¿Quién no llega a la cantina
exigiendo su tequila
y exigiendo su canción?
José Alfredo Jiménez
¡Ay del poeta que no tenga su barcito de la esquina!
Armando Amanaú
Barinitas (infidencias)
Ando en 77 y no estoy alcoholizado, gracias a Dios, como dicen en mi pueblo; pero me han gustado las tabernas, debo confesarlo; ahora visito más las cafeterías, por obvias razones: la edad, la situación económica y la lamentable sustitución del bar por otros expendedores de bebidas con los que el botiquín de mis recuerdos solo tiene en común a la divina caña y a los sedientos de siempre.
Rúkleman, continuando las confesiones, el primer bar que recuerdo fue Costa Azul, donde de niño probé mi primer barquillo de mantecado y justo detrás de la heladería saboreé, como adolescente, mi primera media jarra de Zulia, que endulzaría tantos momentos en el futuro.
También del Barinitas inicial recuerdo el bar de Los Ávila (Germánico, Numa y Epiménides), El Lido (Giuseppe), el de Pañanga (Rafael Ángel Vázquez), el de Julio Velázquez; y el más bonito que quedaba encima de un precipicio desde donde se contempla el río Santo Domingo bajando de la sierra andina hasta un valle. Desde allí uno brindaba y bailaba en el Bar de Andrea Núñez, suspendido en las copas de gigantescos árboles, como alguna vez describió la escena Orlando Araujo mirando en dirección a su Calderas natal. En ese bar, administrado luego por la nieta de Andrea, escribí unos inspirados versos que aún me gustan:
DEL MISMO AUTOR: LUNA ROJA (NUEVOS TEXTOS DE ARMANDO AMANAÚ)
No sé cómo se ve la vida con tus ojos
solo sé cómo se ve
la vida sin tus ojos.
El bar de la esquina

Cuando los bares se pusieron muy intensos en Barinitas me mudé a Valencia. En La Pastora, por la avenida Anzoátegui cruce con calle Vargas, a media cuadra de la casa de mi abuela, estaba un barcito sin música, “El Mamón”. Allí conocí al poeta Gerardo González Vásquez. Él hacía un largo recorrido en bus para llegar hasta allí, teniendo en la esquina de su casa el “California” (enfrente de la arepera Mayantigo), que fue el bar hasta que El Portu regresó a su isla. No siempre nuestro bar de la esquina queda en la esquina.
Cuando descubrí La Guairita, un bar popular de trabajadores y bohemios, lo adopté junto con José Tabares y familia; era perfecto para mí hasta que se convirtió en ícono y en un sitio de la ruta turística de la ciudad. Creo que yo mismo fui culpable por hacerle tanta propaganda. La nostalgia a veces me atrapa, y cuando al pasar veo poca gente entro como cuando hace unos cuarenta años lo visité por vez primera.
Mi otro bar de la esquina está en Playa Blanca, en Puerto Cabello. Debo apresurar mis visitas, pues también se está tornando muy famoso. Ojalá no lo cambien y los parroquianos de siempre puedan ir. Con gusto llevaré a Rúkleman allí, le dije a Carolina Marín, para ir después a comer casa de William, frente al Malecón, quien también tiene su barra marina.
¿Quién iba a pensar alguna vez que el bar se convertiría en una forma de resistencia cultural y experiencia mística? Tal vez en Valencia, el gran proyecto de asumir cátedra desde esta perspectiva fue la Peña Cultural Braulio Salazar del Perecito en la avenida Bolívar norte. Aunque la barra del bar era pequeña, su historia, aún sin escribirse, permanece en la memoria.
Rúkleman Soto Sánchez: XV Premio de Literatura Estefanía Mosca
El libro Crónicas de botiquín del poeta y periodista Rúkleman Soto fue ganador del XV Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2024 de Fundarte, Alcaldía de Caracas.
El veredicto del jurado, constituido por Esmeralda Torres, César Vázquez y Eduardo Viloria Daboín, destaca que el libro “se inscribe en el universo de la crónica urbana, con un lenguaje preciso y pleno de imágenes que logran que el discurso periodístico de los oficiantes pueda leerse de forma placentera. Las crónicas que lo integran se posicionan en la tradición de un análisis anecdotario fecundo de la bohemia nocturna y con una importante solidez estilística”.
El libro de Soto, sin embargo, va mucho más allá del dictamen firmado por tres buenos escritores. No solamente conforma una extraordinaria crónica al indagar aspectos socio-antropológicos en general de Venezuela. Las anécdotas tienen sustentación crítica en lo histórico y lo literario.
Soto, que es narrador y periodista, es en esencia “un poeta del decir”, que con un enorme bagaje asume con sencillez complejidades culturales, defendiendo al unísono la memoria y haciendo comprender el presente. Es notable que muchos poetas periodistas logran alcanzar gran realización en sus crónicas, las que muchas veces superan a la obra estrictamente poética. No es el caso de Soto a quien no le he leído “poesía”; en todo caso comparto la idea según la cual la prosa delata a los poetas. Una prueba que la mayoría no logra superar.
Valoro, insisto, la crónica de Soto no solo por su solidez estilística y su capacidad para indagar en lo socio-antropológico venezolano, sino también por el lenguaje capaz de asumir con sencillez las complejidades históricas y literarias del país. Celebro la obra y la tradición del bar como territorio de memoria y bohemia.
Bárbula, 13/03/26
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Una crónica del libro de Soto Sánchez*
La arqueología del beber
Bebo porque el alcohol pertenece a mí leyenda,
y sin leyenda no se pasa a la historia
Antonio Machado
Mientras Santiago pega carreras con un balón de fútbol por los jardines del Centro de Arte La Estancia, leo en el FB de mi pana Jazmil Mendoza un meme que dice: “Si usted no tuvo un bar donde le tenían cuenta, usted ponía la música y lo dejaban quedar después de cerrar, fracasó como borracho”.
Haciendo memoria voy poniendo en marcha mi propia arqueología del beber, que sería como un exploración del discurso etílico y su territorialidad consustancial: el botiquín, la taberna, la taguara. Algo así hizo Michel Foucault con el discurso bélico henchido de prestigio y autoridad, cuyo lugar discursivo correspondió al hospital y el laboratorio con sus respectivas enunciaciones (o decires, digo yo), eso que Foucault llamó “el átomo del discurso”.
Tener cuenta, poner música y quedarse después de cerrar son parte del amplio campo enunciativo de un bebedor de prestigio y autoridad, asunto que en última instancia se resuelve en el átomo indivisible de tener crédito. En los primeros años ochenta, la desaparecida barra del Salamanca, en la parroquia La Candelaria, me dio un par de cervezas a crédito cuando me iniciaba en las artes del diseño gráfico en los talleres de la tipografía Olimpia, por los lados de San José.
Desde esos años para acá corrí con la fortuna de cerrar, tener cuenta y poner música en algunos bares memorables, cosa que, según yo, tiene que ver con la vivencia de una copa inolvidable que con éxitos y fracasos, yunta por lo demás casi siempre inquebrantable.
Una vez tiré un fiado en el bar Corazón de Jesús, al final de la calle Guaicaipuro de Los Teques, no pude honrar esa deuda porque lo cerraron poco después. En cuanto al bar La Oficina, por más camarada que fuera Simón, nunca bebía a crédito, aunque sí lo cerramos y lo cantamos hasta la saciedad.
El botiquín más viejo de Píritu, frente a la plaza del pueblo, llegó a tener más de sesenta años. El dueño de ese bar, el gran Cerepe, tenía la virtud de brindarnos varias rondas en la barra de tosca madera pulida por el tiempo, mientras echaba cuentos. Como si fuera poco, llegó a obsequiarnos su fantasma. La sospecha de que aquella aparición era el espíritu de José Antonio Anzoátegui nunca pudo ser comprobada.
Más arriba de la niebla, entre Pozo de Rosas y Laguneta de la Montaña, queda Matapalo, bar de don Hilario Manso, que si está de buenas te cuenta cómo vivió el asalto del arsenal de El Garabato, que habían montado las FALN en las en las montañas de San Pedro de los Altos. Por cierto, que el 28 de octubre de 2024 se cumplieron sesenta años de ese ataque contra aquella estructura marcada por el genio ingenieril de Fruto Vivas.
En Matapalo poníamos música hasta que Peñita sustituyó la rocola por un aparato que llaman ipod. En menos de lo que canta un trago —diría el disparatado Gruber— pasamos de trescientos a cinco mil temas musicales en aquel momento. Sí, pero ¿cómo hace uno ahora para recostársele al apararatico ese? Desde entonces, todos los discos de 45 RPM pasaron a un depósito hasta que Gino González los vaya a buscar. Esa promesa la hizo en pleno paro petrolero de 2002.
Más que cuenta abierta, la familia Manso lo que tiene abiertos son los corazones. En una oportunidad en que el alcohol se convertía en resentimiento, un tipo con carro nos dejó el pelero por diferencias irreconciliables (algo que los semiólogos llamarían quizás “disputa por la hegemonía discursiva”), Eli Briceño y este humilde cronista que está aquí quedamos varados en aquel paraíso de las alturas. Más complacidos que ofendidos seguimos allí hasta cerrar el bar como es correcto. José Manso, alias el “Coco“, nos dotó de una lámpara de incandescente miche que nos iluminó el regreso a pie en aquella noche cerrada por la más profunda oscuridad.
Por los lados de Carrizal había una cancha de bolas con taguara incluida que llegó a pertenecer a mi hermano Harry Gutiérrez. Allí me vi impedido de pagar trago alguno. En una ocasión en que un comando sueñero intentó formar una efímera comuna de cañicultores allí, Harry me confesó que vendería el botiquín porque entendió que el lado sobrio de la barra no era lo que podríamos llamar vanidosamente su “campo enunciativo“, el sitio de su “práctica discursiva”, la zona de su “materialidad textual”.
Decía al principio que, junto a la cuenta abierta, poner música y cerrar el bar hay otros signos de esa semiosis etílica de los auténticos bebedores. El prodigioso bar Garúa, de mi amigo Wicho, es en sí mismo como un añejo elixir materializado en el tiempo donde el acto de sacar su propia cerveza de la cava erige profundos significados.
Vale la pena advertir que no hay misterio en esta ciencia de la arqueología que estudia ebrios monumentos, antiguas dolencia del corazón, “el vino de la vida, el alma de los héroes”, como dijo un poeta. “Lo que hay que tener —aconseja Roque Dalton— es humildad, metodología de la desventaja, la más sutil de las canchas”.
Octubre 2018
*Rúkleman Soto Sánchez nació en Ciudad Bolívar en 1961. Es periodista, profesor universitario, trabajador cultural, ensayista, cronista y “tabernícola contumaz”. En la Universidad Internacional de las Comunicaciones impulsa la Cátedra Libre de Humor Gráfico y el Diplomado La Crónica: Magia e Invención Latinoamericana. Es también Premio Municipal Cecilio Acosta, mención ensayo.
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DISFRUTA TAMBIÉN:
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Luis Alberto Angulo [Rivas], nació en Barinitas, estado Barinas en 1950. Desde 1972 reside en Valencia (Carabobo). Poeta y articulista.
Bibliografía directa: Antología de la casa sola, Una niebla que no borra, Antípodas, Fusión poética, La sombra de una mano, Antología del decir, Coplas de la edad ligera.
Premios: “IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC)”, así como de los certámenes nacionales de poesía “Francisco Lazo Martí” y “Rómulo Gallegos”.
Antólogo de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, Enriqueta Arvelo Larriva, Ana Enriqueta Terán, Gelindo Casasola, Ernesto Cardenal; “Rostro y poesía, poetas de la Universidad de Carabobo”, “El corazón de Venezuela, patria y poesía”.
Coautor con Luis Alberto Angulo Urdaneta de “Viento barinés”; con Luis Ernesto Gómez de “Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano”; con Nereida Asuaje de “Lubio Cardozo, Del lugar de la palabra”.
Textos suyos aparecen incluidos en las antologías: “Jóvenes Poetas de Aragua, Carabobo y Miranda” (Fundarte 1978), de José Napoleón Oropeza; “Poetas de Venezuela (Revista Poesía UC), de Reynaldo Pérez Só, y “Barinas, cien años de poesía” (1995), de Leonardo Gustavo Ruiz.
Ha sido invitado en varias ocasiones al Festival mundial de Poesía de Venezuela y a la Feria Internacional del libro de Venezuela (Filven).
Ciudad Valencia/RN













