión de hegemonía continental dimensionada por la clase política norteamericana desde comienzos del proceso independentista, tomó forma doctrinaria en 1823 durante el mandato del presidente James Monroe, siendo condensada en la famosa frase: “América para los americanos”.
Para este año la independencia de Colombia (la grande) estaba consolidada, así como la de otras naciones del continente. Perú aparecía como el escenario de confrontación continental para la derrota definitiva del imperio español.
En ese contexto, el presidente James Monroe, durante su discurso anual a la nación, estableció la famosa doctrina, según la cual, Estados Unidos lanzaba una advertencias a las potencias europeas que pretendieran reconquistar estos territorios, manifestando su apoyo a los países de la región en caso de intervención armada. El hemisferio occidental ya no estaría abierto al coloniaje europeo.
Pero lejos de convertirse en una estrategia de colaboración y protección continental, la doctrina terminó siendo una herramienta que considera a los pueblos de la región como área de influencia natural de EE.UU, abrogándose el derecho de actuar militarmente cuando sus intereses geopolíticos y geoestratégicos se consideren amenazados.
México—despojado por la fuerza de cerca de la mitad de su territorio—fue la primera víctima en la larga cadena de agresiones ejecutadas por Washington durante dos siglos.
Contrariamente al discurso de democracia y libertad pregonado desde sus inicios como nación, en la práctica, EE.UU. ha sido y es una nación racista, supremacista y colonialista.
La llamada “Dinastía de Virginia”—denominación dada a la influencia política dominante ejercida por cuatro de los cinco primeros presidentes norteamericanos: George Washington, Thomas Jefferson, James Madison y James Monroe—fue promotora a ultranza de la esclavitud, prefiriendo una América Latina dividida y débil antes que una fuerte en sus fronteras que promoviera el antiesclavismo.
Por eso EE.UU. saboteó el Congreso Anfictiónico de Panamá, obrando para impedir un proceso de integración que ponía en peligro sus planes expansionistas y su modelo económico esclavista.
Disputa histórica
A la política hegemónica norteamericana se opuso la doctrina bolivariana. El Libertador siempre tuvo una dimensión continental de la guerra de independencia y de la unidad latinoamericana. Desde el Manifiesto de Cartagena, en 1812, enfatizaba la repercusión continental que tendría lo acontecido en Venezuela, afirmando que en la “proporción de los hechos”, “Coro era a Caracas, como Caracas era a la América entera”.
Más tarde, en Jamaica y Angostura, promovería la unidad de las naciones de la región como recurso para asegurar la independencia y evitar ser víctimas de otros imperios.
La convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, en 1826, supuso la oposición total a la pretensión hegemónica norteamericana.
DEL MISMO AUTOR: LA PLANTA INSOLENTE
Bolívar planteaba una «Liga Confederal perpetua», lo que representaba más que una simple alianza entre naciones, se trataba de un gobierno supranacional con autoridad propia, ejército común y la capacidad de dirimir conflictos internos.
En el terreno de la jurisprudencia de la época el bolivarianismo defendía el principio de uti possidetis iuris, enfatizando que las nuevas naciones debían preservar los territorios establecidos bajo régimen colonial.
Esta invocación ponía obstáculos a la concepción del Destino Manifiesto esgrimida por EE.UU, según la cual, esa nación estaba llamada a expandir sus fronteras, en nombre de Dios, para llevar su democracia y valores a todo el continente.
Respecto al régimen esclavista, el bolivarianismo progresivamente definió una concepción de la sociedad en la que la esclavitud debía ser suprimida del orden social. Claramente el Libertador lo solicitó ante el Congreso de Angostura, lo incorporó en la Constitución de Bolivia y lo ratificó ante el Congreso Anfictiónico de Panamá.
El Bolivarianismo defiende la soberanía y autodeterminación de los pueblos, aspecto que quedó firmemente asentado en la controversia sostenida con el agente Juan Bautista Irvine, quien pretendía imponerle al gobierno venezolano la forma en que debía dirimirse la controversia respecto a la detención de dos embarcaciones apresadas por violar la neutralidad esgrimida transportando armas al bando enemigo.
En la penúltima carta intercambiada con el diplomático Bolívar enfatizaba: “Parece que el intento de V.S es forzarme a que reciproque los insultos: no lo haré; pero sí protesto a V.S que no permitiré que se ultraje ni desprecie al Gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndola contra la España ha perecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer la misma suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si el mundo entero la ofende”.
La reciente agresión militar contra Venezuela es expresión de una disputa histórica que lleva más de dos siglos entre el bolivarianismo y el monroismo: la de hacer valer la independencia conquistada en 1821-1823, la soberanía, la independencia y la autodeterminación consagradas en el artículo primero de la Carta Magna; contra la pretensión norteamericana de considerarnos su patio trasero y pretender adueñarse de nuestros recursos naturales.
La agresión pretende castigar el proceso de integración continental impulsado por la Revolución Bolivariana en la primera década del siglo XXI que tomó fuerza en UNASUR, Petrocaribe, ALBA-TCP, CELAC y todos los procesos de integración continental promovidos por Venezuela propiciando la igualdad y soberanía de los pueblos.
Un imperio en decadencia recurre a todos las argucias posibles para mantener su hegemonía: miente descaradamente, inventa casos judiciales que luego modifica, violenta el Derecho Internacional, secuestra a un mandatario electo y en funciones, entre otras muchas transgresiones.
Ante ese escenario la única divisa que debe congregarnos a todas y todos es la defensa de la Patria. Que el ejemplo valeroso y nacionalista del Dr José Gregorio Hernández ante la agresión militar europea en 1902, sea ejemplo a emular en esta hora difícil de la República. ¡Venceremos!
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
Ciudad Valencia/M.Ll













