Sábado: ARVELO TORREALBA Y PAPÁ (Y COPLAS DE AMANAÚ), por Luis Alberto Angulo

No sé si te he contado alguna vez esta anécdota de mi papá con Alberto Arvelo Torrealba: andaban los dos de farra y llegaron a un sitio en Barinas, la gente estaba conmovida por la presencia de ambos, en especial porque Arvelo era el gobernador del estado, y mi papá estaba incómodo por tantas atenciones; el poeta Arvelo que observaba la desazón de mi viejo le dijo: “Betino, quedémonos tranquilos, dejémonos atender.”

 

Barinas en esa época era todavía un pueblo grande de botiquines sencillos y pacíficos. Una noche llegaron a una de esas taguaras, mi papá Betino con Alberto Arvelo. El sitio estaba desolado y solo un llanerito macilento y jipucho rasgaba las cuerdas de un cuatro. Ya bien entonado, Alberto Arvelo lanzó una copla al desgaire que el hombrecito respondió enseguida como un maestro consumado. Parecía repetirse el desafío que habría de inmortalizar al poeta, pero esta vez, sin embargo, fue otra la suerte.

 

Nuestra madre es la Tierra

y nuestro padre es el Cielo,

una palabra secreta,

descorre todos los velos.

Eterna historia del mundo

es la envidia y la traición,

hay un saber errabundo,

que los conoce a montón.

Es verdad, no te conozco,

mas empiezo a conocerte,

pero eso ya importa poco,

cuando nos llama la suerte.

Poesía sin el lenguaje,

es una pura abstracción,

nos lo dice sin ambages,

un pensador de ocasión.

Promete un mejor contar,

esta copla relancina,

que recuerda al resonar,

la bandola de Barinas.

Pa’ enderezar lo torcido,

enderézate a ti mismo,

el Buda muy bien lo dijo,

y es difícil su camino.

Ser y pensar es lo mismo

pensó sintiendo el decir,

van en un solo camino,

el de vivir y existir.

Entre la luz y la noche,

ocurre el tiempo de todo,

redondo sin un reproche,

es el pensar de ese modo.

Pensando pasa la vida,

quien sólo puede pensar,

como el que escarba una herida,

queriéndosela cerrar.

De las coplas sin camino,

con el sol del horizonte,

yo las bebí con el sino,

que cruza de monte a monte.

Apenas un vientecito,

y a las flores derrumbó,

el árbol ciego testigo,

a la ausencia conquistó.

Sigo surfeando en la ola,

que tú miras en la orilla,

desde el inicio a la cola,

de su inmensa maravilla.


 

Autor: Luis Alberto Angulo, poeta, articulista, ensayista, antólogo, cronista literario, editor y promotor de las artes y de la solidaridad.

Algunos de sus libros: Antología del decir  (Monte Ávila Editores, Col. Altazor. 2013), La sombra de una mano (Monte Ávila Editores, Col. Altazor, 2005), y Fusión poética (Universidad de Carabobo,  2000), reúnen su obra poética publicada: Viento barinés (UC, 1978), Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Una niebla que no borra (Sec. Cultura Carabobo, 1984), Antípodas (Predios, 1994), De norte a sur (UC, 1999), Fractal (Monte Ávila, 2005), Imágenes del parque, y Poética del decir (Monte Ávila, 2013).

 

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