«Maestros extraños (IX)» por Arnaldo Jiménez

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LA MUERTE COMO MAESTRA: En todos los órdenes del conocimiento, la muerte es la eterna maestra: nos dice que este mundo nació accidentalmente, que aquello que ha surgido de ese accidente y adquiere las características de materiales estrictamente organizados en el caos, estructurados en el azar, están destinados a perecer; todo se va a extinguir: los soles, las galaxias, los planetas, las estrellas, las sociedades, las culturas… Cada objeto y ser que vemos en la realidad tiene un tiempo de existencia y, más tarde que nunca, dejarán sus formas para adquirir otras; las cuales creeremos entender extendiendo nuevamente la sucesión de las derrotas, de las victorias, de las ganancias y las pérdidas.

La muerte recorre los paradigmas actuales y los coloca en el límite de la racionalidad moderna; allí donde deberíamos implantar la humildad, la conciencia de que somos finitos y así poder vincular el conocimiento a la claridad de esa conciencia. Y entonces, ¿qué podríamos decir de la verdad, esa herencia que nos legó la filosofía griega? No creo que la verdad sea propiedad de alguien, o de un grupo o de una clase social en particular; en el caso de que a alguno de los nombrados le salgan bien los acontecimientos y los vientos económico-militar y políticos soplen a su favor y todo ello lo conduzca a afirmar la vigencia de ese poder, nada de ello asegura de que esa sea la verdad.

Es indudable que pudo haber sucedido de otra manera y la verdad resultante tendría la salud que se merece; por tanto, se trata de un consenso circunstancial. Sin embargo, la cualidad que hasta ahora ella ha demostrado como una constante, es su capacidad para no ser develada; así, la verdad sin develar mantiene un origen, un juego que modifica los escenarios y genera la esperanza de que la luz (el conocimiento) se cubra con su propia sangre; un objeto ahogado en su silencio a pesar de las promesas que cosecha en contra de los deseos y de las manipulaciones que la buscan; algo permanece en ella: ese misterio que permite que el señuelo continúe confundiendo y seduciendo.

La modernidad nos regaló la sensación del infinito y esta sensación nos atraviesa de cabo a rabo, surca todas las planificaciones y nos define como seres históricos. Porque éramos infinitos, el crecimiento económico no conocía sus límites, o no los quiso incluir en sus argumentaciones; de este modo surgió algo tan incongruente como el desarrollo económico y las sociedades se embarcaron tras esa ilusión creyendo pasar por etapas que les llevarían a ese desarrollo. Hoy nuestro estar aquí, en un planeta que vaga sin dirección alguna y, seguramente, hacia su destrucción; hoy, cuando contemplamos nuestra soledad en el universo, sabemos que el desarrollo económico conlleva el atraso; sabemos que la economía no puede ser infinita porque sus elementos son agotables, son finitos, están inmersos en una historia planetaria cuyos signos más relevantes son la extinción y la incertidumbre.

Ayudar a vivir debería ser el resultado de nuestro encuentro con la literatura; pero a ese encuentro se le añade un aspecto fatídico que no experimenta la persona que ha estado al margen de ella: también ayuda a padecerla. Pronto descubrimos que la vida y su insistencia, la historia y sus obsesiones, la escritura y su girar en torno al misterio humano son un animal que devora un cadáver buscando la sustancia vital y encuentra a la nada arropada consigo misma. ¿Una tal conciencia no es un tipo de muerte vivida, padecida?

 

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Todavía las culturas creen que el ser humano y su razón pueden conocer las leyes del devenir o del destino de la humanidad. Surge una pretensión de olvidar el regalo más preciado de la muerte: la individualidad del destino. Quizás ninguna historia tiene sentido; la realidad nos rebasa, no se limita a nuestros órganos cognoscitivos y, lo que una vez pensamos que conducía el carro de la historia: la conciencia, la razón; solo constituyen una ínfima parte de nuestra estructura psíquica. Al igual que la materia oscura en el espacio exterior ocupa el noventa por ciento del mismo; en el espacio psíquico el inconsciente determina el noventa por ciento de nuestras acciones, y no hay manera de evitarlo.

Edgar Morín nos dice que estamos condenados a la incertidumbre; la misma que todas las ciencias y las religiones rechazan. No tengo dudas de afirmar que nuestro lenguaje solo se siente a sus anchas en la invención constante de mitos; el mito recubre con una certeza poética –inválida para muchas personas– a la incertidumbre que nos arroja cada día a la posibilidad de dejar de ser.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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