Cuando Tomás Alva Édison, el curioso inventor que dedicó su vida a los experimentos eléctricos y electrónicos, inicio su viaje hacia la captación y emisión de la voz humana. Jamás pudo imaginar lo que su invento traería a finales del siglo donde entregó su legado de maravillas.
No es mi propósito describir inventos, tampoco incurrir en citas biográficas ya que trato, más bien, de asocias un viejo aparato con lo que él y yo pudimos vivir, en tres cuarto de siglo.
La Valencia que conoció el invento perfeccionado de Edison, denominado «Victrola», era una ciudad de unos cincuenta o quizá cien mil habitantes, diseminados en típicas barriadas urbanas como La Pastora, La Candelaria, Las Cocuicitas, San Blas y Santa Rosa o El Palotal.
La famosa Victrola, consistía en una caja de madera, con una especie de plato llano de unos 20 centímetros de diámetro, dotado de pequeño pivote central, donde encajaba un disco de pasta del mismo diámetro o menos.
Al colocar este disco en el plato, se hacía girar mediante un mecanismo similar al utilizado en relojería, o sea, una cuerda arrollable que al liberarse, producía el movimiento giratorio requerido.

La otra parte consistía en un tubo de forma sinuosa y diseño acústico que en un extremo sostenía el «fonocaptor» y en el otro una especie de campana, o corneta, similar a la de los instrumentos de viento. Por allí podíamos recibir el sonido.
Este fonocaptor, estaba dotado de una aguja de acero que al rodar sobre los surcos del disco, reproduciría los sonidos con curiosa fidelidad.
De la «Victrola» hablaban los argentinos, cuando expresaban: «Lo siento tanto, que mi vida es triste y sola… Cuando escucho la «victrola» la voz de Carlos Gardel».
Saraos y sancochos, eran propicios para escuchar aquello de:
«Yo tenía mi coletón mi mamá me lo rompió… Como ella no tiene nada, no quiere que tenga yo… jai-jai jai-jai jai-jai mi coletón…»
También podían escucharse las fenomenales voces de Caruso el gran tenor italiano: La donna e mobile cual piu mi vento… muda di acento e di pensiero»
O tal vez la del mexicano José Mojica:
«Amapola, lindísima amapola, no seas tan ingrata y ámame…»

El venezolano Tito Coral cantaba: «Yo sentí los rigores de una herida, al saber que de mi, tu te alejabas…» y muchas veces Doña Pilar Arcos nos traía con el Sello Odeón: «Un polichinela que estaba colgado… entre los muñecos de un lindo bazar de una muñequita quedose prendado, al verla de novia con ramos de azahar…!»
En las casas de la gente «acomodada» siempre había una victrola y tal vez en la del pobre tan bien…!
En Valencia existía una casa denominada «la Philco» en la esquina sureste donde cruzan la actual avenida Boyacá con la Colombia, denominada para ese entonces «la calle real».
Allí podían los maestros, los barberos, y cuantos trabajadores lo requirieran, comprar una de estas victrolas o cualquier otro artefacto, con solo requerirlo y para interesarlos en su adquisición, los enviaban «en demostración».
Todo el que pudiese pagar entre dos a cinco bolívares al mes y estuviese «colocado», era un comprador seguro, sin fiador, sin giros o algún «conocido» del vendedor.
No supe de ninguno a quien le hubiesen enviado una de estas demostraciones tan usuales, que se hubiera ausentado llevándose la mercancía adquirida. Don Lorenzo Araujo, conocido gerente de la Philco decía:
– Si yo se que el señor Rodríguez se mudó para Maracay, pero aquí está la carta de él, notificando que vendrá todos los sábados a pagar su cuenta! ¡Que ciudadanos más distintos… los de aquella época!
Por eso me causó asombro escuchar de alguien el decir: – Si existiera la palabra de honor…no se necesitaría el papel sellado…!
Entendí en aquella sentencia que la gente estaba cambiando de bueno a peor… y era la misma gente de hoy, solo que ha tomado el mal ejemplo de algunos que como los «árboles que nacen torcidos» jamás sus ramas enderezan.

Mi padre lo decía siempre: Solo lamento que mi hijos, habrán de crecer rodeados de tanta basura…!
Mi padre poseía una de esas maravillosas victrolas…! – Ahí viene Delgado Leffman, con su victrola… ¿Dónde será la fiesta?
Tenía sus inconvenientes la fulana victrola, porque cuando mas alegre estaba «la conga» o «el merengue» , la bicha comenzaba a fallar al bajar las revoluciones por falta de cuerda; era muy cómico al notar, que después de escucharse la voz muy ronca del cantante, alguien empuñara la manigueta y al girarla (darle cuerda) comenzara a escucharse el progresivo aumento de la voz y por consiguiente, lo contrario: una voz atiplada. Cuando «las revoluciones» normalizaban, continuaba el sarao.

Algunas veces, ocurrían accidentes que detenían la fiesta:
– Epa, dónde está la manigueta? – Cuál manigueta tía?
– La de darle vuelta al coroto ese para que camine..!
– Ah…tu dices la manilla..? Yo no la he visto..!
– Entonces esto se para, hasta que aparezca la manilla o la manigueta o lo que sea..!
Frecuentemente se apreciaba una escena como esta:
– Mira mi amor, lo que conseguí en el bolsillo del paltó que cargabas anoche!…de casualidad no se fue para la tintorería… es como una manilla, o algo así…!
En la casa de mis parientes Zerpa Malpica, quienes vivían en la esquina de La Piedra e’ tranca, al lado de la bodega de Luis Salas, me hizo Don Paco un inesperado regalo…
– Como usted es tan amigo de oír música, le estoy guardando esta victrola. ¡Está enterita! ¡Lo que le falta es la manila!
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Carlos Delgado Niño nació en Valencia el 2 de septiembre de 1928, locutor, publicista, radiodifusor y periodista. Fue profesor de teatro, docente cultural, humorista, actor, escritor, cronista, libretista, poeta, cantautor y compositor.
Estuvo siempre ligado con el mundo del espectáculo en la ciudad siendo organizador del «1er Festival de la voz y la canción juvenil» en el año 1973 y «Valencia le canta a Valencia» en 1996.
Fue también director de varias estaciones de radio, productor radial y escritor de programas radiales cortos, novelados, y noticieros entre otros. Co-fundador de la Escuela de Teatro José Antonio Páez en Guanare, Portuguesa, y miembro de la Asociación de Escritores de Carabobo.
Falleció el 17 de noviembre del 2012, en su vivienda, rodeado del cariño de sus familiares y amistades más cercanas.
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Ciudad Valencia








