Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Valmore Rodríguez, estado Zulia y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
El tapiz de la tierra valmorense
El municipio Valmore Rodríguez no es solo un nombre en el mapa, es un cuerpo geográfico, donde la vida va al ritmo del sol y del agua. Nacido formalmente bajo el amparo de la ley en 1989, este joven municipio se despliega entre el abrazo del Lago de Maracaibo al oeste y la mirada vigilante del estado Lara al oriente. Es una tierra de contrastes térmicos, donde el calor de marzo y abril parece fundir el horizonte, para luego refrescarse de lluvias que alimentan el cauce de los ríos Pueblo Viejo y Machango. En sus orillas, el manglar se levanta como una catedral de raíces, un bosque de pantano que custodia la costa con su misteriosa arquitectura natural. Pero Valmore es también movimiento, es el paso obligado de la Intercomunal y la fluidez de la carretera Lara-Zulia, arterias por donde corre el comercio y el esfuerzo de un pueblo que, situado estratégicamente entre Baralt y Lagunillas, se ha convertido en el puente indispensable que une la producción con la esperanza.
Todo nombre es un destino, y el de Bachaquero nació del susurro constante de la tierra misma, mucho antes de que el acero de las torres petroleras rasgara el horizonte en 1938, el suelo ya contaba su propia historia a través de sus habitantes más antiguos, aquellos bachacos legendarios, de dimensiones casi fantásticas, que dominaban el paisaje con su laboriosa presencia. Dicen los cronistas del pueblo y las voces que aún guardan el eco de 1905, que en estas inmediaciones ya existía un hato que llevaba ese nombre, como un homenaje espontáneo a la fuerza de la naturaleza. Así, entre el recuerdo de hormigas gigantes y la herencia de los viejos hatos, se fue tejiendo la identidad de un rincón zuliano donde lo pequeño se hizo grande, y donde el nombre de un insecto terminó siendo el título de nobleza de un pueblo que aprendió a construir su grandeza desde las raíces de su propio suelo. Bachaquero es conocido también por la mezcla de costumbres foráneas y locales en el ámbito deportivo, de infraestructura, religioso y gastronómico, entre otros.
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Sumergir la mirada en las riberas de Valmore Rodríguez y Baralt es encontrarse con un milagroso equilibrio que desafía el tiempo, los palafito, no son solo viviendas; son el testimonio vivo de un pacto inquebrantable entre el hombre y el Lago. Allí, en comunidades como La Playa, los pueblos Añú y Wayú han erigido su destino sobre el oleaje, sosteniendo la vida sobre troncos de mapora que hunden sus raíces en el lecho lacustre para elevar la esperanza a tres o cuatro metros de altura. Cada una de estas sesenta estructuras de madera y zinc, donde la brisa se cuela por sus ventanas como si buscara los relatos de la pesca de antaño. Al caminar por sus puentes, esas venas de tablas estrechas que serpentean sobre el espejo de agua, se siente el latido de una herencia que se niega a naufragar. Son los cimientos de nuestra identidad, la primera huella constructiva de nuestra tierra, donde el agua no es una frontera, sino el suelo firme de la memoria.
El hechizo del mene
Mucho antes de que el mundo midiera la riqueza en barriles, los antiguos señores del Lago ya conocían el secreto que palpitaba bajo sus pies. Para ellos, el petróleo no era un combustible, sino el «Mene» esa sustancia densa y oscura que brotaba de la tierra como un manantial negro, a la que llamaron con reverencia el «estiércol del diablo». Con una sabiduría nacida de la observación, aprendieron a domar ese «aceite de roca» extendiendo mantas sobre los afloramientos para luego recogerlo, gota a gota, en sus vasijas de barro. El mene se convirtió en el hilo invisible que mantenía unida su cotidianidad: era el sello que impermeabilizaba sus canoas contra el abrazo del agua, la luz que ardía en sus antorchas para guiar la noche y el bálsamo que cerraba las heridas de la piel. Aquello que hoy mueve industrias, nació siendo el pegamento de sus cestos y la trampa natural que aseguraba el sustento. En ese asfalto primigenio, que a finales del siglo XIX desplazaría al carbón para cambiar el rumbo de la historia, ya palpitaba el destino de un pueblo que aprendió a usar el fuego de la tierra para proteger su vida sobre las olas.
El linaje del oro negro
Antes de ser industria, el petróleo fue un bálsamo y un misterio. Corría el abril de 1539 cuando el aroma denso de nuestra tierra cruzó el océano por mandato real; la Reina de España, en un gesto de amor maternal, buscaba en el «aceite de roca» de estas riberas el alivio para los dolores de gota que aquejaban al Emperador Carlos V. Así, entre crónicas de viaje y ordenanzas de coronas lejanas, el subsuelo zuliano comenzó a revelar su tesoro. Pero sería la pluma y la visión del Libertador Simón Bolívar la que, en 1829, reclamaría para nosotros la soberanía de ese vientre mineral, consagrando que la riqueza que duerme bajo nuestros pies pertenece al alma misma de la nación. Desde los primeros intentos fallidos de Europa por domar el asfalto de Escuque, hasta el despertar laborioso de San Timoteo en 1870, nuestra Costa Oriental ha sido el escenario de una metamorfosis asombrosa. Lo que nació como un remedio antiguo y una curiosidad para cronistas, terminó por convertirse en el pulso tecnológico que transformó al mundo, haciendo que el nombre de Venezuela resonara en cada rincón donde el progreso necesitara una chispa de fuego y de historia.
El eco de la arcilla y el rito
Bajo la sombra metálica del balancín Nº 1856, donde el presente extrae su riqueza, el pasado aguardaba en silencio para reclamar su lugar. Entre 1972 y 1980, el ingeniero Antonie Van Der Mark desenterró un secreto de siglos: un santuario de la Fase Tocuyanoide que nos habla de una civilización que, cuatrocientos años antes de Cristo, ya entendía la belleza y la trascendencia. Allí, la tierra devolvió vasijas tetrápodas decoradas con la elegancia del rojo y el negro, donde serpientes y ranas de arcilla parecen cobrar vida en los bordes de cuencos excepcionales. No eran solo objetos; eran ofrendas para un viaje eterno.
Estas comunidades, que ya preparaban el maíz sobre budares y adornaban sus cuerpos con cintas, enterraban a sus muertos con la fe de quien sabe que la vida no termina en el sepulcro, rodeándolos de hachas petaloides y collares para su camino al más allá. En ese encuentro fortuito entre la perforación petrolera y el cementerio indígena, Valmore Rodríguez nos revela su tesoro más noble: la prueba de que mucho antes de las carreteras y las torres, ya existía un pueblo de pescadores, artistas y creyentes que soñaban bajo este mismo cielo zuliano.
Pero el misterio de Valmore Rodríguez es profundo y tiene capas. Mil años después de aquellos primeros artistas, el paisaje de Sibaragua y la Curva del Indio vio florecer a una nueva estirpe: los portadores de la tradición Dabajuro. En sitios donde un antiguo jagüey, hoy silente y seco, alguna vez sació la sed de los pobladores, aparecieron fragmentos de una cerámica blanca y negra que narran viajes desde las costas de Falcón hasta el Caribe. Eran comunidades que honraban a sus muertos con un misticismo sobrecogedor, practicando el rito del entierro secundario: tras un descanso en la tierra, los huesos eran rescatados y resguardados en grandes urnas de arcilla, protegidas por otra vasija invertida como un abrazo eterno.
En los albores del siglo XX, antes de que el hierro de las torres transformara el horizonte, el ingeniero Pedro José Rojas describió un paraje detenido entre los ríos Pueblo Viejo y Machango. Allí, la vida era un compás de redes lanzadas al agua, conucos florecientes y el aroma de la madera que bajaba desde Las Yayas. Sin embargo, la llegada del petróleo trajo consigo una metamorfosis irreversible. Bachaquero se convirtió en un escenario de contrastes fascinantes, mientras se levantaban las primeras escuelas y el asfalto vestía las calles, se producía un abrazo cultural sin precedentes. Familias llegadas de Lara, Trujillo y Falcón entrelazaron sus raíces con trabajadores holandeses, ingleses y norteamericanos, creando un tapiz humano donde las costumbres milenarias de nuestros indígenas convivían con la exigencia de la modernidad.
Hoy, esa historia no solo descansa en documentos, late con fuerza en la voz de quienes custodian el tiempo. Nombres como Alcíades Borjas, Alirio Quintero, la familia Añez o Juana Romero, entre tantos otros, son los hilos de oro que mantienen unido este traje de identidad, asegurando que el recuerdo de aquel Bachaquero de conuco y marea siga vistiendo el orgullo de las nuevas generaciones. El despertar de la tierra firme, la década de 1930 marcó el instante en que el subsuelo decidió entregar sus tesoros al mundo moderno. Fue la Mene Grande Oil Company la que primero se aventuró en el espejo de agua del Lago, pero el verdadero cambio de piel ocurrió en mayo de 1936. Bajo el sello de la Venezuela Oil Company, que más tarde conoceríamos como la Shell, el pozo LB-1 comenzó a despertar en tierra firme, en el legendario Bloque RR5.
De sus entrañas brotaron mil barriles diarios de un petróleo pesado que, durante dos décadas, alimentó los sueños de una nación en ciernes, pero la industria no trajo solo torres, trajo hogares. Las áreas de explotación se transformaron en pequeños mundos diseñados para albergar el sudor de los obreros y la visión de los empresarios foráneos. En esos campamentos, donde el acento extranjero se fusionó con el habla zuliana, se forjó el carácter de un municipio que aprendió a crecer entre el rigor del trabajo y la esperanza de un desarrollo que ya no se detendría jamás.
La memoria de Ramona Bracho de Olivares nos devuelve a un Bachaquero dividido por la geografía, pero unido por el esfuerzo: el de agua, donde la vida transcurría al ritmo de las piraguas y la pesca, y el de tierra, donde el conuco y el petróleo marcaban el paso. En ese crisol de oficios, la madera de exportación fue protagonista de una epopeya silenciosa. Desde El Venado, en carretas tiradas por bueyes, troncos pulidos por manos como las de José Antonio Cárdenas y Julio Domínguez llegaban a la orilla para zarpar hacia el norte del continente. Era una época de labores compartidas, donde el sudor del hombre con su hacha y el pulso del transporte convirtieron a nuestra selva en un puente de madera que conectó, mucho antes que la gran industria, los sueños de Bachaquero con el resto del mundo. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
Ciudad Valencia/RM













